La paciencia del camarero
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La paciencia del camarero


 
 
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Predeterminado La paciencia del camarero

Se podría decir que la vida del camarero estaba muy bien organizada. Cada día, como desde hacía ya más de diez años, levantaba la persiana de su bar y comenzaba a ejercer su labor de la mejor manera que sabía. Muy probablemente fuera eso lo que le valió hacerse un hueco en su barrio y ganarse el afecto de los vecinos, que día a día lo saludaban si acaso no entraban a su establecimiento para tomar lo que el camarero les despachaba solícitamente.

Durante las horas que el camarero pasaba en su reino particular parapetado tras su muralla que era la barra del bar tenía ocasión de ver escenas de lo más variopintas: desde personas que engullían un café a toda velocidad propio de las prisas de un día entre semana hasta parejas y grupos de personas que, a un ritmo vital más pausado, ocupaban las mesas de su establecimiento durante un tiempo más prolongado hablando, alternando, negociando, debatiendo o simplemente riendo. Socializando en definitiva. Cada escena era totalmente distinta a otra, como viene siendo la propia vida que cada ser humano tiene.

Los protagonistas de estos cuadros tenían un nexo común: eran conocidos por el camarero ya que, al regentar un bar de barrio, rara era la vez que entraba un extraño. Si acaso algún turista de paso o puede que alguien a quien sus obligaciones hubiera llevado casualmente a aquella zona, pero poco más. Sí, el camarero era el dueño de una suerte de espacio que permitía a sus parroquianos disponer de un salón fuera de su hogar en el que día a día actuaba como anfitrión. Y es así como, tras esa década abierto al público, se había ganado la confianza de muchas personas, hasta el punto de que en no pocas ocasiones se quitaba el mandil de camarero para enfundarse la metafórica sotana de cura en tanto a las múltiples confesiones que los que allí acudían le confiaban.

Tenía fama el camarero de ser buen confidente y puede que, no se sabe si por la experiencia, la perspicacia o bien por el sentido común, sabía dar respuesta a los parlamentos que cada cual le exponía. Daba igual qué hora fuera, el camarero siempre estaba dispuesto a rellenar la copa de su contertulio mientras escuchaba al tanto que saboreaba el contenido de otro vaso que había servido para sí mismo. Dicen que los resultados son las pruebas del éxito y si eso es cierto bien podría afirmarse que al camarero no se le daba nada mal habida cuenta de las consecuencias positivas que esas sesiones de confesión surtía en sus parroquianos, si bien aquí la parroquia ni era un templo ni el cura había pasado por seminario alguno. No le resultaba pesado al camarero ejercer de cura, era una manera de sentirse útil, más allá de ser facilitador de placeres más mundanos como puede ser una buena tapa o una bebida fría. Además le permitía sentir el calor de sus parroquianos, un calor avivado por las muestras de agradecimiento que recibía en ese momento. Y así, entre confidencias, platos y vasos pasaba cada jornada hasta que, llegada la noche, amontaba las sillas sobre cada mesa antes de fregar y echar la persiana hasta el día siguiente, en el que volvía a sus quehaceres.

El camarero veía muchas veces tras su muralla de metal como esas personas que hace poco compartían confidencias con él ahora sólo se acercaban a la barra para pedir el café de turno, siempre con el mayor de los afectos y una sonrisa en la cara, pero finalizada la petición y abonada la cuenta, se daban la vuelta y se marchaban de nuevo a la mesa en la que hablaban, alternaban, negociaban, debatían o simplemente reían con sus semejantes.

"¡Qué bien vives!", le decían constantemente. "¡No te falta de nada!" afirmaban. Efectivamente el camarero sabía que la ilusión era el motor de la existencia y él tenía la gasolina para mantener ese motor en funcionamiento, sabiendo combinar su bar con su vida, la cual era una continua combinación entre obligación y devoción, perfectamente estudiada como si fuera el más refinado cocktail de los que servía en su bar. Porque no, en su bar no solamente despachaba lo típico de este tipo de establecimiento hostelero: a él le gustaba ir un poco más allá y crear dentro de sus posibilidades. Inventaba combinados, innovaba en sus tapas, organizaba algún que otro evento para dar vida a su bar... lo que viene siendo ese punto que le hacía diferente a otros negocios. Y sí, desde el primer día su bar fue bien: la gente probaba sus inventos, acudía a sus actividades y se marchaba satisfecha. Lo sabía... pero no porque se lo dijeran, sino porque lo percibía. Y es que el camarero era consciente de que la sociedad estaba programada para criticar lo malo pero rara vez se hacía mención expresa a lo bueno. Sin embargo, a pesar de la contrariedad que eso le producía, no se desvió del camino que un día trazó. "Si hasta ahora me ha funcionado, ¿para qué cambiarlo?" Pensaba.

Y así se iba deshojando el calendario mientras el camarero, día a día, seguía su filosofía de vida, abotonándose la sotana cuando era preciso, inventando nuevas fórmulas para su bar cuando tocaba o buscando destinos en el mapa cuando el cuerpo así lo pedía.

Pero un lunes sucedió algo inusual: el camarero no estaba allí. La persiana estaba echada sin que ningún cartel explicara la causa de ello. El martes sucedió lo mismo, al igual que el resto de la semana hasta que por fin el viernes algo modificó el monótono gris de esa persiana tan bien conocida por el barrio: un cartel de "se vende" sobre un llamativo color rojo colgaba de ella. El camarero se había marchado sin que nadie pudiera comprenderlo. "¡Pero si el bar funcionaba muy bien!". "¡Pero si estaba para lo que hacía falta!". "¡Pero si aquí se estaba de lujo!" "Pero...". Fueron muchas las muestras de extrañeza del vecindario. Sin embargo, había algunos "peros" que no se escucharon y que quizás pudieran contener la explicación de la marcha del camarero: "El bar funcionaba muy bien... pero se sentía solo entre un mar de gente". "Estaba para lo que hacía falta... pero nunca nos acercábamos a la barra si no lo necesitábamos para algo". "Se estaba de lujo... pero nadie se lo dijo nunca".

Y es así como el camarero vio que el bote de la propina económica estaba claramente descompensado con el bote de la propina emocional. Porque nuestro camarero, quizá por principios, quizá guiado por su espíritu romántico, creía que la felicidad, más allá de lo material, lo daba también lo inmaterial, pensaba que no era necesario vestir una sotana para tener una conversación con alguien y consideraba que la motivación también era un importante combustible para el motor de ese vehículo que era su vida.

Y fue así como decidió poner rumbo hacia un nuevo destino en el que quizá pudiera hallar ese tesoro que no pudo encontrar en ese bar que ahora aguardaba tras el frío metal de una persiana.
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