Dos grandes avances médicos gestados en la Segunda Guerra Mundial
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Dos grandes avances médicos gestados en la Segunda Guerra Mundial


 
 
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Predeterminado Dos grandes avances médicos gestados en la Segunda Guerra Mundial

La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.

Aunque esta cita se atribuye a Einstein, no lo puedo confirmar, pero me sirve de prefacio para este artículo de la Segunda Guerra Mundial, donde la imaginación y la inventiva, en este caso en el campo de la medicina, fueron protagonistas.

El plasma sanguíneo

Desde la Antigüedad, la sangre ha sido considerada como esencia de la vida, la responsable de la fuerza vital e incluso el vehículo del alma. Así que, ha sido protagonista de muchas y diversas teorías, en su mayoría erradas por el desconocimiento de la anatomía humana. Y aunque haya textos antiguos que puedan citar algo parecido a una transfusión sanguínea, habría que esperar hasta 1492 para encontrar la primera transfusión de sangre -si se me permite llamarla así, ya que fue vía brebaje-. El papa Inocencio VIII estaba muy enfermo y, en la creencia de que la sangre de una persona joven y vigorosa sería capaz de revitaliza a un anciano o enfermo, se le transfundió la sangre de tres niños de 10 años. El resultado final fue la muerte del papa y de los tres niños. Tras varios intentos de transfusión entre animales y de animales a humanos, la primera transfusión sanguínea entre seres humanos la realizó el médico francés Jean-Baptiste Denys el 15 de junio de 1667, y aunque el paciente falleció posteriormente y hubo ciertos problemas legales, e incluso prohibiciones durante años, se había plantado la semilla de una nueva era en la medicina.

La experimentación con citrato de sodio como anticoagulante en 1914 dio la oportunidad de avanzar en este campo, pero sería en la Segunda Guerra Mundial cuando las transfusiones se generalizarían y sería necesario disponer de reservas de sangre. Se crearon los bancos de sangre, las autoridades lanzaron campañas masivas para que se hiciesen donaciones y el cirujano canadiense Norman Bethune, partidario de la medicina social y defensor de su gratuidad para todos, puso su granito de arena: tuvo la idea de equipar camionetas con instrumental médico, reservas de sangre y neveras. Fueron las primeras unidades médicas móviles. Por cierto, idea que surgió y puso en práctica en la Guerra Civil española, formando parte del batallón Mackenzie-Papineau, integrado por comunistas de Canadá.


Aun así, había dos problemas para realizar las transfusiones en el campo de batalla: el almacenamiento de sangre, que tiene muy poca vida útil, incluso si se conserva en las mejores condiciones, y el grupo sanguíneo, que tiene que coincidir el del donante y el de receptor. Y aquí es donde intervino el médico estadounidense Charles Drew. En 1940, nada más terminar su residencia en la Universidad de Columbia (Nueva York), se incorporó al proyecto Blood for Britain («Sangre para los británicos»), un programa piloto de la Cruz Roja para enviar sangre a los soldados y civiles heridos del Reino Unido, donde puso en práctica sus trabajos de doctorado y consiguió solucionar los dos problemas: en lugar de enviar sangre entera, se enviaría plasma. El plasma, el componente mayoritario de la sangre -aproximadamente el 55% del volumen sanguíneo total-, es un líquido claro y amarillo desprovisto de los glóbulos rojos y blancos que contiene varias proteínas y electrolitos que transportan las células sanguíneas y otras sustancias a través del cuerpo. Se puede usar como un sustituto de la sangre para ayudar a reemplazar los líquidos y tratar el shock. El plasma se mantiene más tiempo sin refrigeración, se puede usar con cualquier tipo de sangre, es mucho menos probable que transmita enfermedades y se puede inyectar a través de las venas, los músculos, la piel y en grandes dosis. Además, para facilitar el transporte, Drew ideó un kit de transfusión compuesto por aguja, goma, plasma de sangre en forma de polvo y suero fisiológico donde disolver el plasma y «reconstruirlo». Se cerraba herméticamente y se llevaba allí donde se necesitase… para salvar miles de vidas.

Los aviones Spitfire y la operación de cataratas

Sushruta Samhita es un tratado de medicina tradicional de la India escrito en sánscrito y atribuido a Sushruta, un médico hindú del siglo VI a. C. Además de las más de mil enfermedades descritas y sus correspondientes remedios, Sushruta detalla diversas intervenciones quirúrgicas, como la operación de cataratas: mediante una aguja curva, llamada Jabamukhi Salaka, se extraía la catarata (opacidad del cristalino) y, posteriormente, se vendaba el ojo con unos paños empapados en mantequilla caliente. Como buen médico que era, advertía que la cirugía debía ser el último recurso. ¿Y qué tiene que ver Sushruta con la Segunda Guerra Mundial? Un momento que ya llegamos…

Durante la Segunda Guerra Mundial, los aviadores de los Spitfire de la Royal Air Force (RAF) serían protagonistas de un gran avance en la operación de cataratas. El cirujano oftalmológico Harold Ridley, que se había incorporado como voluntario al Servicio Médico de Emergencias, era el encargado de tratar a los pilotos que sufrían lesiones en los ojos. Muchas de las lesiones oculares que trataba eran debidas a fragmentos de distintos materiales que, al explotar o ser ametrallados durante los combates, se introducían en los ojos. Pero de entre todos esos materiales, hubo uno que le llamó especialmente la atención a nuestro cirujano: los fragmentos de plástico o plexiglás con el que se fabricaban las cabinas de los Spitfire. Ocurrió el 15 de agosto de 1940, cuando atendía a un piloto cuyo Spitfire fue derribado en combate en Winchester. Su cabina se hizo añicos y sus ojos se llenaron de astillas de este plástico. Se había quedado ciego de ambos ojos. Tras diecinueve operaciones, Ridley consiguió devolverle la visión de uno de ellos. Fue entonces cuando descubrió que los fragmentos de dicho material no causaban ninguna reacción de rechazo en los ojos del piloto. Se trataba de un material inerte y compatible con los tejidos oculares. Pero no era un buen momento para que el doctor Ridley continuara con sus estudios y observaciones sobre el plexiglás, porque la Segunda Guerra Mundial no daba tregua ni descanso.


En 1941 fue destinado a Ghana, y un año más tarde a la India y Birmania, donde atendió a los heridos del frente del Pacífico. No sería hasta finalizar la guerra cuando, tal vez de nuevo fruto de la casualidad, ocurrió un nuevo hecho en la vida del doctor Ridley que definitivamente hizo surgir en nuestro científico la idea de la aplicación médica, en este caso oftalmológica, del material plástico con el que se fabricaban las cabinas de los Spitfire. Ridley acababa de finalizar una operación de cataratas, extrayendo el cristalino del paciente. En ese momento, su ayudante le comentó: «Es una lástima no poder reemplazar ese cristalino por otro». Aunque en el siglo XX se utilizasen técnicas más precisas y, sobre todo, seguras para el paciente, desde Sushruta no existía manera segura o eficaz de sustituir el cristalino extraído del ojo. Pero aquel comentario de su ayudante le hizo recordar su experiencia con los pilotos de la RAF y el plástico de las cabinas de los cazas, así que se puso manos a la obra. A finales de los años cuarenta diseñó una fina lente de plástico fabricada con el mismo material de las cabinas, y el 29 de noviembre de 1949 en el Hospital St. Thomas de Londres realizó el primer implante de una lente intraocular. No obstante, no satisfecho totalmente con el resultado, la tuvo que extraer. Finalmente, el 8 de febrero de 1950, y por primera vez en la historia, volvió a implantarla ya de forma permanente.


En los 12 años siguientes se implantaron un total de 1.000 lentes de Ridley, con un porcentaje de éxito del 70%. Trabajó duro para superar las complicaciones y las innumerables críticas de la sociedad médica de la época, que creía firmemente que un cirujano oftalmológico «nunca debía colocar objetos en el ojo«. Refinó su técnica, y a finales de 1960 comenzó a conseguir apoyo y reconocimiento mundial, hasta que en 1986 fue elegido miembro de la Royal Society of London y en 2000 nombrado Caballero del Imperio Británico por la Reina Isabel II de Inglaterra. Falleció el 25 de mayo de 2001 a los 94 años de edad.

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 23 enero 2020

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