Anecdotario histórico - Página 25
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Anecdotario histórico


 
 
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La chute de Robespierre


Robespierre, después de haber recibido el disparo de pistola que le destrozó la cara, había caído inmerso en su sangre; asistido y colocado sobre un sillón de cuero rojo. Su mandíbula inferior estaba desprendida por lo que se le colocó una banda debajo de la barbilla para acercarla más a la otra, y se le ató sobre su cabeza; en este estado fue conducido al Comité de Seguridad General a las seis y media de la mañana, donde lo pusieron sobre una mesa. Su rostro pálido, su cabeza abierta, derramando sangre por sus ojos, fosas nasales y boca, recibió, durante varias horas, los insultos y reproches de quienes lo rodeaban; parecía sufrir con paciencia estos atropellos; no emitió ninguna queja y no respondió a ninguna de las preguntas que le hicieron sus colegas.

Luego fue llevado al Tribunal Revolucionario, para constatar su identidad, con algunos de sus cómplices, Couthon, Saint-Just, el joven Robespierre, Dumas, presidente del Tribunal Revolucionario, Vivier, presidente de los jacobinos, Henriot, comandante de la Guardia Nacional, su ayudante Valetta, Fleuriot-Lescot, alcalde de París, Payan, agente de la Comuna, Gobeau, fiscal del tribunal penal del departamento y once miembros del consejo general de la Comuna de París, que había sido completamente ilegalizado. Fue un efecto notable de las vicisitudes revolucionarias, ver a todos estos hombres enviados al patíbulo por un tribunal compuesto por sus amigos.
A las cuatro en punto, en el 10 termidor, el cortejo siniestro abandonó el patio del palacio; nunca se había visto semejante afluencia; todos los ojos estaban fijos principalmente en el carro que llevaba a los dos Robespierre, Couthon y Henriot, a quien le habían destrozado la cabeza y los hombros; Coffinhal, su cómplice, vicepresidente del Tribunal Revolucionario, lo había arrojado por una ventana del Hotel de Ville, acusándolo de haberlos perdido a todos por su cobardía. Este Coffinhal, que también estaba incluido en la acusación, había logrado salvarse; pero fue arrestado dos días después. El cuerpo del diputado Lebas, que se había disparado con una pistola, yacía en el carro.

Se notó que Robespierre tenía el mismo traje que llevó el día de la fiesta del Ser Supremo; sus rasgos estaban horriblemente desfigurados. O estaba abrumado por los dolores de las heridas, o su alma estaba desgarrada por el remordimiento, sus ojos estaban completamente cerrados.

Llegado a la mitad de la Rue Royale, una mujer de mediana edad que iba vestida adecuadamente, y que lo esperaba en este lugar, lo sacó de este tipo de sueño en el que estaba. Al percibir el carro que llevaba a Robespierre, ella agarró con una de sus manos la barra del carro, mientras que con la otra amenazó a Robespierre: “Monstruo”, exclamó, “monstruo vomitado por el inframundo. ¡Tu tormento me embriaga con alegría!”. Ante estas palabras, Robespierre abrió los ojos y se encogió de hombros.
“Monstruo abominable”, continuó la mujer, “sólo lamento que no tengas mil vidas, ¡para disfrutar del placer de verlas arrancadas una tras otra”. Esta nueva interpelación pareció molestar a Robespierre; pero no abrió los párpados. Entonces esta mujer le dijo cuando lo estaban dejando cerca del patíbulo: “¡Vete, canalla, baja a la tumba con la execración y las maldiciones eternas de todas las esposas, de todas las madres”. Se presume que Robespierre privó a esta mujer de un marido o un hijo.

Antes de recibir la muerte, tuvo que soportar un sufrimiento cruel. Después de tirar su abrigo, que estaba cruzado sobre sus hombros, el verdugo de repente agarró el dispositivo que el cirujano le había puesto en la herida; habiéndose separado la mandíbula inferior de la mandíbula superior, la cabeza de este desgraciado no parecía mas que un objeto monstruoso; y después del golpe fatal, fue la visión más horrible que se pudo pintar, cuando el verdugo mostró su cabeza a toda la gente.

Ephemerides politiques, literaires et religieuses, Juillet 1803
Présentant pour chacun des jours de l’année; un tableau des événemens remarquables qui datent de ce même jour dans l'histoire de tous les siécles et de tous les pays, jusqu‘au 1er. janvier 1803.
Par le cit. Noel, inspecteur-général de l‘instruction publique, et le cit. Planche, instituteur, à Paris.

Última edición por Ornella555; 06-Apr-2022 a las 02:21 Razón: Cambio color
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Henri-Clément Sanson por falta de dinero publicó (más bien completó) unas memorias apócrifas de su abuelo, Charles-Henri Sanson, el encargado de guillotinar a Luis XVI. En ellas se cuenta que la guillotina había sido recomendada por el mismo Luis XVI.


"Sept générations d'exécuteurs, 1688-1847 : mémoires des Sanson"
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El rey Luis I de Baviera visitaba la Exposición Universal de París de 1867. Mientras contemplaba uno de los pabellones, Napoleón*III, siguiendo la etiqueta, le dijo:
— ¿Vuestra majestad me permite que le presente a mis ministros?
El rey de Baviera le contestó:
— No, por favor, eso me aburre.


El 19 de junio de 1867 fueron ejecutados en el cerro de las Campanas de la ciudad de Querétaro, en México, el emperador Maximiliano y dos de sus ayudantes, el criollo Miguel Marimón, gran mariscal del ejército y el indio Tomás Mejía. Uno de los miembros del consejo de guerra que los juzgó trató de facilitar la huida a este último pero, fiel al emperador, Mejía prefirió morir con el desgraciado Maximiliano. Cuando estaban en el cerro rodeados de soldados, oyeron un toque de corneta y el emperador preguntó a Tomás:
— ¿Es ésta la señal de la ejecución? Mejía respondió:
— No lo sé, majestad. Es la primera vez que me ejecutan.


Don Domingo Faustino Sarmiento, que fue presidente de Argentina a mediados del pasado siglo, tuvo durante toda su vida política la obsesión de la educación popular. ‘Tened escuelas y no tendréis revoluciones’, era su lema. Visitó varios países de Europa para estudiar lo que allí se hacía en materia de educación y, al regresar a su país, elevó el presupuesto de las escuelas de Buenos Aires de tres mil a seiscientos mil pesos. Luego creó una Escuela Modelo y extendió la instrucción pública a todo el país.
Por esta razón, sus adversarios políticos empezaron a llamarle ‘el loco Sarmiento’. Y luego, hasta sus amigos le aplicaron cariñosamente este apelativo. Un día, siendo presidente, don Domingo visitó el manicomio municipal de Buenos Aires. Nada más entrar, uno de los locos se adelantó hacia él y le dijo:
— ¡Caramba, Sarmiento! ¡Por fin le han traído a usted aquí…!


Un día le explicaban a Bismarck el simbolismo de la tiara papal, cuyas tres coronas corresponden a los reinos del Infierno, de la Tierra y del Cielo. El canciller se echó a reír:
— Decidle al papa que se guarde el Cielo y los Infiernos pero que la Tierra es para mí.


Disraeli visitó en una ocasión al príncipe de Bismarck y comenzaron a charlar acerca de las servidumbres del poder. El inglés le preguntó al alemán cómo se las arreglaba para desembarazarse de los importunos que constantemente asedian a los gobernantes.
El Canciller de Hierro contestó:
— De eso se ocupa mi mujer, que tiene un golpe de vista admirable. Se da cuenta en seguida de las personas cuya presencia me molesta y entonces me envía un recado diciéndome que me esperan en palacio. Disraeli encontró muy ingenioso el procedimiento pero, en aquel mismo momento, se abrió la puerta del salón y apareció un criado que le dijo a Bismarck:
— Su majestad desea hablar con su alteza.
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El doctor Scheveninger era el médico del canciller Bismarck. Al parecer, Bismarck contestaba de mala gana a las preguntas que le hacía el médico. Un día, quizá porque se sentía especialmente mal, no quiso responder a ninguna de ellas. El médico le dijo:
—En este caso, es mejor que consultéis con un veterinario.
El Canciller de Hierro se enfureció y le preguntó por qué:
—Los veterinarios nunca hacen preguntas a sus pacientes —dijo Scheveninger.


Franz Liszt estaba dando un concierto ante el zar de Rusia. Éste no dejaba de charlar con un cortesano que estaba a su lado. El músico interrumpió el recital y el zar le preguntó:
- ’¿Por qué ha dejado de tocar?’.
Liszt replicó sin perder los nervios:
- ‘Cuando Su Majestad Imperial habla, todo el mundo debe callarse’.


Decía Humberto I, rey de Italia, que ‘una condecoración y un cigarrillo no se le niega a nadie’.


El político norteamericano Henry Ward Beecher pronunciaba un día un discurso en un mitin cuando uno de los presentes, adversario suyo, imitó el canto del gallo con tal perfección que toda la concurrencia se puso a reír. Beecher, sin desconcertarse, esperó a que cesaran las risas y sacando el reloj dijo:
—Qué extraño. Mi reloj marca las diez de la noche pero debe de andar mal. Tiene que ser de día, porque los animales de corral nunca se equivocan de hora.


La reina Victoria de Inglaterra había vestido de negro desde la muerte de su esposo, el príncipe Alberto. Pero cuando se sintió morir prohibió que se empleara este color en el luto de la Corte. Dispuso que se la amortajara de blanco y que el trayecto del recorrido de su entierro se engalanara de rojo púrpura. Decía que su muerte no era un motivo de tristeza sino de alegría porque iba a reunirse con su esposo. Eduardo*VII, hijo de Victoria, cumplió lo que se le ordenaba y se agotaron en Gran Bretaña las existencias de telas rojas.


La revolución llamada ‘La Gloriosa’ desterró a Isabel*II. Seis años después, la Restauración, preparada por Cánovas y acelerada por el pronunciamiento del general Martínez Campos bajo un algarrobo de Sagunto, permitió el regreso del hijo de la reina, Alfonso XII, al trono de España. El día en que el rey entró en Madrid, tuvo un recibimiento triunfal. Viendo el entusiasmo con que le vitoreaba un hombre del pueblo que seguía al coche real, Alfonso le dijo:
—Bien grita usted.
El hombre dejó de aclamarle y contestó:
—Pues si hubiera usted oído lo que grité cuando echamos a la madre de vuestra majestad…
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El general Moriones procedía del campo republicano y había sido revolucionario en la época de ‘La Gloriosa’. Años más tarde fue recibido por Alfonso*XII y le dijo al rey:
—Señor, yo no puedo ocultar a vuestra majestad que hice toda mi carrera en la revolución.
Don Alfonso, que conocía muy bien los antecedentes del general, le preguntó:
—¿Qué era usted en 1868?
—Capitán, señor —contestó Moriones.
—Pues, poca carrera ha hecho usted —dijo Alfonso*XII—, sobre todo comparándola con la mía. Yo en 1868 era soldado raso y ahora me encuentro de capitán general.


Durante la campaña contra los carlistas, don Alfonso*XII visitaba un hospital militar. Se acercó a la cama de un teniente y le preguntó:
—¿Qué tal, capitán?
El enfermo se incorporó y dijo:
—Soy teniente, señor…
El rey no rectificó:
—¡He dicho capitán!



Don Alfonso XII visitó Berlín para cumplimentar al káiser y en su numeroso séquito había varios periodistas. Cuando fue despedido en la estación berlinesa, el rey se dio cuenta de que los periodistas estaban distraídos tomando apuntes y temió que se quedaran en tierra, porque sabía que en Alemania no era costumbre anunciar la salida del tren con toques de campana. Sin dejar de hablar con el káiser, don Alfonso gritó con voz lo bastante alta para que lo oyeran los periodistas:
—¡Señores viajeros, al tren!

Es muy famosa la anécdota de don Alfonso XII, que era aficionado a salir a dar una vuelta por el Madrid nocturno. Una noche, el rey entabló conversación en alguna taberna con uno que llevaba ya una copa de más. Cuando don Alfonso se volvió a casa, el hombre le acompañó. Y al llegar al portalón que da a la Plaza de Oriente, el monarca se despidió:
—Buenas noches. Alfonso XII, rey de España. Palacio Real, Madrid.
El otro no se arredró. Dijo:
—León XIII, El Vaticano, Roma.


Durante la guerra carlista viajaba el Pretendiente por la provincia de Navarra. Se detuvo a comer en un caserío y pidió un par de huevos fritos. Cuando acabó de comer preguntó cuánto era y la dueña del establecimiento le pidió una cantidad que entonces era mucho para tan poca comida:
—Veinte reales.
Don Carlos pagó sin regatear el precio que le pedían pero no pudo por menos que decir:
—Parece que aquí andan escasas las gallinas.
La dueña replicó:
—No lo crea, señor. Aquí lo que escasean son los reyes.
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