Marquimar. Novelas - Cuentos - Relatos
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Esta es la veraz historia de una reina extraordinaria y un insólito pirata, yo estuve allí. Nunca relato tan azaroso y sorprendente vio la luz.



Conocí como nadie a esa original pareja y puedo dar testimonio, que jamás en dama y caballero se apiñaron tantas cualidades propias de su sexo. Pocas son las ocasiones, donde en el infructuoso páramo de la más absoluta discrepancia, un hombre y una mujer tan drásticamente divergentes, alcancen pese a todo y todos, una comunión de almas.


Es misión de narrador, dar verídica reseña de todo cuanto acontezca y debe legitimarlo con su palabra y empeño; más no obstante, no todo lo acontecido llegó a mi conocimiento y teniendo que ingeniar, les pido perdón por ello.


Así fue como ocurrió y a mi manera lo escribo, no empiezo como debiera pero al comenzar opino, que importa poco un principio, lo que cuenta es el destino.



En el filo del mar.






En la orilla del mar de nombre Sosegado y más concretamente, en la contraída e infigurable gruta de las Algas Azules, acontece en éste preciso momento pues es imperioso que acontezca sin más dilación, la nombrada tertulia anual de los piratas juramentados antagonistas. La chorreante oquedad está muy concurrida. Por ventura y merced a un inevitable compadraje infrecuente, asisten a la reunión los encomendados poderhabientes de los siete mares cálidos y por supuesto, que ya era fecha, pues no en vano el monumental dilema que les toca porfiar con aborrecimiento, como ocurre esta vez y casi siempre, les afecta sobremanera y de raíz, la empantanada solución.



En este preciso momento, el representante del capitán hijo mudo del Pinzote, exaltado discute con un colega:



--- Nadie me puede decir a mi, como tengo que decirla y de la manera que tengo y menos, un pingajo de bucanero cualquiera.



--- ¿Pingajo yo? ¿Una peste de fachoso me llama a mí pingajo?



--- ¿Y tú a quién rebautizas fachoso? ¿Habéis venteado hermanos?



--- Pues es claro que lo han oído casta de mocarrera, y además de tal fe, atufas a la escoria y a puro pispajo de la inmundicia, so pringue tiznón y cazcarria.



--- ¡Yo cazcarria! ¡Saca el hierro y ponte a espichar!



--- ¡Pues ya salió, y ahora envainaré la hoja en tus tripas llenas de mierda, hedor de letrina!



--- ¡Hijo de las babas chorreadas por mil chingos, pues acércate a tu muerte!



Los hierros al cinto abandonaron presurosos su lugar de reposo, cualquier pirata sabe hacerlo con maestría y es entonces, cuando un vozarrón les conmina:



--- ¡Basta ya bucaneros! ¡Cualquier comisionado o bien hablador hablante en esta tertulia, debe pedir la palabra a mí que soy yo! ¿Estamos ya de acuerdo ñiquiñaques? ¡Pues de otra suerte, os lo juro carroña de abortos, que le chaveto la lengua a la napia con argolla de garfio al que sea!



Los sables de abordaje regresaron al cinto a mala gana y por descontado sin cruzar hoja y es ahora, que el representante de las Islas Pecas levanta la mano diciendo:



--- Bien está, pido yo la palabra.



Por fin y al parecer, la entonada locuacidad del presidente y su contundente amenaza, hizo su efecto en el informal concilio. Más no obstante, con determinados individuos nunca se sabe, pues un pirata es de mucha fortuna que no se resbale de verborrea faltona a cada rato. Con todo y con eso, el presidente mencionado y apodado Lonchatocino, por su divulgada afición a esa pitanza, sintiéndose satisfecho enfatizó:



--- El delegado del gran comandante de las islas Pecas tiene la voz. Adelante pues, pero cuidad el tragadero y despachad el buche con respeto.



--- Digo lo que dije antes y lo que vine a decir a esta gruta, que mi patrón el Cangrejo Pingo no lo acepta. Pero ahora también digo, que si el hijo mudo del Pinzote por las Pecas aparece, los cañones decidirán la cuestión.



Así ya se ve, que el desbarrar que hemos citado antes ha comparecido; llegados sin otro remedio a las tesituras amenazadoras, el enviado del comandante Tiritaña, que no tiene crines en la lengua ni nunca las tuvo, contesta enrabietado y retador:



--- Pues sí el verraco del Cangrejo Pingo quiere humo, por las barbas acuchilladas a contrapelo que lo tendrá.



Al velludo presidente del consejo ya le estaban saturando la pachorra, pues no era él, desde nunca, un hombre de caletre chispoleto y muchísimo menos, indulgente o permisivo. Pero a consecuencia de la carga de venado que le flotaba en el vino de las tripas, golpeó de nuevo la mesa con el machacado cacillo del ron y sentenció:



--- Tregua tengamos hermanos, el delegado del Tiritaña debería ser más tolerante, aunque…



El Lonchatocino vaciló unos instantes y al cabo, sin inmutarse, sentenció:



--- Mirado desde otro parecer, cuando algún mandón de la piara quiere humo, siempre hay humo.



Un destacado manifiesto muy acorde con la chusma, pues cuando un representante de la canallesca vaticina humo y otro sin pestañear lo ratifica, ya es cuestión de mucha inminencia el sacar la mecha al sol y embutir la pólvora al foguete, pues se emparejan puntas cuadras. Por ese vaticinio y adivinando el velado encartamiento del presidente Lonchatocino, el antipático vocero del Cangrejo Pingo da por concluida su asistencia y de tal forma, sin ningún oprimido miramiento, contesta retador:



--- Por la ponzoña de mil culebras que ya estoy harto, hasta nunca asamblearios y tened bien presente, que navegar por el mar Bruñido será vuestra muerte.



Como se puede adivinar sin tapujos, fue un sarao muy polémico y negativo y debido a tal, se prolongó durante diez interminables horas, más, si el concordato ese nefasto día no pudo ser de ninguna manera, tampoco en esta oportunidad se desfachataron demasiado. Por lo pronto, al final de la tarde sobradamente enronquecidos, pero sin descalabrados todavía, los delegados regresaron a sus alcobas en la posada



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La misión de narrador debe esclarecer ahora sin más demora, que entre los bucaneros sin patria y la truhanería de terruño, como es harto confirmado por todo el mundo no existe diferencia y, por tal famoso pretexto, atesoran la reputación de maldecidos. Pero, es irrefutable y debe en honradez aseverarse, que no todos los piratas son así y, eso viene a cuento sin fantasear, pues requisito cabal es que a partir de este momento nadie ignore, que el paladín de esta historia al contrario que sus siniestros colegas, es un pirata completamente ejemplar. Aunque naturalmente, nadie osaría calificarle de tragasantos por su religiosidad, ni tampoco lo harían de magnánimo por su bondad y muchísimo menos, le tildarían de generoso por su altruismo; más lo juro por la espina emponzoñada que me ensarte, que posee un corazón limpio y sincero, honorable y justiciero, como no hay par, y eso lo afirmo y es, como liturgia de cierto.



El capitán Pinturero, comandante del impresionante galeón cañonero el Brisa Huracanada, es un mocetón de pierna larga y músculo atrayente, un gallardo ejemplar de filibustero, con la donairosa y selecta apostura de un rey, un espadachín muy sobresaliente y un trovador gentil; en definitiva, imposible alambicar a nadie a su misma traza. Nuestro capitán no espera nada serio de la anual reunión en la gruta de las Algas Azules, nunca ninguna de ellas concluyó con semejante resultado, no obstante eso, hizo como hicieron todos y envió a su delegado; que por cierto, después de una sosegada noche en la hedionda posada, ya se encuentra de nuevo en la complicada asamblea.



Más finalmente, dejemos a los representantes y su espinosa comisión negociadora y emplacémonos en la toldilla del galeón Brisa Huracanada, pues la historia que prometí narrarles, comienza ahora.



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--- ¡Atento el zafarrancho! ¡A sotavento una galeota de dos vergas pabellón blanco ondea! ¡Y viene arrimando!



--- Disculpad señor, ¿oísteis cantar la vela?



El capitán, que no movió un músculo, con su mirada serena habitual y en este mismo instante escrutando el horizonte de estribor, amanera un gesto displicente y contesta:



--- Es imposible no hacerlo mi fiel Pipermin, la voz de ese vigía tralla como ninguna. Que se arrime esa galeota si es tal lo que pretende y veamos pues a quien le pinchan los demonios.



Al comandante le desquicia sobremanera que le importunen cuando fluye en su intelecto la antojadiza inspiración, algo por otro lado bastante corriente entre rimadores, pues un verso con alma es de difícil componer. Pero claro, son gajes del oficio y le fastidie mucho o poco, su sustento de momento es la piratería, y no la poesía.



--- A la orden capitán.



El señor Pipermin, valioso piloto y amigo de su comandante Pinturero, es un prójimo de lo mejorcito que resuella en el mar del Camarón Opalino y aparte de tal, es un profesional tripulante, como el penacho enardecido de una ola gigante:



--- ¡Gente a las perchas, nave holgazana al pairo! ¡Listos para entregar el abordaje, prevenidos seis y metralla rompedora al vientre!



El condestable artillero, siempre atento a los voceos en las cofas y por consiguiente, presto al cumplimiento de órdenes que procedan de la canastilla del puente, mucho más próxima a la tarima, contesta a grito largo:



--- ¡Atentos y listos señor Pipermin, rompedora al vientre, seis artillados y mecha corta!



Al menor movimiento belicoso de los tripulantes de la galeota, por las barbas engrifadas del gran musulmán y su teosofía, que tragarían la metralla fundida a boca de cañón. Ni el más mínimo susurro se escucha en cubierta, la gente se asoma al madero servido de borda y, con vista de lince, atisba curiosa a los que van llegando.



En pocos minutos, el imponente Brisa Huracanada queda inerte sobre las olas al bamboleo de la resaca y en la galeota, el tripulante patrón, da las órdenes oportunas:



--- ¡Abatir remos! ¡Replegar remos! ¡Izar remos!



La maniobra fue corta pero precisa, la pequeña embarcación dio un golpe seco en el casco y se acomodó a babor del soberbio galeón. El cabo lanzado de amarre fue asegurado y en eso, dos notables con turbantes y ropajes ostentosos, a mucho resaltar, ascendieron por la escala.



La marinería quedó muda de embobamiento al contemplar a los recién llegados. Ni los soberanos más acaudalados podrían vestir de tal guisa. Que cantidad de primores de oro y plata en los atuendos y que exageración de libras en pedrería. ¡Ni en el sueño más fantasioso se avizora un derroche de tal opulencia!



El primero en pisar el maderamen y al parecer de más alta jerarquía, llevo su diestra a la frente y luego al corazón a cortés modo de saludo y con total parsimonia preguntó:



--- ¿Sois vos el capitán Pinturero?



--- No acertáis señor, yo soy el contramaestre Laraña. El comandante frecuenta el castillo de popa.



Los visitantes ni tan siquiera se inmutaron y con el paso ajustado y elegante que proporciona el vuelo corto de la capa se dirigieron hacia allí. De nuevo:



--- ¿El capitán Pinturero, sois vos?



--- Estáis ante el piloto y primer oficial Pipermin. El capitán os espera en su camareta, seguidme.



Por fin, los distinguidos visitantes alcanzaron la presencia del amo y señor de aquella fortaleza navegante y su capitán, arrellanado al otro lado de la mesa y con una mano descansando en ella y la otra reposando tras la nuca, les dijo con extrema frialdad:



---- Sed bienvenidos y paz, usad banqueta si os place.



--- Gracias comandante, que Barajalá os colme de toda bendición y la diosa Faraladián de fortuna.



Más nada, los invitados no recibieron amable contestación, solamente eso sí, una ojeada escrutadora y muy desconfiada. Algo por otra parte bastante habitual en el Pinturero, que para recelar de todo, era con creces peculiar. De tal modo que, su fría mirada, hizo hablar al principal aturbantado:



--- Disculpad, ¿os importuna nuestra visita capitán?



--- Nada de eso caballeros, os alcanzaré mi diestra en cortesía, cuando descubra vuestros cinturones ocultos tras las capas.



Los visitantes naturalmente, descifraron al segundo, por lo tanto, pronto se despojaron ambos de la capa y se dieron media vuelta, para que de tal guisa pudiese nuestro Pinturero constatar la ausencia total de armas en su cintura. Tras aquella rápida comprobación, el brazo del capitán surgió disparado como un latigazo y la brillante y afiladísima macheta, que había conservado escamoteada a la vista de todos tras la nuca por extrema conjetura, atravesó el aire como un relampagueo y al cabo del vuelo, se hundió dos dedos de hoja en la cuaderna del fondo. Y es lógico comentar, que los orientales quedaron muy impresionados, pues la endiablada rapidez y acierto del tiro, habrían superado al de un mosquete. Aunque por otro lado en verdad, un alarde así no lo justificaba en absoluto la desbravada conducta de los recién llegados. Al punto satisfecho, con una media sonrisa y sentándose frente a ellos dijo:



--- Dadme ahora vuestro nombre, vuestro rango y la razón de vuestra visita.



--- Mi nombre es Solim, Olerei-muzá, y mi elevado rango, emir de Culameinar. Él, es el gran visir Salazám el-aidil. Y la razón de nuestra visita, es la encomienda de una difícil misión para vos.



Nuestro Pinturero ni siquiera se molestó en ceñir cejas, ya que para él, las difíciles encomiendas estaban fuera de lugar y lejos de ser aceptadas, no era bucanero de riesgos particulares. No obstante y vencido por la curiosidad pregunto:



--- ¿Y para qué desventajada misión soy menester?



--- Conduciréis este pequeño cofre para ser entregado a nuestro primo el rajá de Puntalabar, ciudad situada en el extremo sur del mar Escabroso.



--- Esa petición tiene mucho reparo, el mar Escabroso tributa sus aguas al océano Menguado, nunca la carena de mi nave se ha mojado allí. Pero ya que lo proponéis, decidme: ¿qué cantidad en consonancia al riesgo cubriría la recompensa?



--- En este mismo instante cuatro jícaras de oro y un arcón de esmeraldas y, al llegar a destino, sin regateo, cien mil barras de plata.



El comandante Pinturero nunca se asombraba de nada, pero en esta ocasión y al sumar a pestaña cerrada semejante tesoro a percibir, quedó muy desconcertado. Jamás, nunca que se sepa y eso lo prendamos por jurado a sangre, que en el océano de los siete mares Cálidos o en cualquier otro conocido hasta la fecha, un flete tan baladí fuese tan bien gratificado. Entonces y abundando como siempre en la desconfianza, el capitán preguntó:



--- ¿Qué garantía de cobro me dais?



--- Iré con vos en calidad de rehén.



El pinturero observa con atención incrédula a su invitado y prosigue amenazador:



--- ¿Sois por ventura conocedor de los peligros que sin duda afrontaremos y que vuestra cabeza rodará tajada si promovéis falacia?



--- Sin duda capitán, pero no será mi cabeza la que ruede sino la vuestra, porque ya os adelanto que es de vértigo contemplar tanta plata.



Ese silencio pastoso que siempre precede a las complicadas decisiones que cualquier mortal debe tomar, se hizo presente, pues la indemnidad de la tripulación era para nuestro comandante lo primero. Claro está, que lo segundo era la bolsa, así que, tras unos instantes dijo:



--- Está bien emir, acepto la arriesgada encomienda, pero debería saber algo más antes de afianzar trato, me intriga sobremanera una pregunta: ¿qué contiene ese cofre?



--- No hay inconveniente en ello, abridlo vos mismo.



El comandante Pinturero agradeció mucho la confianza, pues desde luego una carga tan provechosa y a la vez tan pequeña te pone la curiosidad a puntapelo. Pero esta vez, no solamente quedó pasmado profuso, porque también boquiabierto quedó y, eso en él, era harto difícil.



--- ¿Alevines de mejillón?



--- Así es capitán, una especie muy rara. Debéis atar el cofre a un cabo y mantenerlo sumergido durante toda la travesía, pero en caso de muerte o bien el extravío de los alevines, no recibiréis ni una onza por la misión. ¿Queda claro?



Nuestro capitán asintió sin ninguna reserva, pues al fin y al cabo, la embajada no tenía cariz de celada, pero muy intrigado como era su carácter y vulgar chaladura, preguntó con sonrisa irónica:



--- ¿No hay mejillones en Puntalabar?



Olerei-muzá no respondió, y el gran visir menos, por lo tanto la ausente repuesta pretendió quedar en un extravío. Pero a un comandante como nuestro Pinturero descarríos le colarás pocos, pues su afilada perspicacia trapacera, competía con su franqueza y galanura. Pero de todas maneras, las particularidades de los moluscos le eran totalmente desconocidas y por eso, que al instante dejó de meditar en ello, pues tenía suficiente con cavilar en el modo de invertir la formidable recompensa.



Al poco rato, los dos mandatarios orientales se despidieron y el gran visir, embolsado en su capote de tisú festoneado abordó la galeota y se perdió en la noche. Algo más tarde, cuando entre las carenas de ambos bajeles se alcanzó la pertinente distancia, nuestro Pinturero, ya en su lugar de gobierno, gritó:



--- ¡Señor Pipermin, atento a la maniobra!



--- ¡A la orden capitán, preparado contramaestre!



--- Gente al palomar y trapo a todo señor Pipermin, rumbo a las Pecas y grasa a las portillas.



--- Pero queda en tierra el delegado de la gruta señor capitán, quizá no demore su llegada.



--- Ya le veremos a nuestro regreso, si por ventura regresamos. Ahora escampavía, que crujan los mástiles señor Pipermin.



Cuando el capitán daba una orden directa, la posibilidad de cambio era casi nula, pues no era hombrede ir gastando saliva en vano y por otro lado, en cualquier bajel filibustero o de brigadier, las tareas se ejecutan tal y como te las ordenan y con exactitud al momento, pues de otra suerte, a podrir carne y alimentar peces te ponen.


Aunque es la pura verdad, y lo digo pues lo sé, que nuestro capitán jamás aplicó un correctivo a nadie hasta semejante extremo y no fue por carencia de motivo, más bien no lo hizo, por colmo de apego y misericordia con el infractor. Pero visto lo anterior, el primer oficial latiguea el aire con su vozarrón:



--- ¡Contramaestre a la maniobra, listos para zarpar!!!



--- ¡Listos, señor! ¡Timonel a la barra, gente a cubierta!



La maniobra comenzó al instante, los seiscientos marinos pusieron manos a la obra y de proa a popa, la nave hirvió en un ajetreo frenético. El ancla de cruz remontó a su espernada en dos minutos, el trapo apiñado en las perchas fue descolgado y afirmado en seis y, las portillas cañoneras, aviadas en tres.



--- ¡Atentos los juaneteros de popa, que suban y chirríen los garruchos, envergar lo suyo!



Solim Olerei-muzá, desde la canastilla del puente y junto al comandante, contemplaba el fantástico ejercicio con el natural asombro.



--- Os felicito capitán, buena chusma os obedece.



--- Agradezco vuestro pláceme, pero repruebo vuestro lenguaje. Sabed ahora para depauperar en algo vuestra ignorancia, que toda la tripulación lee con relativa soltura y aparte de tal, es capaz de signar sin tacha.



--- Por las babuchas del Sultán que es fantástico. Os felicito de nuevo y os ruego que me perdonéis.



--- Mesurad entonces vuestras palabras.



La conversación quedó zanjada, el Pinturero molesto por el comentario bajó la escalera de estribor y se quedó en cubierta. La arboladura recibía los primeros soplos y todo el aparejo los primeros tirones. La escandalosa bien sometida, se estremecía al viento según su costumbre y, sota el salitroso mascarón, el mar comenzó a espumar la quilla. El Brisa Huracanada a paño entero y mucho porte, hace rumbo bueno a las islas Pecas y con suerte, aquella singladura sería solamente complicada, y en esa esperanza, cae la noche.



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Con el nuevo día y muy lejos de allí, comienza una nueva asamblea en la gruta de las Algas Azules, aunque esta vez, sólo y como ya sabemos, asisten a ella seis de los siete representantes facultados.



--- Tiene la palabra el mandadero del capitán Tiritaña, pero mascullad lo que sea con acato, que os conozco.



El interpelado sonríe por la advertencia del Lonchatocino y emulando una reverencia más cómica que respetuosa dice:



--- Gracias señoría presidente. Mi capitán me tiene dicho que no ambiciona trifulca, no quiere más pendencias ni desconcordias y en conformidad a su palabra, digo que las aguas del mar Bruñido serán compartidas.



Por fin y al parecer, un comandante bucanero aceptaba compartir sus plenos dominios; pero fatalmente, el capitán Tiritaña, como su nombre indica, era muy poca cosa. Lo difícil sería conseguir el paso franco por el mar Tenebral y el arduo Arenoso, mares sometidos a fogonazo intenso por los capitanes Bocapuerca y Cangrejo Pingo.



--- ¿Alguien más se une al comandante Tiritaña?



--- Yo lo haré presidente mesero. Así pues, en nombre de mi capitán, el hijo mudo del Pinzote, voy declarando abierto el mar Viscoso.



Cinco de los seis delegados uno tras otro, aceptaron de buen grado el nuevo estatuto de la navegación pirata, pues con tal acuerdo, se salvarían muchas vidas, naves y cargas. Más siendo la hora de garabatear la marca cada uno en el pliego, el representante del capitán Bocapuerca no lo hizo y sin decir una palabra se marchó. Con todo y sabiendo el significado del osado desplante, el jefe de la asamblea pregonó satisfecho:



--- Hoy queda proclamado ante todos nosotros el gran reglamento de los mares libres y, por el voto sagrado de la sangre y el sable inmaculado de los siete mandobles, el capitán o marino que no acate esta ley, será pasado por la quilla, su nombre repudiado y su hacienda, sí es que la tuviere, saqueada al completo. Ventura y conciliación fraterna sean concedidas, para la cofradía concordante del océano Caliente.



La reunión pirata había concluido, los delegados muy recompensados con el alcance de la misma fueron al hospedaje y recogieron sus bártulos. Las cinco chalupas en el fondeadero, ajustaron la caña de sus remos a los escálamos y al recibir a los representantes, partieron en busca de sus naves. Tarea que para algunos fue sencilla y para otros, como el negociador del Pinturero, imposible.



En honor a la verdad cabe decir, que el acuerdo prometía grandes ventajas para los filibusteros avenidos, pero lo pernicioso es y debe resaltarse sin demora, que de los siete comandantes del océano Caliente, únicamente tres gobernaban galeones: el primero por su vileza era el capitán Bocapuerca, el segundo por su bajeza el capitán Cangrejo Pingo y por último, nuestro capitán Pinturero. Los cuatro restantes y es de bien lamentar para ellos, se adjudicaban una fragata, una corbeta, un bergantín y una goleta. Un prorrateo de fuerza como se comprende nada tranquilizador y esto así lo indicamos, por que la morralla marinera sabe cabalmente, que solamente un galeón puede gallear retador frente a otro galeón, pues son bajeles poderosos de alto bordo, con más de ciento cincuenta codos de eslora bien arrimados, envergan así mismo aparejados de tres a cuatro palos y, el velamen de su descomunal arboladura, casi al completo, es de velas cuadras. Además para su poder, se adornan de baterías superpuestas y repartidas entre puentes, a una boca por cada quince codos y por descontado, en la panza, duerme a la espera de la greña una enorme santabárbara. Tal como se ve, el galeón es el bajel más guerrero de todos los que pueblan las aguas de los siete mares y aunque debido a fortuna es posible, y nadie lo discute, que una fragata y una goleta bien tuteladas consigan abismar un galeón, tampoco ninguno litigará en éste caso, que recibiendo un mayúsculo descalabro. En definitiva, dejando a un lado el Bichero y Sobreviento, gobernados por el comandante Bocapuerca y el sucio Cangrejo Pingo, el portentoso Brisa Huracanada era el único firmante del convengo, con más de ciento diez cañones. Pero de nuevo ahora, dejemos la posible trifulca en manos de la eventualidad y regresemos a la historia que nos ocupa.


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El Pinturero mientras tanto, reunido con su noble pasajero el príncipe de Culameinar, consulta en su camarote de popa las cartas de navegación y, por el ojo vacío de un galápago tuerto, que algo no le entusiasma:



--- Para llegar hasta el mar Escabroso, príncipe Solim, debemos primero franquear el estrecho de la Andanada y eso es tanto, como encontrar perdón en los infiernos.



--- Lo sé capitán, por tal impedimento os escogimos a vos, y en consonancia a lo comprobado por mis ojos hasta el momento, con un gran acierto.



--- Dad gracias a vuestra elevada oferta Solim, pero no creáis que la misión es de cuerdos, necesitaremos mucha suerte.



--- Vos lo conseguiréis señor Pinturero, nada temo.



--- Esperemos para nuestra ventura que el Bocapuerca esté pendoneando por ahí, pues con ese bicho no pienso enfrentarme en su infernal madriguera y, mucho menos, a fuego cruzado.



Razón no le faltaba al capitán Pinturero, pues el estrecho de la Andanada es un brazo de mar, caciqueado por la caterva asquerosa del Bocapuerca. Los cañones en la ciudadela son tan numerosos, que por más de cien se pueden contar y en el fortín elevado de la orilla opuesta, bombardas y catapultas cargadas y preparadas a todas horas con piedras, te pueden peinar el aparejo a destral. De ello se deduce, que la angostura no es nada apacible de atravesar y tal afirmación, no es bufonada ni chanza, pues muy pronto tendremos la ocasión de comprobarlo.




Calculando el riesgo y las medidas a tomar para su ventaja está el Pinturero, cuando:



--- ¡Atento el zafarrancho! ¡Vela de cuchillo a la banda por estribor! ¡Derrota a la deriva y sacude el trapo!



El comandante otra vez ha escuchado el vozarrón del vigía, pues tiene los ventanillos de su cabina abiertos de par en par y un oído de fino atender, mira entonces a su invitado y dice:



--- Bien Solim, encaremos otra vez el destino, subamos al puente.



A nuestro comandante Pinturero no le gustan las sorpresas, y eso es así de tal modo, porque entre la purria bucanera tales alelamientos súbitos siempre comportan riesgo mortal y ojo, ni tan siquiera los repartos de saqueo son atinados de celebrar, porque fiar en un pirata, es de completa necedad.



--- ¡Catalejo señor Pipermin! Encepar tres piezas.



--- Ya lo ha oído señor Laraña, municionar tres.



--- ¡Artilleros a la vía de estribor, que sean tres bocas, mecha junto a la chimenea y atentos al mando!



La marinería ociosa pega el vientre a la borda y con vista forzada a contra sol escruta la distancia, pero naturalmente, el anteojo del comandante es mucho más preciso:



--- Parece una balandra de paseo de unos treinta codos, nadie gobierna y además, el trapo desmigado latiguea libre al viento. Quizá sea un naufragio.



--- ¿Arrimamos la nave capitán?



--- Hacedlo si os place Pipermin, pero en caso de duda quiero ver astillas.



El galeón Brisa Huracanada se aproxima a la balandra con una reserva innecesaria, pero obviamente, al capitán Pinturero no le pillarás con relajos ingenuos, que su palmarés en el combate nunca se debió a los ciento veinte cañones de su nave, ni tampoco a su gran temple, lo consiguió su cautela.



--- Chalupa al agua maestre oficial, que aborden ese cascarón y traigan noticias. Estaré en mi cámara.



El comandante desinteresado en la balandra regresó a sus mapas, pues cien mil barras de plata es ya abultado lastre en la ambición de un hombre. Aunque por descontado, el peligroso estrecho de la Andanada en la península del Cuervo suscitaba su mayor inquietud, también lo hacía con motivo el puerto contrabandista de la Cañavera, desde donde el sucio Cangrejo Pingo dirige sus incursiones. Claro que, de atravesar con premura el estrecho y por ventura, sin coladeros de emergencia bajo línea de flote, que será una hazaña bastante complicada, ya podrían refrescar tranquilamente en Amayute y algo después, a timón enfilado hacia el golfo de la Espina.



La balandra mientras tanto fue abordada y al poco rato, el maestre oficial, cuatro marinos de custodia y tres prisioneros, empapados a calar, llegaron a la cámara del Pinturero.



--- ¿Dais vuestro permiso capitán?



--- El paso franco tenéis, pasad Pipermin.



El señor oficial entró en la estancia y tras él, dos hombres y una mujer. Aquella dama poseía tal belleza y exquisitez, que el Pinturero quedó prendado de ella, pues eran sus labios rubíes y sus ojos azabaches, su porte de ricahembra y su elegancia sublime; una asombrosa mujer de hermosura cual ninguna, imposible de poder imaginar y ni siquiera soñar.



--- Señor capitán, aquí concurren el patrón de balandra, un tripulante y una dama.



Cuando nuestro Pinturero pudo apartar los ojos de la bella desconocida, desatención que le produjo a todas luces un gran esfuerzo, dirigiéndose al patrón dijo:



--- Soy el comandante Pinturero, decidme ahora vuestra ruta, vuestra carga y vuestro nombre.



--- Mi carga es aquí presente, una pasajera. Mi ruta de Cruces a Tomaya y mi nombre, capitán Bolabarda.



--- ¿Y vos señora, quién sois?



--- Mi nombre concierne solamente a mis amigos, no obstante debido a las circunstancias de fuerza lo sabréis, soy la princesa Yaurína de Cumbertán.



El Pinturero esbozó una sonrisa a compartir con su primer oficial, que únicamente pretendía, poner de manifiesto la enorme ingenuidad de la dama, pues nadie importante y con la picardía suficiente, le proclama de buenas a primeras su alta jerarquía a un pirata y, soltó:



--- Caramba Pipermin, buena dote nos depara el día.



Pero a la nerviosa princesa no le gustó la sonrisa ni el jocoso comentario y por tal motivo, contestó airada:



--- Exacto rufián. Haríais bien en devolverme a mi padre, el rey Tarílabal, es muy posible que os depare una buena recompensa para saciar vuestra iniquidad.



Nuestro capitán arqueó una ceja enojado y se rascó el cogote con disgusto, no esperaba un tono tan despectivo y arrogante en una dama tan distinguida. A causa de ello, afirmó áspero:



--- Haré mucho más que eso, pediré un rescate por vos. Señor Pipermin, zarpamos a mismo rumbo, dad acomodo a la dama y grilletes a los hombres.



--- ¿Qué se hace con la balandra señor?



--- No contaba con eso. ¿Puede navegar?



--- Un carpintero y una patulea de cinco pueden dejarla como nueva en dos días.



--- Esta bien, la remolcaremos, quizá nos sea precisa en el paso del estrecho. Ahora a hinchar el trapo.



--- ¡A la orden comandante!



La encantadora dama quedó instalada al instante en vecindad con el capitán y los hombres para su desgracia en la oscura sentina. Nunca nuestro Pinturero había tenido tal cercanía, pues la princesa heredera de un reino y además tan hermosa, no se alberga en el camarote contiguo cualquier día. Pero, es de excesiva imprudencia y extrañeza pensó por un momento, que una pasajera tan encumbrada se encuentre mal navegando en un ridículo cuñete de dos palos; aunque bueno, mucho mejor para él, pues entre la fabulosa recompensa de Solim y ahora, un considerable rescate, el evento de un hacedero retiro a la hacienda rural que tanto deseaba, estaba ya a su alcance. A esas gozosas reflexiones daba rodeos nuestro hombre, cuando escuchó tras la puerta una dulce voz no exenta de acritud que decía:



--- Señor capitán, ¿me concedéis permiso para entrar?



--- Pasad señora. ¿Qué motivo tenéis para visitar a un rufián? ¿No os place vuestro aposento? ¿Quizá la rústica decoración os perturba?



La princesa atravesó a nuestro héroe con una furiosa mirada y por un instante estuvo a punto de estamparle cualquier cosa en la frente. Naturalmente, su esmerada educación y el motivo de la visita le dieron freno.



--- Quisiera saber cuánto pensáis exigir por mi persona y hasta cuando permaneceré secuestrada, tengo derecho a ello.



--- ¿Secuestro? Yo no recuerdo haberos secuestrado, aunque indiscutiblemente pediremos a vuestro padre una recompensa por vos, pues no debéis olvidar, que estabais a punto de ahogaros. En cuanto a la cantidad, la sabréis cuando me cuadre.



La princesa apretó los puños con rabia y demostrado a todas luces su desprecio dijo:



--- No podré descifrar jamás de dónde sale la gentuza como vos, que procedimientos más viles y abyectos de ganaros la vida.



Pero el capitán tampoco estaba falto de contestaciones y en éste caso, aunque hubiera deseado relacionarse con la bella dama mucho mejor, no le importó censurarla con ironía:



--- ¿Vuestro método es mejor princesa? ¿Acaso no coméis de la tributación? Pardiez que la soberanía no anda muy lejos de la piratería.



--- ¿Cómo os atrevéis? Cuando sea devuelta a mi reino pondré una flota tras vuestras calcillas, seréis ahorcado sin contemplaciones, podéis estar seguro.



--- Haced lo que os plazca, pero ahora necesito soledad, salid con buen viento y calladita a vuestro aposento.



La princesa dio media vuelta y al llegar a la puerta tornó el rostro y dijo mirando al capitán con pesadumbre:



--- No esperaba la cortesía de un pirata con una dama, pero sí con un rehén de sangre real, veo con desolación que me equivoqué.



Nuestro Pinturero acusó el fino reproche y con voz ahogada contesto:



--- Tampoco esperaba yo respeto para un simple pirata, pero sí para un capitán, estamos a la par señora.



La dama salió de la estancia con un portazo y diciendo muy enfadada:



--- ¡Os arrepentiréis, lo juro!



La princesa Yaurína tenía el genio vivo, actitud por otro lado muy arraigada entre las princesas. Pero su contrario el comandante Pinturero no era un hombre de consentimientos a féminas. Y no es ésta una cuestión de malacrianza, sólo, que a nuestro capitán no le venga ni cualquiera ni alguien con estúpidas garambainas, pues no aguanta bravatas ni provocaciones de nadie, vengan éstas de un sexo determinado o vengan de otro y, ya sean en boca de zopencos, mamacallos o mascabellotas, que a él le da igual. Pero bien, dejemos el tema enrevesado de los pareceres de cada cuál, que otras cuestiones de más importancia están sucediendo.



--- ¡Atento el zafarrancho! ¡Vela cuadra por babor, recibe con fuerza y navega al encuentro!



--- ¿Otra vez el de la cofa? Por los monzones secos que no para de trafagarme.



El Pinturero soltó las cartas de derrota con encrespamiento y subió al puente en cinco zancadas. En la cubierta de popa y algo apartados de la canastilla del puente, la princesa Yaurína y Solim Olerei-muzá, estaban charlando. La infanta pronto se percató de la repentina presencia del Pinturero y le miró con furia, pero nuestro comandante zumbón, se ajustó el sombrero con gracia, le guiñó un ojo con picardía y después, pausadamente, se encaró el catalejo sonriendo. Al lado de su capitán y con una mueca de disgusto, el señor Pipermin sentencia:



--- ¡Mal día señor! Es un galeón que parece avecinarse a la gresca, posiblemente el Sobrevierto del Cangrejo Pingo. Fatal fortuna comandante.



El Pinturero hunde el ojo en el visor de metal y escudriña en la distancia algún detalle o enseña que le permita identificar al navío, pero no hay ninguna duda, el señor Pipermin casi nunca se equivoca.



--- Efectivamente, ahí viene enseñando la proa por la amura de babor y acortando vela sobre ráfagas.



--- Es de justicia reconocer, que el Sobreviento navega alteroso y arrufado, aunque sea mal gobernado por ese tuercebotas de pacotilla.



--- Muy cierto Pipermin, pero siempre le faltará el buen porte y buena facha que ostenta el Brisa Huracanada.



--- Desde luego señor. ¿Viramos lentos y le cortamos la proa?



El comandante Pinturero quedó meditabundo por un instante y pasado el vacilante momento decidió:



--- Estamos atravesando sus dominios, si presentamos batalla no habrá pólvora para pasar el estrecho. Pero por otro lado, a paño entero no podrá darnos alcance.



--- Muy acertado señor, pues un comandante como el Cangrejo Pingo sólo sirve para bracear el palo.



--- A recibir Pipermin. Navegaremos con viento largo y nos apartaremos del Sobreviento que va ciñendo.



--- ¡A la orden señor! ¡Aviar todo contramaestre!



--- ¡A la maniobra los piquetes, marinería a lo alto, todo entero al viento!



La fantástica dotación del Brisa Huracanada, casi siempre prevenida y apiñada alrededor de las vergas para trepar a las jarcias, se hace eco del mandato y en un suspiro, gatean por los obenques a la cresta de los palos, con destreza comparable a una leva de macacos. Ahora el Pinturero pregunta con cierto enfado:



--- ¿Desde cuándo se conocen esos dos Pipermin?



--- No me había percatado señor. ¿Los enchirono?



--- Mañana a la salida del sol sin daño alguno, no deseo tortoleos en la toldilla y menos entre invitados y rehenes.



El comandante Pinturero estaba un poco celoso, pero como es natural tomaría buen cuidado de que nadie lo descubriese, pues lo infalible es que tal sentimiento sería bastante impropio de un bucanero.



Tras él, a milla más que menos, el apestoso Cangrejo Pingo con su tripulación y su nave arrumban a sudoeste para llegar al encuentro. El ojo derecho del filibustero se ajusta con ansia al catalejo.



--- Maldición guarra y vomitada, el Pinturero largando el trapo a llenar. ¡Guindilla!.



--- A sus ordenes capitán. ¿Qué hay que mandar?



--- Toda la bastardía emperezada que apremie trepando a la arboladura, la nave necesita más empuje.



--- Están bastante aperreados desde ayer, demandan un respiro.



--- Lo que precisan es un azote remediavagos. Dales con un flagelo de tres colas, verás como cavilan.



Como bien se comprende, esa no es manera de manipular a los enrolados, pero naturalmente, el capitán Cangrejo Pingo es un bellaco de corazón podrido y muy mala sangre. Así que, la horda bocineada al trote por el Guindilla, trepó sin chistar a las vergas y largó el resto. Total, que la persecución se tornó de lo más interesante y con ello suficiente, para que el pendenciero pudiese soñar en voz alta:



--- A por tu cabeza voy Pinturero. Te meteré un garfio por lo belfos y te sacaré la asadura por la boca.



Pero al rato, todo su gozo se precipitó hacia el fondo del pozo, pues, a cuatro millas escasas, navegando a fuerza vela sin pestañeo y con la arboladura del Brisa Huracanada por derrota, el experto Guindilla sopla:



--- ¡Capitán, el mastelero del trinquete tiene peligro!



--- ¡Por los agujeros podridos de un congrio pinchado que me tienes harto! ¿Qué diablos me apuras ahora con ese palo?



--- Está algo astillado, en una embatada puede romper.



--- Pues endiña empalomadura forzada de calabrote y todo el trapo que más tense recogido. ¿Será suficiente con eso?



--- Os recomiendo abrigar y varar la nave y después colocar un botalón de recambio. Estamos ya muy cerca de la Cañavera, allí puede hacerse.



--- ¡Maldita sea la papilla de los ángeles endemoniados! ¿Es que nunca puedo hacer lo que codicio? Tengo el firme propósito de atrapar al Pinturero, ya lo sabes.



--- Pero razonad capitán, si quiebra el mastelero del trinquete puede afectar a la mayor y sí eso ocurre, el Brisa Huracanada virará de bordo y con tres pasadas por popa nos puede hundir.



Es indudable que el Cangrejo Pingo no es un buen marino, solamente un bergante con muy mala pinta y peor talante. El Guindilla sí, ese retaco por descontado es muy diferente, pues tiene justificada fama de escupir a contraviento y dar en el blanco y gracias a ese buen oficio, el Sobreviento es un navío de los más inquietantes del océano Caliente. Aunque la gran contrariedad es, igual para el Cangrejo Pingo como para el resto de los capitanes bucaneros, la falta de competentes artilleros de cartilla, porque desde mucho, el Pinturero los tiene enrolados a casi todos. De todas maneras, el perseguidor de nuestro héroe es un cretino tan inoperante, que siempre alienta la esperanza de mandarlo a pique. En esto, el canalla grita:



--- ¡Mierda de cagarro defecada, rumbo a la Cañavera! Pero ya le cogeré, por los sapos hediondos de la negra noche lo juro y lo haré.



Al poco rato, el piloto Pipermin comprobó con alivio el cambalacheo de rumbo del adversario y sin espera, dio la orden para flaquear el trapo, de esa suerte, los pilotes pierden su tirantez y el aparejo descansa bien de faluchos, aunque siga tenso.



Al cabo, la anochecida se hizo presente en el mar Tenebral, el viento era de racha continua inmejorable y con la alborada del cuarto día sin excusa, ni percance, avistarían el estrecho de la Andanada. El contramaestre Laraña, destacado por el capitán Pinturero al gobierno de la nave, organiza la guardia según su incalculable juicio y acostumbrada maña y aquellos emancipados de reserva y guarda, en tropel acuden al rancho a rebosar la escudilla.



El comandante a todo esto, cenaba en su cámara y con el oído atento entre bocado y bocado, escuchaba los paseos nerviosos de la princesa. Comprendía el estado ansioso de la dama y por supuesto, lamentaba la decisión de mencionar el rescate en su presencia.



Tras la cena, el capitán remontó a cubierta como todas las noches, apoyó sereno sus antebrazos en el madero de borda y con el placer acostumbrado contempló la luna. Era una noche magnífica para componer de versos: la brisa vivificante en el rostro, el suave balanceo del barco, el corazón pinzado por un hermosísimo rostro de mujer, el silencio lleno de murmullos y...



--- Buenas noches capitán.



Aquella melodiosa voz le penetraba en el alma como la hoja de una afilada tajadera. Ahora, el capitán más indómito de los siete mares, sentía en su interior el azoramiento y confusión de un mancebo remiso frente a su amada y, algo acelerado, acertó a contestar:



--- Buenas noches alteza.



--- ¿Contempláis el mar?



El pinturero la miró fugazmente y deseaba contestar, pero no lo hizo. La dama prosiguió:



--- Vuestro maestre de bitácora comenta que componéis versos, ¿es eso cierto?



Ahora si contestó y con algún nerviosismo dijo:



--- ¿Eso dice? El oficial señor Pipermin predica sobrado para mi gusto.



--- Pero no para el mío, estoy gratamente sorprendida, pienso que es muy loable inclinación en un corsario y tal facultad, os adorna sin duda.



Nuestro héroe, no sabiendo por donde fugar de su desconcierto mental, optó por la afirmación del mando.



--- Es posible que lo sea para vos, pero en absoluto para mí. ¿Quién os ha dado permiso para estar en cubierta?



La princesa dominaba completamente la situación, tanto por su rango, como por su físico y ella, muy pronto lo sabría.



--- Calma tengáis señor comandante, sí mi presencia os incomoda demasiado, podéis elevar el rescate, pero por lo menos, dejadme disfrutar de la espléndida noche.



--- No es vuestra presencia, es esa jactancia de vuestro porte, vuestro orgullo, vuestro soberbio tono.



--- Bien está capitán, pues sí el inconveniente es mi tono, contestadme: ¿podría quedarme junto a vos sin abrir la boca?



--- ¡Haced lo que os plazca!



El Pinturero estaba desarbolado, su rumbo derrotaba a la deriva y el pañol de sus sentimientos hacía aguas. Pero es muy natural, pues sí la hembra que tenía a su lado era princesa por sangre, reina absoluta de todas las reinas en pura belleza le correspondía por su gran hermosura. Y lo malo fue, o quizá no tan malo, según se mire, que ella como cualquier mujer hiciere, se apercibió al instante de su abundante ventaja y es por esa razón, que afirmó contundente:



--- Si puedo hacer lo que me plazca, me place escuchar uno de vuestros versos. ¿Qué decís a eso?



El Pinturero, asediado por aquellos encantos sin paridad y molesto consigo mismo por su cortedad, decidió el regreso a la tranquilidad de su alcoba y con una mirada huidiza y medrosa se despidió de la dama.



--- Señora, quizá en otra ocasión, debo retirarme.



--- ¿Tan pronto? ¡Que lástima!



--- Sólo la prontitud es la virtud de los que pronto se acuestan por madrugar pronto. Ya conocéis el proverbial proverbio que dice: no por tanto mañanear amanece más temprano. Que sean buenas noches princesa.



Y es por descontado, que el azoramiento es el edecán del ridículo, pues a nuestro capitán le había salido una locución de las que son epopeya en los anales de la estupidez. Aún así, la princesa no llegó a enterarse del todo, pues los ojos verde oliva del varonil mocetón, habían disimulado con delicados destellos sus torpes palabras. Aquella noche, ambos tuvieron dificultad en conciliar el sueño.



Pero antes de acostarse, el capitán bajó a la segunda cubierta y penetró en la camareta del señor Pipermin y al punto, sin más dilación, le despertó diciendo:



--- Mañana no deis cerrojazo a los rehenes, porque tengo que averiguar un par de averiguaciones, que no sé como las podré averiguar, pero que a lo mejor las averiguo.



El primer oficial adormilado como estaba, tardó algo más de lo habitual en entender a su capitán, o mejor dicho, seguramente no le entendió, pero como viene siendo la sobada costumbre en toda cadena de mando, asintió diciendo:



--- A vuestras ordenes capitán, como gustéis.





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Última edición por marquimar; 09-Jan-2013 a las 05:51
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Pasaron dos hermosos días, el Brisa Huracanada bien
fijado al rumbo y con viento excelente, deja al norte el archipiélago de las islas Pecas sin eventos destacables y sigue aproximándose al estrecho de la Andanada. Dos días de relumbrante sol y excelente tiempo, que sin duda, fueron bien aprovechados por la princesa y el Pinturero para mirarse intensamente y al caer la noche, cambiar en cubierta algunas palabras. Al tercer día, inagotable la dama y de tanto porfiar, consiguió su entero propósito y nuestro comandante vencido, la deleitó con un verso:



LUNA DEL MAR RETRECHERA,
LUNA HERMOSA Y MARINERA,
ERES DEL MAR LAMPARILLA,
Y DE LA TIERRA LUCERNA.
NIMBOS NO PRIVEIS SU VISTA,
NIEBLA, QUE YO ANSÍO VERLA,
PARDIEZ, QUE SI NO LA VEO,
FENECER PUEDO SIN VERLA.


Natural que nunca fue éste uno de sus mejores versos, pues brotó de su puño y letra en sólo cuatro semanas, que para un filibustero iletrado ya tiene mérito. Aunque claro, como para impresionar a una dama muy predispuesta a ser impresionada tal cosa no tiene alarde, pues eso, que la impresionó.


Aquella noche, al fin, las miradas intensas y la proximidad de los cuerpos, unido a la gran ventaja de un cielo estrellado y además, la irresistible atracción de dos jóvenes en lo mejor de su existencia, hicieron posible, que los labios ansiosos de ambos fueran uno en pos del otro a frenesí y así, se hicieran apretados en un prolongado beso. Una vez abrazados, muy poco tardó la luna en esconderse tras una nube.


La vigilia cedió su gran mérito al nuevo día y en la cámara del capitán, los tiernos arrumacos habían derrocado las posibles discusiones. Se podría suponer viendo la gran pasión de una princesa y un bucanero, que nada les apartaría de su emparejamiento amoroso, pero es indubitable y por ello absoluta verdad, que en cuestión de parejas atípicas y su ignoto destino, nunca nadie debería suponer nada. Ahora de repente, en las alturas del velamen el de la cofa mayor canta:


--- ¡Atenta la nave! ¡Tierra a la vista!


El contramaestre Laraña, situado a guarda y gobierno en la barra, tarda un estrecho suspiro en bajar las escaleras y advertir a su capitán y golpeando la puerta con agitación dice:


--- ¡Despertad capitán! ¡Hemos avistado la península del Cuervo!


El Pinturero alza la cabeza de su sensual almohada y viendo su indecorosa y total desnudez exclama:


--- ¡Por el cascarrón de una galerna, avistando ya el estrecho de la Andanada y yo sin calcillas! Debo subir al puente.


La princesa le mira arrebatadora con sus ojos negros y un mohín de carantoña y dice:


--- Hacedlo más tarde, ahora estamos muy a gusto.


--- Lo lamento infinito idolatrada, pero el lugar del capitán en cualquier incidencia es la cubierta y el mando.


Parece completamente natural, que la princesa Yaurína, se resistiese a perder el estrujón de su amado, pues una dama de alta estirpe con veinticinco años y doncella hasta la fecha, no alcanza a comprender ni lo pretende en absoluto, que existan prioridades por encima de tan extraordinario y recién estrenado goce. De todas maneras, lo entendiera ella o no lo hiciera, la obligación está por delante del recogimiento y por otra parte, a nuestro comandante le convenía con mucha urgencia recuperar el resuello. El Pinturero entonces se acercó a la puerta y dijo tras un breve carraspeo:


--- Precededme Laraña, enseguida estaré en el puente.


El Pinturero por fin, se zafó de los besos y abrazos que le impedían patronear la nave y ya sin más moratoria, ocupó su lugar de gobierno.


--- ¿Nos han visto señor Laraña?


--- Todavía es muy temprano, puede que los centinelas estén adormilados. De momento, ni en la ciudadela ni en el fortín de la cima los pabellones flamean.


--- ¿Cómo es posible que no dispongan de un vigía de torrero?


--- Seguro que hace muchos años que no cruza vela ajena por aquí.


La neblina matinal producida por la humedad frente a la costa, sería en esta ocasión su mejor escudo, pues en cuanto fuesen avistados, la protección de todos los santos consagrados se haría imprescindible.


--- ¿Qué indica el cataviento Laraña?


--- Sur suroeste señor.


--- Perfecto, enfilaremos el canal con todo por barlovento, así que pongamos el timón al canto para luego encarar y que ande la nave sin estorbo.


En eso estamos, cuando aparece por el portillo derecho de la canasta el señor Pipermin. Viene calzado, vestido y dispuesto para la contingencia.


--- ¡A la orden comandante! Permiso para enfaenar la misión.


--- Lo tienes Pipermin, preparemos la nave para la batalla, la sorpresa y el viento de popa nos favorecen. ¡A por ellos!


--- A la orden capitán. ¡Laraña, zafarrancho de combate!


--- ¡Atenta la gente, enemigo en tierra, zafarrancho!


En menguado periquete se alinearon las piezas a buen tiro, se amunicionaron las chimeneas desde la punta al remate, se afianzaron las barricas y tinajos, se apuntalaron los mamparos más quebradizos de los pañoles, se cegaron las lumbreras comprometidas de la tarima con catalufa, se remontó a cubierta la espadilla de gobierno, por sí en la refriega partiese la caña del timón y, los pellejos de ron y botijones de agua, que son mano de santo para poder salvaguardar el gañote expurgado de pólvora y añadir más ímpetu al coraje, se acampanaron a los flancos de las portillas.


--- Nave asistida y dispuesta señor. Ochenta servidores a las flautas por estribor, todos los artilleros de cartilla en su lugar, cien tiradores de mosquetería prestos, sesenta honderos al abrigo y siete falconeteros a la borda; el resto a reserva.


--- Ningún hondero subirá hoy a las perchas, varía su tarea Pipermin.


--- A la orden señor.


--- Laraña, un retén de cuarenta al sollado por si hay que achicar. La gente a la brega con coseletes y mallas, no quiero heridos leves.


A nuestro comandante no se le escapaba una y por eso las victorias en su oficio eran rosarios. Un experto en navegación y un virtuoso en estrategia, eso era.


--- Señor Pipermin, tres hombres al palo, quiero ver el fondo. Derrota al fosco horizonte y timón trabado.


--- A la orden. ¡Tres al trinquete! Una cuarterola de ron a quien aviste escollos o quebrantaolas en el fondo.


--- ¡Laraña, a capear de arfada con cebadera!


--- ¿Con cebadera señor?


---- ¡Sí, con cebadera, necesito el paño entero!


No es nada incongruente, que el maestre de derrota quedase bastante desconcertado con la arriesgada orden de su capitán, pues la enorme vela cebadera, que se larga en el casi horizontal bauprés de proa y, cuelga rozando la línea de flotación, si bien añade un elevado impulso a la singladura, también acrecienta mucho el peligro de una indeseable cabezada y con las ráfagas arreciando ahora, era una temeridad. Pero natural, nada que discrepar, así que destacó un pelotón a la dificultosa maniobra y siguió atendiendo a lo suyo.


Solim Olerei-muzá, estaba de nuevo maravillado, aquella tripulación era lo mejorcito que había visto nunca y eso que un emir de Culameinar, como es de suponer debido a su alta jerarquía lo ha contemplado casi todo. Alzó el emir su mirada hacia la cima del promontorio y preguntó:


--- ¿No creéis comandante que ese fortín está muy alto? Sus cañones no podrán encararnos.


--- No cantéis victoria Solim, muy pronto empezaran a llover piedras de catapulta y nos caerán morteradas de brea ardiendo y entonces, a fe mía, que deberéis encajar el turbante y ceñir el ombliguero, pensad en ello.


Olerei-muzá, no contestó, ahora efectivamente tenía motivo muy serio en que pensar, pues no en vano la brea ardiendo y los pedruscos de vasto calibre desde tamaña altura, arrugan el ánimo guerrero y por supuesto, si te pillan, todo lo demás.


Subidos los vigías a la cofa del trinquete, escrutan el fondo marino con el oleaje a su pleno favor y cantan:


--- ¡Atento el gobierno, canal limpio y hondable!


El comandante Pinturero sonríe complacido por la noticia y a su lado el maestre de bitácora como es lógico pensar, respira muy aliviado.


Cuando en la ciudadela, el amodorrado centinela de la torreta se desperezó, el Brisa Huracanada navegaba ya en aguas del mismo estrecho y por descontado, con el primer paramento de las murallas a tiro. La chifla del clarín de guerra y el repique del tambor, quedaron al momento apagados por el estruendo de sesenta cañones. El paso del estrecho había comenzado.


--- Pipermin, baquetear a fondo y tres arrimadores por pieza, más carga y menos cebo. ¡Quiero más rapidez!


--- ¡Artillero mayor, seis brazos más a las ruedas y abreviad las andanadas!


--- ¡A la orden señor! ¡Los de babor al refuerzo! ¡Uno por cada dos piezas al acarreo, otro a servir el voleo por boca y los que queden, a la greña con el manejo!


Con semejante marinería y mucho antes de recibir una seria respuesta de la ciudadela, la segunda andanada de sesenta a la vez, con doble carga, hizo añicos el cuarenta por ciento de las defensas en tierra.


La nave a trapo que revienta, se vence inclinada de proa al sometimiento forzado del viento que recibe y, el humo gris de la pólvora expedido, se adelanta en sucesivos círculos paridos por la negra boquera del cañón en trayectoria al blanco, hasta que faltos de ímpetu se disipan. Lo más primordial en un artillero, es el buen ojo en la medida de pólvora que se baquetea y lo más importante en la batería, es darle nueva zambombada al rival en veinte silbidos.


Puesta la zanca en la brega, la marinería reniega pestes del enemigo por puro hábito y lógicamente expectora a las tablas por necesidad, la fajina se acentúa con el ansia de aniquilar y la parca acecha. La tercera andanada es completa a buen tiro por pura casualidad y tras la cuarta, bastante menos acertada, el condestable artillero ordena relajar la carencia y desciende a la tercera cubierta para ver el blanco.


--- ¡Alto el humo! ¡Los artilleros al cálculo!


El maestre de tiro acomoda la experiencia al oficio y ordena embutir nueve puñados por fogarada, la gente le obedece al punto y así, la ciudadela recibe de nuevo colmada.


La confusión más insólita se apodera de los servidores de la muralla y las piezas que se salvan, están muy esquinadas para enfilar bien y dar estrago. Los pilones serios y graníticos de las almenas, reventados a total degüello por los nutridos cañonazos, son metralla mitad fierro y mitad esquirla de piedra devastadora y, en la franja del impacto, el cataclismo es total.


--- Señor Pipermin, que se disperse a los cautivos de la sentina, no tardaremos en recibir por el aire.


--- ¡Laraña, dad franquía a los presos y ojear a lo alto!


El comandante Pinturero casi nunca se equivoca, pues en el fortín y en ese mismo instante, dan suelta a las cinchas de las catapultas y la brea con forraje encendida y escampada por el viento, baja calentado. Pero sin lugar a duda, lo peor ya había pasado, pues la ciudadela en llamas no respondía al cañoneo.


--- ¡Atención en la cubierta, a las barricas! ¡Gente sobrera al trapo! ¡Preparados con agua y espartillas!


La tripulación hizo frente al tráfajo con gallardía y la brea en llamas, a pesar de ser muy abundante y repartida, solamente logró chamuscar la vela cangreja y cinco maromas. Una buena ristra de fortuna en la batalla, aunque ahora, venía por arriba otro tanto.


--- Pipermin, prevenid al cotarro de la morterada.


--- ¡Al resguardo la tropa! ¡Bajan piedras!


Tres morteradas de piedra hicieron blanco en la nave: la primera dio a cuatro codos del remate del botalón de proa, otra, atravesó el puente y las tres cubiertas y ya finalmente, quedó partida en el madero dormilón de quilla y la tercera, desarboló por completo el mastelerillo del trinquete en la quinta jarcia. Pero en total, nada serio.


El Brisa huracanada ha pasado sin sucumbir, vira de tres vueltas de caña toda a estribor y pone rumbo hacia Amayute. El capitán y toda la tripulación, gritan al viento que les empuja con fuerza y sin amainar su gran victoria, y en tierra, quedan las ruinas y el humo.


--- Pipermin, capeando a medio paño, rumbo a estribor.


--- De acuerdo capitán, a por las hembras de Amayute.


--- Antes de pensar en corraletas y prostibularios, destacad un experto cordelero al escandallo, pues no disponemos de mucho calado.


--- A la orden señor.


El Pinturero está en lo cierto, y no es que otrora visitase las aguas del mar Escabroso, sino que el tinte azul turquesa de las mismas se lo sugería. Fue entonces, cuando el príncipe Solim se acercó a su persona y dijo:


--- Enhorabuena comandante, el Califa de todas las naciones costeras sabrá de vuestra hazaña, Solim os lo promete, ha sido fantástico.


--- ¿Pensáis en verdad que ha sido una hazaña?


--- Por supuesto que sí, ningún otro comandante del océano Caliente puede salir victorioso de una brega semejante y mucho menos, remolcando una balandra.


Era cierto, pero lo que nadie supo nunca y nadie lo sabrá sí nadie lo cuenta, es que el Pinturero en ningún momento de la refriega recordó ese pormenor, pues no debemos olvidar, que se incorporó al mando un poco precipitadamente y con las rodillas respingueando y, esto último, no por miedo.


--- Señor Pipermin, mantened el rumbo y enfaenar a la gente, pero sin prisa. Estaré en mi cámara.


--- ¿Debo engrilletar de nuevo a los prisioneros?


--- ¿Habéis observado subversión en ellos?


--- Ninguna, más bien acatamiento y temple.


--- Entonces quizá no sea necesario, decidle al capitán Bolabarda que esta noche hablaré con él. Hasta luego a todos.


El capitán Pinturero regresó alborozado a los brazos de su amada y la princesa, engolosinada como nunca, se mordió los puños de alegría. No pienso narrar lo que a continuación ocurrió en la cámara del capitán, pues nada pude ver, pero claro, imaginar sí y es por esa simple razón, que no lo relataré.


A eso de las ocho de la tarde y con los faroles de la fachada de popa y el candil de la aguja encendidos, avistaron Amayute. La intención del capitán no era otra, que refrescar los víveres necesarios y aprovisionarse de pólvora suficiente para seguir a rumbo fijo hasta el golfo de la Espina.


Amayute, siempre recibe a los bajeles visitantes con alegría, y es muy lógico, pues son pocos los que se atreven a pasar el estrecho de la Andanada. La nave con soltura se instala en el centro de la rada para fondear y toda la gente que así lo desea y por supuesto, que no tiene vigía del parapeto o guardia de portalón, ya puede desembarcar; el maese carpintero y sus ayudantes como es cosa natural, lo harán al terminar las tareas.


Algo más tarde, en el camarote del comandante Pinturero, el capitán Bolabarda es interrogado. Presentes y aparte de los mencionados: la princesa Yaurína, que ella ya no se separa de su amado siempre que sea posible y también, el señor Pipermin. El capitán ciñendo las cejas preguntó:


--- ¿Qué os ocurrió con el trinquete Bolabarda?


-- Una empopada rasa de viento tempranero, que nos hizo calar mucho de tajamar y partió.


--- ¿Y a qué tanto andrajo en el trapo?


--- Hubo que desgarrar la vela para desfogar la racha, por eso el desmoche fue total.


--- ¿Pero no estáis al corriente que cualquier aparejo puede aventarse de pronto? ¿Qué clase de marino sois?


--- A todos nos vence el destino alguna vez, además, fue ráfaga tan traicionera como remo de pala postiza.


--- ¿Y el agua que achicabais al ser apresados?


--- Fue el mismo golpe de mar que rompiendo a vértice de proa, encapilló el agua dentro de la balandra.


--- En esas fatales circunstancias que relatáis, lo más prudente es gobernar en demanda de tierra y sin excusa, rectificar en la rueda las guiñadas de rumbo y vos, según me han referido, no estabais al timón.


--- Es cierto comandante, pero sin arboladura y el gran acopio de aguada, el derrotero se hizo desobediente, así que sin otra opción opté por achicar.


--- ¿Y a qué viene patronear con un solo tripulante? La eslora y el aparejo requieren cuatro de mínimo.


--- Pensé que podría hacerlo sin riesgo.


--- Pero cuando se traslada a una princesa hay que tenerlo todo bien asegurado, o casi todo. ¿No sois de ese criterio?


--- Cuando zarpé no sabía que era una princesa y de haberlo sabido puede que no lo hiciera. En cualquier caso, el reducido precio del pasaje demuestra mi total ignorancia de ese detalle.


--- ¿Porqué rumbo a Tomaya, Bolabarda? El mar Bruñido y ya lo sabéis no es muy recomendable.


--- El pasajero me dice a donde ir, luego me paga y yo le llevo. ¿Comprendéis mi punto de vista capitán?


El comandante Pinturero no pudo observar en el interrogado nada que le hiciera sospechar, además, la princesa corroboró la declaración en su totalidad, por lo tanto, nuestro héroe sentenció:


--- Está bien, vos y vuestro tripulante disfrutaréis de completa libertad a partir de ahora y vuestro barco, sí todavía flota, os lo devolveré a nuestro regreso.


Aquella noche, la marinería quedó saciada de ansias en los garitos y callejuelas del puerto y por la mañana, con flojera y resaca la mayoría, darían acomodo en el pañol de intendencia a todo lo necesario. Salvo pólvora, que no pudo conseguirse.

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Mientras tanto, el comandante Bocapuerca había llegado a su derruida ciudadela y babeando espumarajos de cólera por la boca, como era su lechona costumbre, comenzó a despotricar con arrebato; aunque, no falto de razón esta vez, pues le habían arrasado la madriguera a completo desplome.


--- ¡Por cien mil cucarachas masticadas que pagará por esto! ¡Os lo juro por el satánico infernal poseído!


--- Capitán, ya solamente queda escombros y cagafierro en las murallas, el Pinturero siempre arruina.


--- ¡Ya lo sé, so mendrugo! ¡Sea mil veces maldita la nodriza pechugona que le dio mamadera a ese bastardo! ¿Se avista la vela del Sobreviento?


--- No demorará mucho, la reparación del trinquete era sencilla.


Para el que sea fisgón y según su propensión natural quiera saberlo, lo que estaba ocurriendo ahora, es que en la ínsula de la Cañavera, el capitán Bocapuerca coincidió con el Cangrejo Pingo y allí, ambos rufianes, se compincharon para aniquilar al Pinturero. El primero de ellos y sin bastante pensar, partió para dar apoyo a sus defensas en el estrecho de la Andanada y el segundo, tal como ya sabemos, quedó fondeado en la ensenada del puerto para remplazar el mastelero.


Nunca antes, los dos gusarapos se habían puesto de acuerdo en asociarse, pues entre otras cosas, tales renegados ignominiosos se odiaban a muerte. Pero hoy, por desgracia, una melopea de lengua suelta, a cargo de un remero de galeota en la escollera barataria de Punta Redonda, les había unido. El aludido galeote, de brazo mercenario habitual, citó entre tragos a un príncipe musulmán que en compañía de un gran visir, abordaron una tarde la nave del capitán Pinturero y por cederle una caja, le hicieron entrega de un inmenso tesoro.


Es principio bastante reiterado, que en esos puertos francos se escuchen muchas historias y casi siempre falsedades, pues toda la purria destripacuencos y chancletera, se sobreabunda la panza con aguardiente de caña, vino corrumpente y frascas de cerveza y entonces, se les ventea la encornadura. Pero no así en este caso, pues a pura fuerza el marino remero recibió dedos largos al tragadero y vomitó hasta la última embuchada y a la postre, una vez sereno, la daga castradera junto a los emparejados de la ingle, le ayudó mucho a soltar pelos y señales del cotilleo.


Desde luego, que algo estaba cristalino, pues el galeón Brisa Huracanada había puesto rumbo bueno al mar Escabroso y tal derrota, sin enrolar a gente nueva ni prevenir el navío para el cabotaje y teniendo en cuenta las serias defensas del estrecho, tal venteo olía muy mal, por lo tanto, abundante de cierto habría en el paliquear asustado y entrampado del guripa.


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Ajeno a todo y en la bahía de Amayute, el capitán Pinturero daba órdenes para zarpar y su fiel Pipermin, sin pestañear, las repetía.


--- ¡Izar el fierro, soltar el trapo y media a babor!


En mitad de la maniobra y con el señoreo y la ventaja que da el rango para importunar, Solim preguntó:


--- ¿Cuándo avistaremos Puntalabar capitán? Estoy ardoroso por arribar.


--- Posiblemente pasado mañana. Y por cierto, espero no tener una contienda con naves de vuestro primo.


--- Su majestad Darahí Marayana, no posee naves, su ejército es exclusivamente de infantería y caballería.


--- ¡Celebro que así sea pardiez!, porque todavía me huele a pólvora el indumento.






A todo esto en el mar Tenebral, el bergante Cangrejo Pingo, con el mastelerillo ya reparado, está zarpando de la Cañavera con rumbo fijo al estrecho de la Andanada; allí con impaciencia, aguarda su cofrade el capitán Bocapuerca. Pero, comparece el destino como hace siempre sin avisar y la fragata Salamandra del Hijo mudo del Pinzote, unida a la pequeña goleta Timonera del capitán Tiritaña, le esperan mar adelante con el trapo apiñado y las baterías cargadas. No tarda ni media milla el asqueroso Cangrejo Pingo en percatarse del serio impedimento y tralla:


--- ¡Guindilla! Colores de banderola a ver que aguardan esos. No me gusta su escamoteo del trapo.


El Cangrejo Pingo como sabemos, no es un buen marino, por descontado que no; pero eso sí, conserva la sangre podrida de un abyecto cizañero y la iniquidad agusanada de un corregidor corrompido. Igual bergante no abunda.


El Guindilla afianza las banderolas de señales y trata una y otra vez de comunicarse con el Tiritaña y el Pinzote, pero es inútil, pues ambos filibusteros no tienen intenciones de parrafear.


--- Pues no contestan capitán, quizá saben lo del tesoro del Pinturero y quieren agremiarse a nosotros.


--- Al demonio con ellos. ¡Guindilla, gente al trajín, los quiero en el fondo! Miseria y carroña para el Tiritaña y el Pinzote.


El pendenciero Cangrejo Pingo jamás que se conozca ha compartido nada con nadie, aunque quizá ahora lo pretenda con su colega el infame Bocapuerca, pero tal obra en él, es aventurar mucho.


Bueno, pues el envite que se acerca está bastante claro, una goleta y una fragata no meten pavura a un galeón empinado de borda y bien pertrechado como el Sobreviento, pero sin duda, pueden darle reventadero en el tingladillo bajo la línea de flotación y ya con eso, dejarle a medio gobierno con el achique. Aunque tal reventar no era lo peor, pues ahora lo peor para el Cangrejo, es que el de la cofa volvía a bramar:


--- ¡Atenta la pendencia! ¡Dos velas más al encuentro por popa, y vienen llenas!


El Cangrejo Pingo da un respingo de malpensar y asoma la jeta por la amura de babor para indagar.


--- ¡Por la nieve del infierno! ¿Quiénes son esos?


--- Creo que son el Mostacilla en su bergantín Tirabuzón y la corbeta Pezonera del capitán Legaña.


Cierto y verdad, por fin, la nueva hermandad había encontrado a uno de los dos disidentes de la asamblea y con la formidable ventaja de cuatro a uno, la ocasión no debía desperdiciarse. La marinería de los cuatro bajeles conjurados hacia cuentas con el botín del Sobreviento y lo único que les faltaba todavía, era endiñarle derrotero al fondo. El Cangrejo Pingo como es lógico, desconfía y suelta:


--- ¿A qué boñiga llegan esos con tanto apremio Guindilla? ¿Hay bacanal sin apoquinar aquí cerca?


--- No lo huelo capitán, pero para ser de proa crecida y fondos planos, arriban calando mucho y eso es muy posible que sea, por los pañoles de pólvora atestados.


El Cangrejo Pingo desconoce la prudencia y en un arrebato de fanfarrón equivocado dice:


--- Pues sí esos faltosos quieren fachear de arsenales, por los anillos ponzoñosos de la arpía emperatriz y su conjuro, que les veremos el hocico bien achicharronado de pólvora negra por el rebufo. ¡Guindilla, todas las baterías de entrepuentes y las del raso a cazar!


Y así pasó: la primera en humear el aire fue la Salamandra del Pinzote, una fragata de dieciséis bocas a la banda, con gran refuerzo de borda y cuatro culebrinas más cuarenta mosquetes; pero la precipitada andanada sólo levantó espuma a cuarenta codos del Sobreviento. Eso en batalla es un craso error, pues la fumarada tarda bastante en disipar y tras el recular de las cureñas al sopetón, más la carga y el baqueteo, la mecha y el petardo y antes del siguiente chupinazo encarar de nuevo, dan tiempo suficiente al adversario para responder.


--- ¡Guindilla! Que empiece el triquitraque.


La chusma del Sobreviento da puntal a las portillas y saca al mareo las bocas y un minuto después, el humo y el estampido de cuarenta a la vez, retuerce el aire. Una acertada maestra, que da de pleno en la goleta Timonera del Tiritaña y ojo cuidado, con la mitad del hierro bajo la línea. En total, diez boquetes de bastante fondo, cuatro piezas al agua y tres esparcidas, más la cangreja colgando y el mesana tremolando y ya por fin, fuego y humo en el trapo rastrero del trinquete. En esto, el mudo del Pinzote sin disminución aún, ha recargado todas las fogonaduras y suelta la segunda descarga mucho más acertada. El Cangrejo Pingo no tiene otra y pierde cuatro cañones en la segunda cubierta, tres agujeros le atraviesan el castillo de popa por la fachada y una parte del cobertizo de la sentina, en la tercera cubierta, se hace añicos. Pero la cosa no es grave aún, así que la segunda andanada del Sobreviento da rápida agonía a la Timonera del Tiritaña.


--- ¡Tenemos a uno bien aliñado! Ahora vamos a por el mudo del Pinzote.


--- Os recuerdo capitán, que mucho se aproximan el Legaña y el Mostacilla, y no vienen a pascuas. Debemos escapar del rifirrafe a todo trapo.


--- ¡Primero la Salamandra a pique y serán dos! Luego nos iremos.


Pero es sobradamente conocido, que una fragata no es una goleta y la Salamandra, no debemos olvidarlo, sigue sin astillas. El hijo mudo del Pinzote en realidad no es mudo, pero es tan roñoso en palabrería que lo parece, en cambio el comandante Tiritaña, un bucanero bastante amanerado y espontáneo, no calla ni con garrote, así que suelta la lengua con voz de pito y canta:


--- ¡Por la reina verde del musgo que nos hundimos! ¡A las chalupas, que la Timonera se va al fondo!


Cierto, la goleta Timonera empieza a tener más agua por dentro que por fuera y la mitad de la gente, bracea en dirección a la fragata del Pinzote, el resto de la pandilla y tal como puede, se afianza a cualquier agarradero que flote o bien a tragar mucho, aferra el cabo valedor de la chalana más cercana.


Pero de nuevo, el tronar de la parafernalia del Sobreviento al unísono, enflaquece con su estruendo el ánimo guerrero del enemigo y además, le causa mucho daño en la arboladura y el casco. La Salamandra ha soportado un maltrato, no obstante eso, le quedan nueve bocas y dos culebrinas, más los cuarenta mosquetes sí es que llega el abordaje. Por barlovento mientras tanto, el bergantín Tirabuzón se acerca peligrosamente y tan a corta distancia, que el avispado Guindilla advierte:


--- Capitán, el Tirabuzón se está arrimando demasiado para mi gusto y casi nos tiene a tiro. Si nos alcanza la espuma, nos puede enaguachar la popa.


--- Sosiega chinche, es solamente un tiznado bergantín. La última andanada para la Salamandra y nos vamos.


Concluyentemente, el Cangrejo Pingo no es un capitán con suficiente empleo para gobernar, pues si lo fuera, sabría que un bergantín es acelerado y marinero como un delfín. Un bajel bergantín para que sea notorio, es un velero de baja borda y dos o tres palos y, que por ser estrecho, se baldea en un rato, pero mucho cuidado a tener, pues las piezas de su artillería pueden recorrer la cubierta de un lado a otro sin atasco, lo mismo que haría una pulga pindonguera en un perro esquilado, y eso es, pura matraca.


La batalla continua sin tregua y el cuarto cachimbazo del Sobrevierto, revienta el puente de popa de la Salamandra y de paso la caña fija del timón, las astillas se reparten al viento como grano de sementera y el palo mayor de la fragata, suelta ya de tirantes y bien tocada, se inclina vencida por el gran peso de las jarcias sobre el trinquete. La pugna con las dos primeras naves casi ha concluido y por el momento el quebranto infringido al Sobreviento es escaso; pero por otro lado, el tiempo consumido es excesivo y por eso, atajando con el empuje de barlovento, el Tirabuzón llega listo al brete y, estrena humo su morterada
.

El Sobreviento ahora, sin escape posible, recibe seis a media popa por debajo de línea y aunque tiene la tormentaria de ambos lados cargada y preparada no puede encarar y debido a tal, soporta la descarga del nuevo enemigo sin poder escupir. Cinco de hondos y uno de traspaso lleva metidos en la panza, por lo tanto, toda la cuadrilla de la segunda cubierta suelta las portillas cañoneras y baja al achique. Ahora pues, la nave ha quedado servida de gobierno por la mitad y por eso, los cuatro maestres carpinteros, en compañía de ayudantes y voluntarios, se aprestan a cegar vías con sus herramientas a calzón mojado.


El Cangrejo Pingo por fin se percata de la apurada situación y dirigiéndose a su segundo pregunta angustiado:


--- ¡Guindilla! ¿Qué hacemos?


Pero el lugarteniente Guindilla no está para tratos, lo suyo es disponer la gente para lo que viene, pues la desgraciada purriela en una zapatiesta a trapo colmado, no es el hierro que recibes, sino el peligro de un abordaje, y en este caso tan particular, con toda la tripulación de la goleta Timonera en el agua y parte de la marinería del Pinzote también, el abordaje es inminente.


Llega entonces la segunda del Tirabuzón y más encarada que antes, rompe con la defensa esquinada de babor y una porción de las jarcias tercias. El Sobreviento al instante responde al tiro, pero las granadas silban por lo alto del escurridizo contrincante y no hay estrago. Y para postre, la corbeta del capitán Legaña ha llegado al avío, suelta la primera andanada de diecisiete contra la batería de estribor del Sobreviento y timonea derecho al abordaje. El galeón ahora se queda sin respuesta, pues la chamusquina en las piezas es ya de veintiocho sin cureña y de veintidós al agua, mucho ferro muerto para seguir encepando, llega el turno del sable y el pistolete, la despatarrada comienza.


El bergantín Tirabuzón por estribor, la corbeta Pezonera por babor, más el resto flotante de la Salamandra del Pinzote y toda la chusma mojada, se abalanzan a la busca de la cubierta del Sobreviento con lo que pillan: arpones, garfios, garfas, bicheros, cabos y ganchos, e incluso algunas picas a voleo, se usan como garrochas.


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La bestial degollina cuerpo a cuerpo y carne a carne entre los filibusteros sanguinarios al infernal abordaje, no es ni de lejos un espectáculo recomendable. Y en la duda razonable de que algún lector o lectora escrupuloso, tenga en este momento el estómago atestado, interrumpimos la reseña de la carnicería en beneficio de la higiene. Pero de todas maneras, innecesario sería el describirlo, pues cualquiera puede imaginarlo: totalmente horroroso.


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La reciente hermandad bucanera del océano Caliente, no tiene por norma la misericordia, más no obstante, a permuta de tesoros o posesiones, la norma puede alterarse. Rematada por lo tanto la enorme sangradera, en la toldilla del galeón vencido se reúnen los comandantes de los bajeles vencedores, para dar juicio de muerte al comandante sometido. El Cangrejo Pingo ha perdido su arrogancia, ha perdido su nave, ha perdido a su gente y está a punto de perder la vida. Pero el citado comité y no esencialmente por filantropía, resuelve salvaguardar la cabeza del renegado y de los veinte supervivientes de su tripulación a cambio de las islas Pecas, un cambalache como se deduce muy jugoso para los triunfadores. Así convenido, cada uno garabatea su personal marca en el documento y la avenencia final que acredita el trueque, está lista para el visto bueno del burgomaestre y comodoro civil de las islas. Luego sin más, los asistentes dan por rematada la rápida reunión.


El Cangrejo Pingo y todos los indultados incluido el Guindilla, son obligados a embarcar en un esquife sin remos y medio podrido, con un pellejón de agua y un barrilillo de tocino y poco después, a lirondo empujón de bichero, son abandonados a su suerte.


Los cuatro capitanes de la alianza muy satisfechos con el botín conseguido, acomodan sus rabadillas en la canastilla del bergantín Tirabuzón y con la glotonería de descubrir su nueva propiedad, ponen rumbo a las Pecas; naturalmente, descansan a gusto en la cabina privada del comandante y de paso, riegan sus gaznates. Mientras tanto, la gente propia de la tarea, pone remedio al Sobreviento y la Salamandra, con ristra de maderos, tabicas, espiches y botanas.


Y es el primero, de los cuatro comandantes victoriosos en levantar el codo y encender la cachimba, el que decide vocear complacido:


--- ¡Por el calamón de una balanza y su vástago del garabato, que la estrella fortuna se ha ladeado de nuestro favor! ¿No es cierto camaradas?


-- Cierto Mostacilla, jamás imaginé un pillaje como las Pecas y un galeón, es fabuloso.


--- Pues aún nos resta conseguir lo del Bocapuerca.


--- Eso me agrada bastante menos, pues en el estrecho de la Andanada sólo afincan las medusas pedernales y lagartos, una alcazaba empinada a los riscos y una ciudadela y, el titán de los vientos siempre soplando.


--- Cierto, allí no es posible un escupitajo a filete.


--- ¡Por la fea mortaja del Gran Coloso que es verdad! ¡Buen chascarrillo Legaña!


Pero muy a pesar del asombroso botín conseguido, no todo es regocijo y jarana en la reunión, pues de la misma manera que a mucha gente le incomodan los rigurosos atavíos y a otros muy al contrario los frívolos perifollos, uno de los cuatro comandantes triunfadores, está muy compungido.


--- Parecéis muy menguado Tiritaña. ¿No os place el botín?


El suspicaz Tiritaña, hombre de tierra adentro y venido a la piratería de rebote, enjuga con la bocamanga de su casaca una lágrima que pugna por resbalar en pos de las anteriores y, así dice:


--- No mucho compañeros, tengo en la profundidad del mar lo que más quería.


--- ¡Pardiez Tiritaña, con vuestra parte aparejáis diez goletas mejores que la Timonera!


--- Cierto camarada, pero eso nunca rescatará del fondo mi adorada colección de camafeos.


Por supuesto y se distingue cristalino de puro claro, que con tales proclamaciones el Tiritaña no sería suficientemente respetado, pues el Pinzote, el Mostacilla y el Legaña se miraron, como se miran los facinerosos en algunas determinadas coyunturas: por el rabillo del ojo y levantando las cejas. Naturalmente, que los respetos hacia un bucanero no se sustentan en sus aficiones, sino en sus agallas y astucias y de eso, el Tiritaña estaba bien holgado.



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A todo esto que ha sido largo y cambiando de mar, el Brisa Huracanada va arribando a su destino. Nuestro comandante Pinturero más hermoso que nunca, según la princesa Yaurína y otras opiniones emboscadas, se apuntala con esbeltez en el rústico fuste del botalón de proa y, rezumando apostura, contempla con el catalejo bien pulcro de salitre la bella ciudad de Puntalabar.


Colocada la primera piedra por los dioses de la belleza, concebida en el tálamo de la hermosura por la reina madre de las perfecciones y también, obsequiada con la preponderancia del Gran Espíritu Imperecedero: Puntalabar, huérfana de cualquier inmundicia y preñada de gloria, es sin lugar a titubeo, la gema más preciosa del mundo conocido y la tierra que resta por conocer. O eso es por lo menos, lo que berrean al viento los buhoneros, viajeros, peregrinos y trotaconventos.


--- ¿Os gusta lo que contemplan vuestros ojos capitán? ¿Es increíble, no opináis lo mismo?


--- Maravilloso Solim. ¡Mirad vos amada mía!


--- Es cierto, que ciudad tan hermosa. ¿Pero decidme, qué es aquella fortificación tan negra?


--- Es mármol negro, el suntuoso palacio del rajá. Mi primo es bastante singular, pues salvo el oro y la plata y por supuesto las gemas y alhajas, le apasionan las cosas de color negro.


El pinturero recoge ahora el catalejo y ajustándolo de nuevo a su ojo derecho exclama con sorna:


--- Seguramente por tal razón le lleváis una caja con mejillones. ¿Estoy en lo cierto?


Tampoco esta vez el capitán recibió respuesta, el príncipe Solim no soltaba prenda. No obstante Olerei-muzá, inquieto por la pregunta incisiva del Pinturero y para ofuscar, cambió de tema y dijo:


--- Puede que los mejillones estén muertos y en ese caso, ya lo sabéis, no habrá recompensa.


--- ¡Señor Laraña! ¿Cómo siguen hoy nuestros queridos moluscos?


--- ¡Soplan, se mueven y aprietan señor!


--- Me temo príncipe Solim, que pagaréis lo pactado, pues en caso contrario y vos también lo sabéis, vais a remover la arena del fondo.


Las palabras del capitán Pinturero no eran baldías, pues aunque él personalmente nunca le diera acolladores de cepo a los tobillos de un prójimo, la tripulación despojada de su parte de la plata seguramente lo haría. Pero bien, prosigamos el hilo del relato pues hay tarea.



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-- ¡Atento el tingladillo, chinchorro de marchantes al encuentro por estriboria! ¡Llegan los cambalaches!


--- ¿Qué guasería es esa, quién ojea y canta en la cofa Pipermin?


--- El zoquete del Lingotera, no hay manera de que vocee con propiedad. Es un chambón que se cree gracioso.


--- ¿Es que no asistió a preceptores de rumbo y vigía?


--- Sí lo hizo señor y por el momento sigue haciéndolo, pero no aprovecha el mínimo menester.


--- Está bien, dejemos por esta vez que cante la vela como le plazca, pero ahora atended a lo que interesa: ya sabéis que no admito mercachifles en la toldilla hasta llegar a puerto, es muy enojoso, además, no es hora de trapichear nada.


--- Lo que vos mandéis capitán. ¡Laraña, un perdigonazo a los baratilleros que les moje el rostro y les ensucie el culo!


El contramaestre Laraña, dispuesto como siempre a su cometido, ha oído a su capitán y sonríe muy complacido. A nuestro maestre de derrota le revientan los mercaderes a más no poder, ya sean éstos especuladores espontáneos, bien tratantes de continuo, poquiteros necesitados, temporeros intermediarios, o abarroteros de arraigo; pues fuera como fueren los considera a todos una cáfila de malandrines en pos de incautos clientes. Natural es aclarar, que la ocupación de malhechor y saqueador marino tampoco es muy recomendable, pero por lo menos, es una actividad que no pretende engañar a nadie tras el disimulo de la honradez. El señor Laraña como se adivina es muy transigente consigo mismo y hace bien, pues de nada sirve marearse la mollera con melindres si otra vocación y oficio no tienes. El maestre muy ufano, se ajusta ahora el cinto innecesario pues su prominente barriga ya ciñe el calzón lo suficiente y vocea:


--- ¡Artillero mayor! ¡Una para el chinchorro que sea tan bien arrimada que les espume el trasero!


Un minuto más tarde, los marchantes marinos pillados por sorpresa viraban de bordo con toda celeridad y conjurando su mala fortuna a tragar sapos. Una buena parte de la carga mal dispuesta dio pronto en el agua a consecuencia del precipitado giro y, ciertamente, el súbito apretón de tripas, fue la razón del consiguiente tufo.


El capitán Pinturero, satisfecho por lo certero del cañonazo exclamó:


--- ¡Buen disparo! Pipermin, naranjas y pan de higo para los servidores y también galletas, aún les adeudo el paso del estrecho.


--- ¿Y también un barrilete de ron, señor?


--- Mucho halago les dais, pero bien, que así sea. Una barrica entera para toda la tripulación, pero solamente, cuando el ferro esté pinchado en el fondeadero.


El Brisa Huracanada por fin, llegó a la ensenada y el príncipe Solim, de momento custodiado en prevención de fuga, escribió un breve mensaje para su primo el rajá. En esto, el Pinturero que examina el litoral a punta de anteojo le pregunta:


--- ¿No fuisteis vos quién manifestó que vuestro primo solamente disponía de caballería e infantería? ¿No fue así?


--- Es cierto, yo fui. Y me desconcierta sobremanera la causa de tal pregunta. ¿Qué os preocupa?


--- Pues me preocupa y lo pregunto, porque de artillería costera no anda manco el muy ladino.


Y efectivamente, el ojo profesional de nuestro capitán había descubierto las baterías camufladas de la costa. Eran cañones de cureña pesada sin coliza giratoria y por tal circunstancia, muy fastidiosos de encarar, pero, escudriñando la chimenea y el abocardado al desgaste de sus fogonaduras, se deducía un alcance de disparo de unas quinientas yardas y por sí fuera poco, con balines de a cuarenta libras.


--- Lo lamento mucho comandante, mi primo nunca lo mencionó.


--- Bueno no importa, estamos fuera de tiro y seguiremos así por el momento. Señor Pipermin, un mensajero al palacio con el pergamino.


--- ¿Debe esperar respuesta?


--- Pues no lo sé, ¿qué decís a eso príncipe Solim?


--- Por supuesto que el correo recibirá una respuesta y vos comandante, no lo dudéis, la recompensa.


El correo partió apresurado y tres horas más tarde regresó con la esperada contestación:


< Su graciosa Majestad DARAHÍ de MARAYANA, tendrá la indulgencia especial de recibir a su primo Solim Olerei-Muzá, sin retardo admisible, a la puesta del sol en el Palacio Negro. >


Un rajá por descontado, es menester que posea excelentes escribas y a buen seguro y por precaución, que le tarifan muy poco. Pero eso no viene al caso, lo que sí viene a cuento, es que en el escrito sólo se mencionaba una visita a palacio, pero no decía ni media palabra de la plata. Solim intuye las dudas del Pinturero y tercia.


--- De nuevo os demando excusas capitán, pero quizá mi primo desea entregaros el tesoro en persona. Os ruego que por eso no malfiéis.


--- Bien está, no es mi mejor hábito el arriesgar, pero en fin, sea pues, visitemos al rajá.



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Última edición por marquimar; 15-Dec-2012 a las 09:15
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Mientras nuestro comandante se acicala a conciencia y la bella Yaurína se viste con sus mejores atavíos, el Bocapuerca, que como ya sabemos sigue esperando al Cangrejo Pingo en el estrecho de la Andanada para juntos, perseguir al Pinturero, ahora, reniega a los cuatro vientos por la tardanza.


--- ¡Ya estoy hasta la calzadura! Sanguijuela, que se largue el trapo, fondearemos en Amayute.


El lugarteniente Sanguijuela, es de lo peorcito que ha nacido de madre zarrapastrosa en casa de ramería. Un facineroso, que se jacta de atiborrarse las entrañas de cualquiera a condición de beberse su sangre mezclada con aguardiente. Pero no, no es que sea más encarnizado y salvaje que su capitán el Bocapuerca, lo que ocurre seguramente, que de casta le viene al galgo, pues su abuelo fue alimañero, su abuela despellejadora y su madre, a ratos vacantes de camastro, matarife. Siendo así como respira la familia del rufián, ahora grita:


--- ¡A las perchas roña marrullera! ¡Y ojo vivo, al que engañife le pincho del palo alto a nudos con las tripas! ¡Peste de boñigas masticadas y escupidas, al trapo digo!


Como es llano descifrar, el Bichero es un bajel filibustero con la tripulación de lo más indeseable, la mayoría, carne de horca escabullida de las cuerdas de presos a golpe de soborno o de cuchillo y el resto, fulleros empandillados y maleantes de toda ralea. Su capitán ahora les suelta:


--- ¡Oído rufianes, cinco piezas de plata para el cante del aparejo del Brisa Huracanada y cien aumentos de más, por la calavera pelada del Pinturero!


El Sanguijuela suelta un salivazo con fastidio y acercando su aliento fétido a la única oreja del comandante pregunta:


--- ¿No es mucha plata para la encagarrada capitán?


--- Tranquilo roñería, pues la mitad de ella la soltará el bastardo Cangrejo Pingo y la otra su perrillería.


--- ¿Y nosotros, no aflojamos nada?


--- Ni media talega. Nosotros abriremos el fardo para recibir y nos tocarán tres cuartas partes del botín.


--- Ese arreglo no le gustará al Cangrejo Pingo.


--- Por el hocico aserrado de un cachalote que sí no le gusta, podrá envainarse el disgusto por la entrepierna, pues te juro por lo más hediondo del estercolero, que cuando tengamos el tesoro del capitán Pinturero en el fardo y bien seguro, le rebano el pescuezo de un sólo tajo a ese Cangrejo toca pendones de la horcajadura.


Una pérfida voluntad muy típica en el Bocapuerca, aunque de difícil conseguir, pues su asociado el Cangrejo, sigue acurrucado dentro del esquife y a la espera de una buena corriente que le lleve a tierra, o de otro modo, que la suerte de los malandrines de todos los reinos, le brinde ahora una pajita larga en el refrigerio caníbal que pronto se acerca.


El Bichero, tras izar el ferro, afianza su derrotero hacia la depravada Amayute y el capitán Bocapuerca, ya en su cabina, alcanza con una zarpa el barreño de agua marina para los pies y con la otra, el botijón de vino para empaparse bien la molleja. Todo un aseado bucanero, que si bien a consecuencia de las abultadas encalladuras siempre tiene los pinreles limpios, nadie diría lo mismo del resto de su badana.



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Abandonemos ahora la mugrienta entarimada del Bichero y forzando la agudeza, intentemos imaginar la enorme belleza de la princesa Yaurína. Imaginar algo así, es por descontado una fajina bastante embarrancada para las corduras normales, pero quizá, con ayuda de los dioses, podríamos acercarnos a ello.


Una princesa que no necesita camarera para trajearse, ni doncella para peinarse, ni asistenta para bañarse, ni madrina para consolarse, ni séquito para pasear, ni lacayo para seducir y después castigar, ni abad para confesar: es sin lugar a dudas una infanta de fiar. Y el perspicaz Pinturero lo sabía.


--- ¿Estáis dispuesta hermosa mía?


--- Lo estoy, corsario y carcelero de mi corazón.


--- Señora mía, vuestra descomunal belleza incomoda a cualquiera como basca en el buche.


--- ¿De verdad? “Sois un romántico incorregible”.


Es bastante evidente y natural, que un filibustero por mucho que se empecine en cultivar el intelecto, alguna metedura se le escapa, pues así son los toscos gajes que trae consigo tal oficio y contra eso, solo la paciencia es competente. Sin embargo, el talento en el caso que nos ocupa no era la porción del capitán Pinturero que más sugestionaba a la princesa, por tanto, la feliz e indulgente enamorada, se colgó del brazo de su amado y ambos, acompañados por su alteza Solim, el señor Pipermin y un medio cuerpo de tropa armada hasta los dientes, partieron en dirección al palacio.


--- Amada mía, aún no me habéis confesado cuál era vuestra intención navegando hacia Tomaya.


--- No tiene demasiada importancia, ya os lo contaré en otro momento. Ahora permitidme, pero estoy tan ansiosa por ver el palacio, que apenas puedo sujetar los nervios.


--- Podréis verlo enseguida, pero me gustaría que me respondierais a esa pregunta, pues la travesía era larga y el riesgo mucho.


--- En otra ocasión querido, no seáis entremetido.


--- No es como pensáis cuestión de entremeterse, es solamente que me preocupa vuestra seguridad.


--- Quedad tranquilo, no es asunto de importancia.


Pero bien pensado, sí que tenía su importancia y nuestro capitán, que intentó un par de veces con anterioridad y sin éxito conocer el motivo del viaje peligroso de su amada, ahora no pudo escapar a una duda razonable, pues una princesa no es habitual que pendonee por el mar Bruñido sin escolta armada y de paso, con tan pocos bártulos. Aunque de todas formas, no insistió, pues más pronto o más tarde lo sabría.






El rajá de Puntalabar, como es frecuente en ciertas estirpes, es el monarca más acaudalado de todo el vasto continente. Está tan podrido de pertenencias y riquezas, que ni los recaudadores y tesoreros reales vislumbran el alcance de su magnitud. Pero también y como es muy habitual en los absolutismos, la mitad de sus súbditos se pasan la triste vida pordioseando mendrugos, pues para chapuzar el tragadero, ya tienen bastante con llorar.


El portentoso palacio de Puntalabar, es negro solamente por fuera, pues en su inaudito interior, un millón de fogariles, lampadarios, bujías y candiles, hieren con inquina las pupilas. Dígase para bien entendernos, que su atiborrada fastuosidad y riqueza empalaga la vista de cualquiera con acopio y, su desbordante excelsitud y suntuosidad, está inclusive sobrada, para ser cobijo de dioses tan exigentes que lo fueren en demasía.


El chambelán de palacio salió a recibirles y salvo la escolta, que quedó alojada en el cercano pabellón de la guardia sin otra opción, los cuatro invitados fueron conducidos sin más demora a presencia del Maharajá. El comandante Pinturero, por descontado, no quiso acceder a la entrega de sus pistoletes y su fiel Pipermin, tampoco lo hizo con sus armas. Pero de todas maneras, a dos soldados por puerta y unos treinta aproximados en el salón del trono, la escaramuza era impensable.


Tras mil novecientos pasos de espléndidos corredores, de salas inimitables, de jardines increíbles, salones invalorables y estancias irrepetibles, llegaron a un colosal portalón de caoba afiligranada y allí, el gran chambelán, con cara pampirolada y haciendo alarde de su tan acostumbrado lameteo baboso, abrió el paso y dijo:


--- El gran misericordioso con los desvalidos, el bajá amante de las tradiciones y monarca incontestable de todas las virtudes, tendrá la benignidad de recibirles ahora. Que pasen pues los necesitados de su gracia y procuren ser sumisos.


Con semejante proclamación, pensaron nuestros amigos, lo más seguro es que nada de lo anunciado fuese cierto, o en todo caso, solamente el párrafo que hacía referencia a las apegadas tradiciones, pues obviamente, el tradicionalismo y el abolengo, son los puntales que sustentan la corona de todos los monarcas indeseables. Y con esa reflexión tan verosímil, penetraron en el salón.


Y en efecto, el soberano de Puntalabar, envuelto en sedas y brocados, turquesas y esmeraldas, perlas y topacios, zafiros y rubíes, ópalos y brillantes y además, rodeado de un enjambre de mujeres preciosas, les mira altivo desde su promontorio de cojines. Más en esto, la guarnición de elite y custodia sorprendida e inquieta al contemplar las armas al cinto de nuestros amigos, se adelanta convulsionada y debido tal, en cinco suspiros son desarmados por la fuerza. Inútil el forcejeo arrojado del capitán Pinturero y su oficial Pipermin y mucho más, con semejantes mastodontes. El Maharajá entonces más tranquilo y satisfecho, cansinamente dijo:


--- Mi primo su alteza Solim, puede acercarse a nos. ¿Qué tal vuestro padre, el viejo sultán?


El príncipe Solim se fue hacia el soberano practicando con humildad cinco reverencias y, al alcanzar con solicitud los tres metros de distancia, el adalid de la guardia levantó la mano con el arranque de un tenaz cancerbero, para indicarle que su aproximación al rajá había concluido y eso, por muy pariente que fuera. El emir levantó la rodilla del suelo y contestó:


--- Mercedes por vuestro apego majestad, que toda la ventura y gloria del gran Espíritu Imperecedero se cebe en vuestra estirpe.


--- ¿Quién viene con vos? No me agradan los extraños.


--- Gran señor, permitidme las presentaciones: la dama es la princesa Yaurína del reino de Cumbertán, el capitán Pinturero del galeón invencible Brisa Huracanada y su oficial Pipermin.


--- Que se acerque la joven, me gusta.


Dicho esto, el monarca con cara de aburrimiento mordisquea unas cerezas, el hueso, como es su proceder habitual lo escupe sobre las odaliscas más cercanas y ellas, después de limpiarse con una punta del velo y suspirar levemente con aconsejable prudencia, continúan recostadas o tendidas según su rutina y oficio.


Pero la princesa Yaurína muy al contrario que subordinarse, coge la mano de su amado y esconde su cuerpo tras él. Es una procacidad tan ofensiva, que atrae al instante toda la atención de los cortesanos y por eso, antes de que algún soldado intervenga inflexible para obligarla, Olerei-muzá intercede con vehemencia.


--- Gran majestad, la princesa Yaurína tiene mi palabra de ser reconocida conforme a su rango y jerarquía, os ruego vuestro pláceme.


--- Concedido, respetaremos de momento vuestra palabra, pero me gusta esa mujer y quizá me la quede. ¿Puedo ver ahora el extraordinario presente que fuisteis a buscar y que merece tan desmedida recompensa en plata?


La tensa situación creada como se comprende era bastante incómoda y por descontado, que debido a las palabras del rajá y a sus despóticos modales, no era de esperar que fuese a mejorar en absoluto. El capitán Pinturero, muy enojado por la parrafada insolente del soberano, contestó a la pregunta con la calma de un zangandullo:


--- Podréis verlo solamente, cuando las cien mil barras de plata estén apiladas a bordo de mi nave. ¿Os parece bien así?, so puerco depravado y chaparradudo.


El mutismo más denso se unió al estupor, como la moscarda azul a las heces. Tal fue el respingo, que a todos los presentes pareció que les dieran espuela al ventral. Nunca jamás, ni tono ni locución semejante se había pronunciado en el palacio negro y mucho menos, para tildar al rajá. Como es natural, incluso el señor Pipermin medroso tragó saliva como si fuera gargajo, pero nuestro comandante Pinturero, sin temor a nada, irguió la cabeza, cerró los puños y cruzó los brazos. Ni el más mínimo parpadeo y mucho menos temblor, pudo atestiguar nadie.


El rajá por descontado que reaccionó de un modo distinto: al envilecido soberano se le acentuaron las venas del pescuezo y su cara debido al acceso de ira se tornó de color azafranado. Solim, ya recuperado dé la impresión, comprendió al instante la necesidad de calmar los ánimos y con la celeridad requerida por el arriesgado incidente, se aproximó con prontitud al Maharajá para secretear al oído unas palabras con él. Apenas fue un minuto y milagrosamente, aquellos cuchicheos hicieron su efecto, el soberano que se había incorporado se sentó de nuevo y Solim, frotándose las manos, se acercó al Pinturero.


--- Señor comandante, si acaso gozabais de siete vidas, habéis consumido seis con vuestra última frase y lo lamento, ahora no recibiréis la recompensa.


--- No lo lamentéis, pues tampoco vos pondréis la mano sobre la mercadería.


El suspicaz príncipe Solim, en una pujanza de intranquilidad y temiéndose lo peor, arrebató el cofre de los moluscos al señor Pipermin y al momento, comprobó con la natural sorpresa que estaba completamente vacío. Los colores le subieron al rostro, como se aúpa la espuma agitada cerveza por el caño de la botella y perdiendo los estribos, gritó:


--- ¿Dónde están mis alevines? ¡Os juro que antes de ponerse el sol penderéis de una soga y sin extremidades!


El Pinturero le miró con el mismo desprecio e indiferencia que se mira a una cucaracha antes de despachurrarla y dijo:


--- Eso no importa mucho, pues al despuntar el alba y florear el viento, el Brisa Huracanada zarpará según mis ordenes con rumbo a Cumbertán. Su realizable misión, entregar esos bichos al rey Tarílabal, mi futuro suegro.


--- ¡Milicia, apresadles!


Y así, las picas y cimitarras de ocho soldados contornearon el cuerpo de nuestros amigos y, el rastrero oficial de la guardia, muy atento como siempre a los caprichos del rajá, aguardó con anhelo sanguinario el menor gesto que le permitiese cumplir la sentencia. Pero la orden no llegó, pues al parecer, el cofre con los moluscos era excesivamente importante.


--- Grilletes y colleraspara los prisioneros.


Cuanto más precioso sea un palacio, más horrendas serán sus mazmorras. Y no lo decimos solamente por el ornamento, nos referimos como es lógico al refinamiento encarnizado en todos los aspectos de la tortura. Una lacónica mirada a los elementos y utensilios de lacerar y los suspendidos en la ingle, se acartonan y brincan subiendo timoratos hasta el gañote. Aunque por esta vez, sí todo acontecía como era de esperar, nuestros protagonistas salvarían el amenazado pellejo gracias a una genial estrategia del Pinturero.


En breve plazo, las posaderas de nuestros amigos incluidas las bien formadas nalgas de la princesa, fueron a reposar en los húmedos y nauseabundos empedrados de los calabozos. Entre pajas y mugre y vecinos de toda condición, pero más inocentes que culpables, quedan a la espera de la eventualidad.


Una hora más tarde, acompañado por cuatro verdugos de catadura infame-rufianesca y diez soldados, Solim Olerei-muzá, con la lividez y sudadera de un marino adolecido de escorbuto, descendió hasta la trápana y allí, con la impávida amenaza de torturar a la princesa Yaurína hasta morir, el vil emir, consiguió su propósito de acomodarse un arreglo. El capitán Pinturero, fingiendo conformidad sin reservas asintió:


--- Está bien, os devolveré vuestros mejillones a cambio de dos únicas e innegociables condiciones.


--- Sea, mostrad vuestros naipes.


--- La primera y principal que se ponga a la princesa Yaurína y a todos mis hombres a salvo en mi nave. Y la segunda, pues de otra manera sería difícil conseguir los moluscos, la mitad de la plata comprometida por vos y en calidad de recompensa para mi tripulación.


Se hizo un silencio grumoso tras la propuesta, que el emir aprovechó cautelosamente para poder establecer las ventajas e inconvenientes del trueque y al cabo contestó:


--- Veo que no incluís en el trato a vuestra persona, ¿por alguna razón concreta?


--- Es de suponer, que vuestro real primo pasará por cualquier mascadura menos por la de liberarme.


Solim sonríe por la atinada respuesta del Pinturero y dice:


--- Por la amorfia de un chepudo que estáis en lo cierto, vuestro alcance siempre me sorprende.


--- Gracias, vos sois de meollo más zarramplín.


--- Desconozco el significado tal aserción y suponiendo que no será una lisonja, de todas maneras capitán, mis respetuosos parabienes por tan elevada gesta, moriréis con gloria Pinturero.


--- Pensadlo bien emir, espero impaciente una respuesta.


No obstante Solim, necesitó más de dos horas y todas sus dotes persuasivas, para inducir al soberano a que accediese a las pretensiones del Pinturero y, es bastante lógico, pues el monarca al igual que sus predecesores avarientos, no soltaba prenda ni peculio bajo ninguna porfía. El emir lo consiguió por fin, cuando al sañudo rajá se le saltaron las babas de regodeo, saboreando mentalmente el bestial sacrificio reservado para desquitarse de los oprobios recibidos y, solamente por esa causa, accedió.


Convencer a la princesa para que abandonase a su reciente y gran amor, fue sin duda tarea muy apurada, no obstante eso, a tranca barranca y un pequeño secretillo, se consiguió.


Tras la emotiva despedida, el señor Pipermin y la atribulada dama, más la tropa de noventa y las cuatro carretas de plata, se dirigieron al espigón escoltados por doscientos soldados del rajá. Algo más tarde y a medio trayecto entre el Brisa Huracanada y el malecón, el adalid de los soldados cumpliendo su serio cometido, recibió el cofre con los mejillones y nuestros amigos en la misma ceremonia y al cambio pactado, la gabarra a rebosar de lingotes.


De regreso al palacio la tropa, el jefe de la misma entregó el cofre al emir y Solim complacido, lo recibió con alivio. Al rato y sin poderse reprimir, descendió de nuevo a las mazmorras para mofarse del Pinturero.


--- Habéis perdido señor capitán, ahora no disfrutaréis de la plata y tampoco de la dama y por si fuera poco, mi primo os desea muerto mañana al amanecer.


--- ¿Puedo saber de qué manera seré ajusticiado?


Olerei-muzá, sonrió malicioso, se atusó la ridícula perilla y tras forzar un eructo de ultraje, sentenció:


--- Tengo entendido que vuestro dilatado suplicio tendrá una primera parte para gritar, una segunda para bramar y una tercera para verraquear. La cuarta ya la podéis adivinar.


El Pinturero se aproximó a los barrotes y con cara irónica miró fijamente a su oponente diciendo:


--- Vuestro primo es solamente un regio mentecato, pero es que vos, aparte de un fantoche, sois un iluso de la peor especie.


--- Podéis insultar cuanto os plazca, pero el aliento que os resta es escaso. Despotricad pues, ya estáis muerto.


Nuestro paladín soltó una carcajada y miró a Solim con infinita conmiseración y tanto así, que el emir intranquilo pregunto:


--- ¿A qué se debe vuestro buen humor capitán?


--- Lo promueve vuestra estupidez Solim. ¿Pensáis en verdad que ya estoy vencido?


--- No veo de cerca otra alternativa, pero si tenéis razones para fantasear lo contrario, manifestaos y reiré con vos.


--- Sea pues majadero y escuchadme bien: los mejillones que contiene ese cofre no son los que vos creéis, pues mientras nos cargabais de grilletes, mi maestre de derrota el señor Laraña y cumpliendo mis órdenes a rajatabla los ha sustituido por otros de esta misma costa.


--- Estáis mintiendo.


--- Abrid los ojos, porque el capitán Pinturero nunca miente. Además, siempre sospeché de vuestras oscuras intenciones y me propuse salvaguardar mi libertad.


Olerei-muzá, se dio cuenta al instante, pues no había reparado en ello, que efectivamente el tamaño de los bichos era algo mayor y diferente de los originales y naturalmente, montó en corajina. Otra vez el taimado Pinturero le había embaucado y ahora sin dudarlo, debido al precio pagado, el maharajá tomaría represalias contra su persona por incauto. Mal asunto desde luego, pero dejemos por el momento la incertidumbre y miedo del emir y mudemos de escenario.



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A todo esto y con los primeros resplandores de la alborada, la tajamar del Bichero penetra en aguas del golfo de la Espina con ventajoso andar, pues durante la noche, los ronquidos del Bocapuerca midieron su reciedumbre con el rechinamiento del maderamen. Una ventosa noche, que redujo manifiestamente las millas distancia y tal factor, sin acoplar de necesidad paño largo a los aparejos y tanto fue así, que rebasaron Amayute sin fondeo de dilación. Aunque no todo es provecho, porque el navío amenaza seriamente embarrancar, pues acorde al racheado de barlovento, la proximidad de unos columbretes y la imprevisión chapucera de no cantar el escandallo, la carena del galeón estaba calando mucho y el peligro de enarenarse de quilla, era real. El capitán Pinturero como bien sabemos, ya pasó por esas ondulaciones del fondo marino con más precaución y necesaria maña.


--- ¡Atenta la nave! ¡Luces de tierra a estribor!


El vigía de la cofa del trinquete, avistaba la pequeña población ribereña de Levén, ingreso del golfo de la Espina por el oeste, y abrevadero de las caravanas que atraviesan el penoso desierto de Mayara. Puntalabar y el Brisa Huracanada, aún no se distinguen.


El Sanguijuela fue el primero en saltar de su camastro a la voz del vigía, pero antes de que se limpiara las legañas verdes de su ojo infectado con la manga del jubón, tal y como era su costumbre el muy verrón, la nave como decíamos antes, da plena de médula con una duna prolongada del fondo y así, con el brioso empuje de la singladura a trapo entero, arremete de quilla en el arenal y a consecuencia de tan empinado planeo, se aúpa de proa veinte pulgadas fuera de su flotación. Como es natural y muy a pesar de que el médano marino es ceñido de solamente quince codos, toda la dotación y los bártulos, más utensilios y cachivaches que no están bien ensogados o clavados de natural sensatez, se precipitan en volandas hacia los mamparos a furia trompicar. El adormecido Bocapuerca no se salva desde luego y es por eso, que pierde tres incisivos en el brutal topetazo y con los morros ensangrentados y la sesera hecha un lío, al llegar a cubierta brama:


--- ¡Sanguijuela, la sondaleza!


A buena hora el bambarria del capitán ordena la plomada. Pero el lugarteniente Sanguijuela, que no puede escucharle, pues se encuentra aplanado bajo el jergón de su catre como una rana, tampoco puede decirse que haya salido bien parado de la jugada, ya que se ha golpeado el ojo que aún conservaba bueno con el asidero de la churreteada escupidera, que como estaba llena a rebosar y le ha salpicado a colmar, lo mantiene en este momento bien empapado de babas: aunque quizá y dudando, le sirva ese ungüento expectorado y viscoso para sanear el ojo malo.


Pero el Bichero por fortuna no ha pillado arrecife ni farallón y gracias a esa chiripa monumental, mantiene los largueros de la carena sin perforación. Pero indudablemente y es bastante poco, dos de las caras a banda y banda entre las cinco cuadernas más adelantadas, sufren el indulgente clavado con las tablas muy cimbreadas. Y eso así seguirá, mientras que el galeón se mantenga arbolado en candela y no decante de lado, pues de acontecer la presumible zozobra, lo más simple y desastroso que viene entonces es el crujir y reventar de panza.


En las cuatro cubiertas el desorden es descomunal, no hay tripulante que permanezca en su yacija o hamaca a consecuencia del imprevisto empotrado y, en todos los camarotes, pañoles y pañoletes, cabinas o compartimentos, la desparramada tapiza de objetos el entablado. Pero bien, dejemos por ahora las tripas del Bichero y subamos al puente de popa, pues desde allí, el recién desdentado capitán Bocapuerca está gobernando a todo apremio, lo que a consecuencia del viento que sigue arreciando hay que mandar:


--- ¡Cerrad el paño bergantes! ¡Soltad los ferros de proa y a la popa de babor, fijad la Esperanza!


Una maniobra muy prudente, pues mientras sople desmedido de barlovento sin amainar, los aparejos empujan con poderío el navío avante en la duna tarascar y, en cuanto a encumbrar el ancla de la Esperanza desde el postrero pañol, no es tarea de un rato ni campechana, pero en situación tan comprometida es imprescindible.


- ¡Sanguijuela!!! ¡Por el corazón podrido de tu padre desconocido, canta ya los daños!


--- ¡No hay brecha ni foramen, el Bichero aguanta!


Pues sí, el Bichero va soportando de momento, pero aunque siga firme y bien equilibrado, desatascarlo del fondo marino con todo el pertrecho que acarrea será otro cantar. A lo mejor la marea oportuna de plenilunio lo consiga o puede que no, en todo caso, necesitará un buen tirón de flanco por el codaste de popa y tal empeño, solamente puede hacerse desde otro bajel con mucho trapo, o bien apurando, con una cuadrilla de pesca.


--- Por las entrañas putrefactas del bárbaro virulento que no hay perdón para el responsable. ¿Quién ha sido el andrajo?


El causante del desaguisado no era otro, que mirándose a un espejo no encontrase el Bocapuerca; o bien el Sanguijuela, que tras el incompetente y borrachín comandante tenía a su cargo el gobierno de la nave. Pero no era la primera vez ni sería la última de las veces, que se diera plancha al agua a un inocente en el Bichero, así que, media hora más tarde y con las manos amarradas a la espalda, desollada a cruces por un vergajo, un tripulante que en muchas ocasiones mereció en justicia morir, moría hoy sin merecerlo. La chusma pirata se compenetra bien en el desenfreno y la impudicia, pero se desentiende del colega en la tribulación y con esto, nada nuevo, así que sigamos.


El Bocapuerca hizo a la mar las tres chalupas que portaba y con los más encarnizados de la tripulación, desembarcó en la escollera de Levén. Ni que decir tiene, que no se comportó en ningún momento como el capitán Pinturero en Amayute, pues apenas seis horas en tierra que duró la incursión, y regresó al Bichero con diez canaballas de pesca, un carcamán de cincuenta codos de eslora aparejado con trinquete y cangreja, doscientas yardas de maromas y cabos, quince toneles de ron, tasajo de camello, trigo molido, queso de cabra y un montón de objetos ornamentales, que muy poco valor tenían. A la población de Levén, era muy difícil que les saquearan la plata, que no por mucha disponer, tampoco para engolfar piratas la guardaban. Pero el Bocapuerca eso sí, consiguió lo que pretendía y solamente, a cambio de doce hombres y trece mosquetes perdidos. Naturalmente, lo más importante se había logrado, y era la pequeña flotilla de pesca sustraída en el puerto.


Una y otra vez, aprovechando el viento corriente de favor y con la rapacería sustraída a golpe de charamusca y sablazo, el Bocapuerca intenta desencallar el navío. Las maromas tensan a desmigajar por el poderío del arrastre que mantienen y de tal manera, la jornada transcurre infructuosa. Pero quizá sea la disposición de la flotilla y no su capacidad de remolque lo infecundo de la maniobra, seguramente, el Bichero perderá su clavado cuando el mismo empeño sea ejecutado a contraviento, pues deslizar el bajel a curso de botadura, es mucho más sencillo que remover la duna de costado. Es bien patente, que ni el Bocapuerca ni su segundo el Sanguijuela, tienen la más mínima aptitud para una labor de tal magnitud y claro, como tampoco disponen de un experto confrontador de carga, como sin ir más lejos tiene el Pinturero, pues a sufrir les toca. Y hablando del Pinturero, regresemos a Puntalabar.



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Solim, no ha conseguido la autorización del rajá y por tanto, no puede dejar en libertad a nuestro héroe a fin de recuperar los auténticos mejillones. El vil Soberano nunca atiende a razones que le refrenen de una venganza y la afrenta protagonizada por los improperios del Pinturero, desborda con superación cualquier límite de vejación imaginable. El emir explica:


--- Señor comandante, vuestra vida no es negociable, mi primo está muy afectado y su cólera no tiene compostura ni precio.


--- ¿Os referís a canjearla por unos ridículos mejillones?


--- Exactamente, a eso me refiero.


--- ¿Y vos Solim, los canjearíais por la enemistad con vuestro real primo? Pues ya no podéis negar, la enorme estima que les tenéis a esos bichos.


Olerei-muzá miró entonces a nuestro Pinturero, como se mira a las hechiceras cuando te dan a beber una pócima sospechosa y de esa lógica prevención, preguntó receloso:


--- ¿Qué queréis decir? ¿Es otra de vuestras bribonadas?


--- Vamos Solim, afinad el ingenio. ¿Qué importa un Pinturero más o menos a cambio de unos insustituibles moluscos?


El torpe emir lo había comprendido ahora, no deseaba ni tan siquiera pensarlo, pero tampoco dejar de hacerlo. La insinuada proposición del capitán, tenía la amenaza de una púa envenenada, pero por otra parte, esa posibilidad de rescatar los mejillones era en demasía tentadora. Así se debatió durante un buen rato el perezoso cacumen de Solim, incitado con habilidad a intervalos por el Pinturero, hasta que por fin, acercándose más a los barrotes y bajando la voz concretó:


--- Pero si traiciono a mi primo nunca podré regresar a Puntalabar y es por descontado, que tampoco puedo fiarme de vos.


El Pinturero hizo lo propio y se aproximó al escamado emir, diciendo:


--- De mí os podéis fiar, no os guardo rencor a expensas de lo reciente. Tenéis mi palabra de honor más resoluta y en prenda de tal, ahí va mano.


Aquilatar las rotundas palabras del Pinturero, no era tarea complicada, pues el carácter honorable del comandante le impedía faltar a ellas; lo difícil consistía, en la peligrosa determinación de traicionar al Maharajá. Solim precavido, se trasteaba una y otra vez el cerebro en busca de una respuesta favorable sin poder conseguirlo, y nuestro héroe, comprendiendo perfectamente el titubeo del emir terció:


--- Adivino vuestras cuitas, pero si me dejáis trazar un plan os apartaré de la autoría. Vuestro real primo nunca sabrá que fuisteis cómplice. ¿Os parece bien?


Ambos convinieron y nuestro Pinturero sin pensarlo, solicitó del emir: pluma, tinta, pergamino y un cuchillo. A medianoche Solim, salía del palacio negro embozado en capa de correría y la mentecata engañifa, de visitar una mancebía del puerto, como sí no se hallasen odaliscas dispuestas para satisfacer a los invitados en el abarrotado harén. Aun así, la guardia de puertas no puso impedimento y todo se desarrolló de acuerdo con la estrategia maquinada y la nota manuscrita del capitán, llegó a las manos del señor Pipermin. Pero el torpe emir cometió el gran error, de retribuir con dos monedas a un chalupero del muelle para que entregar la misiva, en vez de remar él mismo hasta el Brisa Huracanada, y esto hubiese sido un gran desastre para la empresa, sí no fuera por la astucia del maestre de bitácora, que una vez hubo leído el pergamino con toda atención, decretó el apresamiento y custodia del mensajero.


A las dos en punto de la madrugada, cantadas por cuatro retenes de las almenas, el Pinturero conseguía amedrentar al rudo carcelero con la punta del cuchillo en su garganta y poco después, todas las celdas perdían sus moradores. En poco tiempo, los presidiarios capitaneados por nuestro héroe y pertrechados con toda suerte de objetos, llegaron silenciosos por los diferentes corredores al cuartelillo de sótanos y, una vez allí, los catorce soldados de guardia, que a las cartas distraían la rutinaria velada, fueron al punto desarmados y enmudecidos a perpetuidad. El Pinturero terció para evitar el linchamiento, pero el odio acumulado pudo más.


En ese mismo momento, cien infantes bien escogidos del Brisa Huracanada y muy granados para las incursiones en tierra, se reparten como sombras mojadas por el litoral, destacados al difícil cometido, de volcar las piezas de artillería costera o bien de otro modo, taponar sus boqueras con cieno y rastrojo. A la vez, siete chalupas con ciento treinta remeros, aproximan a pie de escollera remolcando sigilosamente el navío. La maniobra de aproximación se corona a las cuatro de la madrugada y es para entonces, que el Pinturero se encuentra en el patio de ejecuciones del palacio sin ser aún descubierto.


Mientras la princesa aprieta contra su pecho la nota de su amado con angustia, los sesenta honderos impregnan de aceite sus ovillos proyectiles, para dar llama aérea al enemigo. A las cinco más o menos de acuerdo con el plan, los esforzados remeros sueltos ya de amarras con el barco, hacen fuego nutrido de mosquete a los soldados que custodian el puerto y con el enorme privilegio de la sorpresa, comienza el imponente asalto.


El murallón de amarre del pequeño atracadero no dispone de profundidad suficiente para dar plancha a tierra y el Brisa Huracanada, de modo a tal, fondea a sesenta metros de distancia. Pero las chalupas bien servidas por los recios remeros, redoblan su braceo de ida y vuelta y desembarcan la tropa en oleadas de a cien. Los temibles honderos pisan el terreno, cuando los pavimentos portuarios ostentan los regueros sangrantes de los muertos y las salpicaduras de los heridos y, sin conformidad de ninguna orden, las hondas silban en su endiablada rotación y desparraman fuego vivo sobre las embarcaciones amarradas, los barracones de pesca y los tingladillos de carga. Tras ellos a talón, los falconeteros y servidores, más el resto de la guerrilla en pelotones de a treinta, toman camino por las desiertas callejuelas en dirección al palacio, asegurando el trayecto de regreso al puerto, con reserva de a cuatro picas y cuatro mosquetes por esquina. Increíble es para nadie, que el Maharajá disponga de un ejército tan numeroso y aterrador como se esperaba, pues las primeras escaramuzas dan fe de lo contrario.


El capitán Pinturero mientras tanto, sigue agazapado con sus voluntarios en la fuga y a la espera de acontecimientos, que por cierto, no se hacen esperar, pues en el navío:


--- ¡Señor condestable, fuego de rociada!


--- ¡A la orden señor Pipermin, artilleros y ordenanzas, fuego a toda madre!


El chasquido mortecino de la mosquetería, nada tiene que ver con el descomunal estruendo de los cañones, pues la ciudad toda se despierta convulsionada y debido tal, sus habitantes de paz, esconden su pánico tras los portones. Las granadas chiflan ahora por encima de las blancas y achaparradas viviendas de guijarros y adobe y sin fallo, se estrellan a reventar en las murallas de palacio. Doce piquetes de cuartel, algo así como sesenta lanceros de caballería, que en ese instante se apresuran en la plazuela de cuadras ensillando a los caballos, son sorprendidos en su tarea por el estrépito de los impactos y naturalmente, las monturas caracoleando se encabritan dificultando su cometido. Pero inútil tarea, la caballería no resulta operativa contra los cañones emplazados en un barco y si bien un soldado sin corcel, se convierte en un infante de a pie, muy poco tino le resta, pues desconoce las tácticas de la infantería.


El primer destacamento de la guardia palaciega pertrechado a toda prisa, sale en formación cerrada por la puerta principal de blasones a fin de dar frente y a la contingencia. Tres columnas al mando de capitanes, blanden en pantalla los broqueles bien aleados y con ello, evitan en su cuerpo sin cota o armadura los perdigonazos, pero nada pueden hacer contra las granadas y siendo el fuego tan graneado, no tienen otro remedio que guarecerse de nuevo tras la muralla. Nunca pudo imaginar el Maharajá, que fueran tan esenciales las baterías de plaza, opinión ésta muy contraria a la de sus generales, que porfiaron una y otra vez en deprecación de las mismas.


El pinturero ha despertado de su forzoso letargo y en un audaz golpe de mano, consigue neutralizar la disminuida tropa que custodia la puerta sur; tres reos, que aún conservan la vitalidad suficiente, suben a la almenada por la escalera de rondas y accionan jalando la polea del rastrillo, poco después, los noventa convictos y nuestro osado comandante, salen fuera del ámbito amurallado y cada quién, rumbea a su albedrío en completa desbandada; menos nuestro Pinturero como es natural, que contorneando el muro sur con precaución, hace contacto con sus hombres.


El maestre artillero en ese preciso momento, preocupado y con razón por la indemnidad de su gente tan próxima a las murallas, comunica su temor al maestre de bitácora y éste, sin más que añadir, da por finalizado el cañoneo. Pero innecesaria prevención, pues el Pinturero ha ordenado el repliegue y baja la pendiente callejera con rapidez.


Mientras tanto, la guarnición de palacio, engrosada de continuo por nutridos pelotones que llegan de las unidades acantonadas en diferentes puntos de la ciudad, se agrupa ahora en compactos batallones, para acometer la contienda sin trance de descalabro, pues no en vano y lo tan aparatoso de la inesperada incursión, les hace pensar en una fuerza enemiga veinte veces superior. Esto les supone un buen margen a nuestros esforzados marineros, para poner tierra y a ser posible agua de por medio.


Recorriendo el litoral y gobernando con orgullo su reparada balandra, se encuentra en estos instantes el capitán Bolabarda. El señor Pipermin, a buen pensar, le ha encargado la misión de ir recogiendo a la gente que destacó para abrogar los cañones. Uno a uno, la partida embarca en la balandra y es trasladada al navío, todas las chimeneas de la costa salvo dos, hoy no calentarán.


Cuando el comandante llega con sus hombres al malecón, los tingladillos y barracones pasados a fuego son inmensa pira y aquello que remando pudiera haberles seguido ya es claramente ceniza. En todas las callejuelas convergentes a la plaza portuaria, la dotación del Brisa Huracanada asoma en apresurada reculada y viendo que la distancia entre ellos y los soldados del rajá es bastante considerable, opta por completar el retroceso y embarca prestamente en las chalupas a turno de arribada. Solim Olerei-muzá, ya se encuentra a bordo.


En el palacio negro, el profundo malestar del soberano hace que se desgañite increpando a sus consejeros y dignatarios, no conoce aún el alcance del aparatoso combate y su desasosiego enfermizo, deambula por su intestino y vejiga con tendencia a ir bajando.


Todo el grueso del ejército estacionado en Batana, periferia de la capital y granero del país, ya pica de espuela al galope desenfrenado y en cáfila tupida se acerca a Puntalabar. Todavía tardará quince o veinte minutos, pero naturalmente, que en cuanto llegue a la ciudad, mejor será para el Pinturero haber zarpado, pues la legión entera de seis mil, cuenta en sus filas con la mitad de caballería. Tampoco se debería calcular muy escasa la defensa de la plaza, pero engolfada o dispersa, o bien resguardada en el recinto amurallado, apenas dio resistencia y quebranto a los hombres del Pinturero.


En lo que retrasaron las avanzadillas del ejército en llegar, nuestro héroe estrechaba ya en sus brazos a la princesa y ella, arrebatada de vehemencia, se colgaba de su cuello a flaquear. El viento a la sazón leve, no henchía los aparejos como el trance y la premura requerían, no obstante, poco a poco, apartaba del peligro al Brisa Huracanada y a sus bravos tripulantes, que, por experta precaución, aún no osaban cantar victoria.


--- Pipermin, la orla fijada en derechura al estrecho de la Andanada.


--- A la orden capitán.


Dos únicos cañonazos desde tierra, que no hicieron blanco en la nave, dieron el punto y remate a la escaramuza y a la noche. Consumada por tanto la apurada visita a Puntalabar, el Brisa Huracanada es puesto en manejo para la nueva singladura y en ese mismo instante, con el lógico estupor, en el palacio negro el Maharajá, recibe el mensaje que el señor Laraña dio al chalupero antes de zarpar.



El emir Solim Olerei-muzá, vuestro real
primo, es desde ahora nuestro prisionero.
Saludos del capitán Pinturero, so puerco
retardado y fachendón. Que Barajalá os
colme de paciencia, decrépito malnacido.



El intransigente soberano necesitó los servicios de un galeno para sobreponerse a la crisis nerviosa tras la lectura y fue poco, pues el desgarro de perder cincuenta mil barras de plata en cualquier otra ocasión más inesperada y menos iracunda, le habría supuesto un síncope de mortaja.

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Última edición por marquimar; 14-Dec-2012 a las 07:15
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Mientras el Pinturero va creciendo en latitud y sin saberlo, dando quilla a un nuevo riesgo, el Bocapuerca sigue en la tarea de redimir al Bichero. Aunque esta vez, a falta de la necesaria pericia, recala en su favor la caprichosa fortuna.


--- Sanguijuela, más carne a las chalupas.


--- ¡Cagarros de la reserva, a las falúas a remar!


Al punto y sin discusión, treinta hombres saltaron al agua espoleados por el látigo zocato del corpulento lugarteniente y, braceando con tacaña desgana, abordaron las chalupas de arrastre para robustecer la bogada. De tal forma así, que con el último flujo de la marea, que fue acompañado de un tirón de cola y coincidió a su vez con una ventolera de contraviento, la quilla del Bichero fuga de su clavado y con un tenue crepitar de panza, remansa su casco en fondo suficiente. La nave ya está fuera de la duna y el cochino Bocapuerca inflamado de refocilo, añade a su arrebato una caneca de ron bien escanciada, que vierte a golpe desatinado como hiciere un inmundo limosnero, la mitad en su bocaza desdentada y el resto en su mugrienta pechera.


Dos horas más tarde y gracias a una neblina inoportuna, el Bichero y el Brisa Huracanada se avecinan el uno al otro de proa sin avistarse, pero antes de llegar a la misma altura, el viento recupera el soplo y la neblina fenece. Solamente y despejar, el vigía de la cofa del Brisa Huracanada canta:


--- ¡Atenta la nave, trapo a milla por estribor!


No hay manera, a nuestro Pinturero no le dejan dedicarse a la dulce tarea de aplacar el deseo de la princesa y ella, necesitada de satisfacciones carnales como cualquier plebeya, empieza a no gustarle la vida en el mar.


--- ¿Otra vez me abandonáis? ¿Es que no tenéis nunca tiempo para mí?


--- Comprendedlo amada mía, un capitán es un capitán y la bizarría en un pirata, siempre se antepone al galanteo.


A una princesa enamorada y ansiosa por mucha paciencia que su talante le otorgue, no le vengas nunca con frases pomposas ni conductas esquivas, pues la costumbre de imponer su personal criterio en toda ocasión, le dicta también ahora la controversia:


--- Más bizarría en el hombre desea la mujer en el lecho que en la contienda. Reflexionad vos.


--- Esta bien señora mía, os prometo un pronto regreso a vuestros brazos, pero por el momento, vuestra seguridad es más importante que vuestra excitación. Reflexionad vos también.


Esta fue la primera pelea de los dos enamorados y por lo tanto de escasa hostilidad; pero al parecer en cuestión de amoríos, las diputas son parte imprescindible de la dicha. No obstante eso, al Pinturero le afectó más que a la bella princesa, pues ella, como hace cualquier ser humano al que nada le cuelga en la ingle, se lo tomó con sabia filosofía. Llegado entonces al puente de mando algo enfurruñado nuestro comandante, pregunto:


--- ¿Qué vela es esa señor Pipermin?


--- Aún no lo sé capitán. Aunque juraría por la escarcha de un carámbano que puede ser el Bichero.


--- ¿El Bocapuerca tan al sur? Sí así fuera no viene a brindar.


Y por descontado que no, pues descubierto también por el Sanguijuela el albo aparejo del Brisa Huracanada, la maniobra de carga de combate ha comenzado en el Bichero. Y como era de esperar, el miserable y contumaz beodo, cargado de ron como un odre y de odio como un fanático, ordena, lo que ningún comandante de galeón en su sano juicio debe ordenar:


--- ¡Sanguijuela, ceñir a toca paño con rumbo de colisión!


--- Puro desvarío capitán, si ceñimos a rabiar con este racheado, recibiremos contraguiñadas de gobernalle y muy posiblemente algún bandazo que nos descubra quilla.


--- Ya lo has oído, quiero obligar a ese bastardo de Pinturero a que acepte el combate.


--- Patochada pienso yo, pues nos rebasa por la línea de popa y virar a doble escuadra no aportará mucha ventaja.


--- ¡He dicho que se haga, engendro de mastuerzo!


No hay más que hablar, el Bichero descuelga el trapo entero y recibe con inusitada pujanza por estribor. La barra del timón al canto hasta el pomo y aferrada por cuatro enrolados a reventarse, se resiste a la violenta maniobra con guiñada continua y flamear de pala. Las vergas mayores tensan atestadas y desnivelan el navío con peligro de costalada y las velas, abarrotadas o vacías según la racha y el cambio de orientación, castigan los maderos con gualdrapazos a desenvelejar. El maderamen cruje y gruñe cimbreando tabla y el cabeceo exagerado corona de espuma la proa del Bichero. Si tal maniobra hiciere un galeón de brigadier en análoga circunstancia, a su comandante le ahorcaban de la gavia mayor o bien le chaveteaban al pilote con estaquillas, pues encaminar a zozobra a la dotación a pleno desgobierno con tanto riesgo y sin beneficio, es fomentar un salvaje amotinamiento y cosecha insensata de un demente.


Mientras tanto en el Brisa huracanada, el ojo del Pinturero observa la maniobra de su antagonista y sin dar crédito a lo que ve, exclama:


--- ¡Por los dioses de la trifulca que ese trapaza de Bocapuerca no está en sus cabales! ¡Mirad Pipermin!


--- ¡Fuegos de san Telmo, campanea como un esquilón!


En el pilotaje de singladura se cometen muchos desaciertos y de ello dan fe, multitud de podridos costillares durmientes en la hondura, pero sin dudarlo, el capitán Bocapuerca es de los que alistonan más alto su incapacidad. El Bichero naturalmente, cantonea a cuatro bandas como un leño en una torrentera y, sí acaso consigue completar el atropellado giro, como dictamina el acertado Sanguijuela, la distancia entre los dos bajeles poco habrá menguado. Pero ya se sabe, todo aquello que arreglo en la mente de alguien ya no tenga, no intentes ponerle remedio, pues tiempo extraviado es, por lo tanto sigamos.


En el Brisa Huracanada la dotación se hace cruces por la maniobra del Bichero, o simplemente, apuesta su soldada a los minutos que tardará en crujir la Fundamental; naturalmente, que para cascar la cuaderna maestra se necesita una racha de extremado empuje y casi con seguridad antes pierde el navío la vertical, pero desde luego, rozando la calamidad se encuentra.


--- Por el escapulario del beato más frailero, que a ese cacho burro y animal de Bocapuerca, merece que le cordeen a la boca del cañón, o que le azoten con la tabla erizada de cardar linos. ¡Pedazo de bestia!


--- Es muy cierto señor, los tablones cosederos estarán desacoplando y las varengas dislocando. Con certitud que zozobra.


Pero en ésta coyuntura el señor Pipermin yerra y el Bichero, completa el disparatado giro con daños flacos y sin naufragar. Claro está, que retorcer a combadura hasta el último tablón, no aportará desarrollo normal a la derrota pretendida del navío y sí por descontado, enorme cantidad de contrariedades para los carpinteros, que en caso de no tomar buen dominio a la vasta tarea, el bajel requerirá forzoso carenar en firme. De momento, cegar las vías y entorchar o clavar las desuniones ya supone ajetreo, y ya no digamos, igualar las drizas, templar los obenques, revisar toda la cabuyería, ensogar al refuerzo los masteleros y tensar de nuevo los faluchos, casi nada. Pero todo esto al Bocapuerca le tiene al pairo, pues su empecinamiento es ciego.


--- ¡Sanguijuela, gente a la arboladura, tenemos que alcanzarle!


Atropellarle las espumas contra venteando al Brisa Huracanada, es como abotonar una sotana sin ojaladura, absurdo pretenderlo. Y no busque nadie la explicación en el prodigio, pues es solamente, la pericia marinera de un experto comandante, unida a la destreza de su tripulación. Aunque claro, hablamos ahora de navíos de línea, que en absoluto de bergantines u otros bajeles de fondos planos, crecido aparejo y hasta dos cubiertas, pues esos, más que tajar olas planean.


Tres horas de seguimiento y el Bichero ya muy rezagado se da por vencido. Surcar de bolina, a consecuencia del ventarrón recio y racheado a la contra, es tarea de baqueteados y sobrios nautas, no de temulentos capitanes y marinería holgazana. Así pues, la jornada toca a su fin con desigual providencia para el perseguido y su perseguidor: mientras el Pinturero, hace rato que descansa tranquilo junto a su amada en el lecho con dosel, única pieza de lujo en su camareta y capricho de un saqueo, el Bocapuerca, ahíto de ron a desbaratarse, duerme la borrachera mojado y rebozado en el emplasto pegajoso de su vomitera.


La noche adelanta en pos de la alborada y el señor Laraña, muy sereno, sigue atento al gobierno palmeando la barandilla. Piensa en la peligrosa singladura soportada y se maravilla de que tal temporal no rindiese algún palo, porque con el velamen plenamente mareado y el paño de sobrar, la palazón de la nave sufre el venteo con el único apoyo de su encastadura. Una vez, el maestre de derrota enrolado en navío de cabotaje y en similar situación, contempló con espanto el desplome de la arboladura y de que forma, el viento, se llevó consigo la canastilla de proa como si fuera un toldo de caña y bejuco, que mal lo pasó. Pero nada ya que temer, por esta vez se ha evaporado el peligro y la próxima maniobra, una vez el viento sea manso, será aferrar el paño más largo y capear reposadamente a trapo de pañuelo, o eso por lo menos, mientras el Bichero de cuartel y no asome su cresta en la lejanía, pues el Brisa Huracanada sin excusa, está obligado al acopio de pólvora y munición antes de enzarzarse en nueva trifulca.


Y mientras transcurre la noche y la proximidad del estrecho de la Andanada se acentúa, en la islas Pecas y, concretamente en una porquera de tugurio de la isla Cañavera, los conjurados se compinchan para capturar al Pinturero. De nuevo, la gran fatalidad se ha cebado en nuestro héroe, pues la noticia del misterioso cofre que llegó a sus manos a la par que un excepcional tesoro, ya es conocida por toda la gentuza del puerto. Los cuatro comandantes vencedores del Sobreviento, entre el humear denso del tabaco a picadura troncho, el zumillo espiritoso de ciruela macerada y la compaña de un tufillo a podredumbre, se apretujan en ahogado aposento poluto y entelarañado, donde apenumbra sus rostros la luz mortecina de un candil y allí, traman su infamia.


El capitán Legaña sigue insistiendo en no vender las aletas del tiburón antes de pescarlo y dice repitiéndose como un papagayo:


--- Prender al Pinturero no es cómodo empeño colegas, no es cómodo, nada cómodo, pero nada cómodo.


--- Sumamos luenga ventaja en hueste y cañones, no creo que sea tan difícil. ¿No pensáis lo mismo Mostacilla?


--- No sé que decir. Es cierto que disponemos de un fantástico galeón, como es el Sobreviento, pero ninguno de nosotros sabe gobernarlo. No me agrada en demasía la pendencia.


--- No hay botín sin riesgo, con la Pezonera, el Tirabuzón y la Salamandra podemos hacerlo, el Cangrejo Pingo así sucumbió.


--- Pero el Pinturero es un gallo con más espolones y además, el Brisa Huracanada eriza atestado de cañones a dos bandas. La celada debe ser en tierra, ya lo dije antes.


--- Eso es muy certero Tiritaña, si te acercas al Brisa Huracanada con la codicia de pugnar a cañonería, puedes emigrar con más boquetes que un cedazo.


Como bien parece, los piratas quizá sean lerdos de intelecto, pero no son estúpidos. Y así, la maquinación que comenzó a las diez, sigue todavía a las cinco hora de un provechoso madrugar y se prolongará: quién lo sabe.


El Pinturero mientras tanto, que se acostare pronto, también con prontitud se levantare y, con sigilo escrupuloso para evitar despertar a su hermosa princesa, se embutió en la camisola de yacer, pues era él, de costumbre dormir a completo desnudo y con una vela, puso la vista a repasar sus mapas. Al capitán le gustaba llevar siempre al detalle la derrota y mucho más, en un mar desconocido, pues ya sabemos, lo precavido de su carácter. Aunque en ésta ocasión fue corto el repaso, pues solamente apuntar el alba y chispear el día, el vigía canta:


--- ¡Atenta la nave, se avista la península del Cuervo!


Muy pronto el comandante Pinturero estuvo en su puesto y el señor Pipermin a su lado. La tripulación de gobierno nocturno fue relevada y el contramaestre Laraña, mucho más dormido que despierto, informó:


--- Sin novedad en el puente comandante, con rumbo nornoroeste y la península del Cuervo a la vista.


--- Sin duda merced a vuestro celo, gracias Laraña.


--- ¿Puedo retirarme capitán?


--- Hacedlo con mi gratitud y descansad merecidamente.


El capitán reconocía los desvelos de su maestre de derrota, pues no en vano, el señor Laraña estuvo atento a la singladura durante veinticuatro horas. Es bien cierto, que en navíos de mucha marinería y poca oficialidad, como el galeón Brisa Huracanada, la tanda de gobierno se prolonga muy a menudo, pero ya sabemos, que los oficiales caballeros de marina y credenciales no acostumbran a enrolarse para corsear y es por eso, que en los bajeles piratas los motines son frecuentes. Pero bueno, la carencia de cédulas de mando para un gobierno descansado, la suplía el Pinturero con tripulantes de primera y cartilla de maniobra.


--- Pipermin, necesito ahora inventariar los pañoles de intendencia y santabárbara, pues indudablemente, ya no queda res viva en el pañol de chiqueros, ni carga para un chisponazo.


--- A la orden señor.


El comandante no se engañaba, porque el último carnero fue sacrificado un día antes de avistar al Bichero y no digamos, el tabuco de los cerdos, que allí ni paja quedaba. Sin más dilación, el señor Pipermin traslada la orden al maestre de víveres y éste a su vez, lo hace con el despensero mayor, que al instante y en compañía del primer cocinero de ranchos chicos y el cuartelero de compartimentos, ponen al día el cuaderno de existencias. Naturalmente, que finalizado el cómputo y antes de dar los resultados al comandante, el breviario de asiento pasará a las manos del maestre contador, que dejará constancia escrita de los pertrechos y vituallas a fecha indicada en el registro mayor. Y claro, en cuanto a la santabárbara, la cosa se complica un tanto, pues el maestre artillero no puede acceder a ella sin anuencia de su colega el alférez armero y ambos tampoco lo harán, sin que les ceda paso el cuartelero de armas con la llave que debe facilitar el capitán. Una hora y media más tarde el comandante recibe el recuento.


--- Lo que ya me imaginaba Pipermin, ni pólvora para escaramuza ni carne para un guisado.


--- Pero plata sí capitán, y para comprar un reino.


--- Cierto, pero el argento no cimbra barriga, a fe mía que ese Bocapuerca nos fastidió bien con su pertinacia.


Pero se equivoca nuestro Pinturero hablando del Bocapuerca en pasado, pues en ese mismo instante para su disgusto, el de la cofa de mesana canta:


--- ¡Vela cuadra a popa! ¡Es el Bichero!


--- Demonios cocidos, ¿y cómo sabe ese que es el Bichero a esa distancia?


--- Porque manosea el catalejo del señor Laraña.


--- Bien por nuestro maestre de derrota. En fin, mala fortuna, a desertar de obligación Pipermin.


--- A la orden señor. ¡Retenes a las perchas, todo al viento!


El Brisa Huracanada inicia su huida y la tripulación empieza a desencantarse, es incapaz de entender que su capitán fugue dos veces sin presentar batalla. Reconocen al Bichero como un adversario de mucho porte, pero su pundonor e ignorancia de la situación, no les permite ver más allá y desean dar la cara. Y es menester sin duda discutible, pero total albedrío del capitán, que la dotación del barco se mantenga al margen del conocimiento, pues, la vulnerabilidad es mucho más peligrosa anticipada que soportada y de ahí, no le descorchan los demagogos al Pinturero.


En esto, aparece lívido como un sudario el lastimoso príncipe Solim, que muy trasteado por la borrasca del día anterior, aún conserva en las tripas algunas mariposas testarudas.


--- ¿Qué ocurre señor Pinturero?


--- Nuestro perseguidor el Bocapuerca que no cede, lo que nos obliga a seguir navegando sin fondeo de refresco.


--- Adivino por vuestra severidad que tal situación no es muy recomendable. ¿No existe alternativa más favorable?


--- Ninguna, pues si fondeamos podemos salvar la vida pero no la nave y, sí tal no hacemos, en una semana el estómago de todos tendrá el tamaño de un lunar postizo.


Las palabras del capitán Pinturero eran en exceso pesimistas, pues el Bocapuerca, no destacó nunca en sus lances marineros por singladuras de acoso, más bien, de topetada sin raciocinio. Que por cierto, el hostigamiento es la estrategia que más frutos ha dado a los bucaneros de todos los mundos, pues los navíos de real contrata o de registro, rebajados de tres puentes a dos para ganar espacio al transporte masivo de especias o tesoros, casi de continuo subestimaban los pañoles fundamentales del pertrecho y de tal guisa, eran presa rendida a priori por simple inanición. El Brisa Huracanada en infinidad de ocasiones así lo hacía, les cortaba la proa insistentemente para retrasarles la singladura al doble de su previsión y con ello, vaciaba al completo sus despensas. Algunas veces, el bajel acosado optaba por embarrancar y abandonar la nave, o bien, presentar batalla, pero el resultado era el mismo para la carga, pues todo navío proyectado esencialmente para ser lastrado y estibado en andana, con esa única intención, desplaza demasiado para un buen andar y, las baterías de defensa se reducen al puente alto y puente medio y como mucho, disponen de cuarenta cañones a la banda sin excesiva munición. Otra cosa diferente y lo mencionamos para nivelar el riesgo de un pirata y calibrar su buen oficio, son los navíos cazadores, o quizá mejor dicho de insignia real, que concebidos y pertrechados exclusivamente para la batalla, por destacados ingenieros y almirantes reales sin límite de peculio, son ratonera segura de todo bucanero que pendonee en solitario, pues enmascarando el casco y la arboladura a confundirse con un carguero, consiguen infaliblemente su propósito de aniquilar. A destacar su mejor y más usada artimaña, es disimular con pintura y madera los portones cañoneros, que asoman al mareo sus chimeneas en el puente bajo, castillo y castillete de popa y amuras de proa sota el bauprés. Además de eso y ya no hablamos de añagazas, sino de efectivas amenazas, tales navíos doblan porte en cañones y tripulación a cualquier otro, sus tres o cuatro pañoles de santabárbara son silos de acoquinar al más incrédulo y corajudo, y la pericia de su oficialidad unida a la gran disciplina de sus infantes, jeringan la envidia de todo capitán con ansias de medrar. Y tras lo expuesto al hilo de la narración, visitemos el puente de mando del Bichero.


El Bocapuerca en proa, observa a catalejo certero la nueva fuga del Brisa Huracanada y como es lógico, con cierta ironía pregunta:


--- ¡Sanguijuela! ¿Porqué condenado hechizo, ese alcachofo no da la cara, lo sabes tú?


--- Será, capitán, porque al vernos salir airosos de la última revolada, se le han encastrado los gallardos en el garguero y como ese mirliflor casi no tiene nuez, cuando se rasure los cuatro pelos de la papada se queda sin bolas y cañuto.


El chascarrillo provocó la risotada convulsa del capitán y de boca en boca, atravesó la eslora del galeón como una centella, a la par, que bajaba por las escalas interiores hacia los puentes y trepaba por los obenques hasta las cofas. Tanto fue así, que media hora más tarde de farfullada la celebrada frase, los castigados ese mes por hurto menor y engrilletados en la húmeda sentina, lisiaban la garganta a reír con la chocarrería, que a ellos, los zagueros, les llegó de esta guisa:


< El Pinturero está como un mirlo encastrado en la flor de un cañuto y, sí se afeita los gallardos, la papada se le queda sin la nuez en una revolada. >


Es muy natural que festejar una locución tan disparatada no aporta mucho en favor del colectivo bucanero, pero, la risa como la viruela se contagia y eso por ahora, salva el prejuicio.


El Bocapuerca y su perrillería son presa lógica de la euforia, pues nunca antes ningún barco filibustero del océano Caliente y, por considerarle un enemigo temible, tuvo la garrafal osadía de acosar al comandante Pinturero con semejante insolencia. Pero es natural, al comprobar que fuga del combate con tanto descaro, rebaño y pastor, han dejado de temer al lobo. La situación sin duda requiere una impavidez muy acorde con el talante intrépido de nuestro comandante, pues en algo más de una hora, el Brisa Huracanada se encontrará atravesando el angosto canal de la Andanada y es más que probable, que bastantes baterías sigan vivas en la ciudadela y por descontado, las piedras a punto en el encrestado fortín. La inventiva de nuevo es la única baza a jugar en tal circunstancia y por eso, la imaginación del capitán afina y desanuda con rapidez.


--- Pipermin, en la cámara de derrota quiero hablar al punto a los maestres de destino y labores.


--- A la orden capitán. ¿Al maestre costurero también?


--- A tal el primero. Pero puedes librar de la obligación al cocinero, al maese despensero, al contador y al forjador.


El señor Pipermin sale presuroso a complacer a su capitán y se frota las manos, sabe que una genial idea como siempre ha tomado cuerpo en la mente de su comandante y, acierta, pues el invencible demostrará de nuevo su portentosa inteligencia.


En el reducido plazo dado por el capitán, se personan tras el señor Pipermin con el rostro colmado de perceptible desconcierto, aquellos requeridos superiores en sastrería, carpintería, armería y calafate y, son acompañados, por los dos únicos adelantados en la pintura y tapicería. Una vez todos alrededor de la mesa de trazados, rumbo, consulta y pliegos, el Pinturero con voz grave manifiesta:


--- Caballeros tripulantes, en el día de hoy, nuestro Brisa Huracanada corre un gran peligro y con vuestra ayuda espero conjurarlo.


A un enunciado tan inquietante y misterioso, solo es posible responder con un mutismo expectante y todos los congregados así lo hacen. Uno tras otro, empezando por el maestre costurero, reciben la orden de su capitán:


--- Necesito de vos la confección de una bandera, que pueda ser confundida con la del Bichero, un pabellón de popa y también un gallardete de proa, por supuesto, de igual parecido.


El interpelado asiente sin despegar los labios y el siguiente en escuchar su comanda es el maestre armero.


--- Conozco vuestra parquedad en medios, no obstante, puede que necesitemos toda la existencia en esta ocasión. Preparad el costado de babor como único de respuesta de fuego y ayudad al maestre pintor en sus exigencias. En caso de discrepancia del artillero mayor, hacedle saber que se persone en el puente.


El aludido maestre pintor, joven marinero y enrolado un año atrás por parco aprovechamiento en el oficio de pintor, tiembla al pensar que un lobo de mar tan fogueado como el alférez armero, tenga que acomodarse a sus peticiones y en cuanto el Pinturero le mira, dice muy temeroso:


--- Señor Capitán, soy solamente un adelantado, nunca alcancé la maestría, os ruego que dispongáis de mí en otro menester.


El comandante le mira fijamente y tras pensarlo contesta:


--- Esta vez no puedo imaginar una tarea más principal. Pero cesad en vuestras cuitas, pues el señor calafate os ayudará. Deberéis tintar la baranda de borda de color semejante al Bichero y a continuación, pues sabéis que nuestro barco marea más chimeneas que nuestro enemigo, disimularéis los portones sobreros de ambas bandas. Es un quehacer muy esforzado, pero disponed de toda la gente necesaria, empezadlo pues.


El joven tripulante acompañado del calafate y del maestre armero, abandona la estancia presuroso junto a ellos y llega entonces el turno del carpintero mayor.


--- Vos y vuestros hacheros más diestros, desposeednos con el menor daño posible del mascarón, me agradaría conservarlo.


--- Lo conservaréis capitán, os doy mi palabra.


La contundencia del maestre carpintero y su afamada pericia, hacen sonreír por vez primera al Pinturero. Es la indiscutible verdad, que en ninguna otra parte se podría encontrar a un navegante tan encaprichado de su orla, pues perteneció a un galeón de reales ordenanzas en singladura de correo y que fue, el primer navío capturado por él. El formidable friso, una talla de madera de encina bruna, personifica con total magnificencia a la diosa del mar sujetándose la corona con las manos, torso desnudo y cabellos largos hasta la cintura y mucho más que bella, espléndida. Terminada la aserción del maestre carpintero, el capitán por último se dirige al adelantado en tapicería:


--- Bien maese tapicero, vos ya conocéis el mascarón del Bichero, haced algo que se le parezca con el material que os plazca y, pasemos el resto del día con orla postiza.


Acabada la breve reunión, el Pinturero y su piloto Pipermin retornan al puente de popa y el resto, con la compulsión de un jinete convocado a botasilla, a sus urgentes trajines. Junto a la barra y más preocupados que apáticos, el príncipe Solim y el capitán Bolabarda se acercan para indagar:

--- ¿Alguna novedad comandante?


-- Ninguna que merezca añadir, nuestra circunstancia es seria. Naturalmente, pondré en manos de la suerte una añagaza, que por ser tan inesperada quizá resulte.


El capitán Bolabarda interviene y con trémula voz, pero gran rigor al mismo tiempo, manifiesta:


--- Señor Pinturero, os cedo mi balandra para usarla a modo de brulote, presentemos batalla a ese desquiciado.


El ofrecimiento franco del señor Bolabarda, excede con creces a cualquier otro que ningún patrón hiciere. El Pinturero mira entonces al señor Pipermin y ambos, con la fuerte emoción subida a sus gargantas por el precio moral del abnegado gesto, se avecinan al capitán Bolabarda y como fraternos marinos se abrazan a él, muy poco faltó, para que aflorasen las lágrimas. Y con mucha razón, pues increíble apego demuestra un capitán a otro, para llegar al extremo sacrificio de ofrecer su estimado barco en inmolación. Nuestro Pinturero ahora sentencia:


--- Pipermin, si franqueamos el estrecho con ventura y nuestra vida se alarga y, el señor Bolabarda lo acepta, ya disponemos de un buen contramaestre de maniobra. ¿Lo pensaréis señor Bolabarda?


--- ¡Ni siquiera pensarlo comandante, lo acepto ya!


Y mientras quinientos marinos se afanan en dar apariencia al Brisa Huracanada a confundirse con su enemigo, el Pinturero ordena los cambios necesarios del aparejo.


--- Pipermin, cerrad el paño del foque, contrafoque y petifoque, y también, el estay de juanete mayor y el de gavia.


--- A la orden capitán.


--- Contramaestre Bolabarda, a vos me dirijo.


A partir de ahora, el capitán Bolabarda dejaba de ser patrón de balandra para convertirse en contramaestre pirata y a juzgar por la complacencia en su semblante, la permuta le satisfacía. Irguió pues su figura, se ajustó el cinturón virilmente y contestó con orgullo:


--- ¡A vuestras ordenes comandante!


--- Acudid ahora al sollado y solicitad al cuartelero de vestimenta una bandolera de sable y un chambergo de picos. Más tarde, el alférez armero os facilitará cuatro pistoletes a vuestro gusto y un chafarote de tajo largo. Abreviad Bolabarda, sois menester.


El recién nombrado contramaestre de maniobra, da media vuelta y sin pensárselo, se descuelga al primer sotapuente por la lumbrera corredera más próxima y de paso, saluda gozoso a todo tripulante que quiebra con él. Es el día más venturoso de toda su vida, por supuesto, sin computar el de su divorcio.


Mientras tanto, en la toldilla del Bichero, el capitán Bocapuerca sigue estrechamente intrigado por la conducta pasmosa del Pinturero. Una cosa son las chanzas y el chascarrillo zumbón cuadre o no cuadre y otra muy distinta, por inverosímil, aceptar sin reservas la pavura de un comandante pirata, siempre sobresaliente en osadía. El Bocapuerca dice pensativo:


--- Por la diarrea de un entripado que no lo entiendo, cuando ese acicalado alcance el estrecho de la Andanada menguará su poderío y eso será, si no es abismado. Su única posibilidad es el combate ahora.


--- Ya pasó por el canal una vez y piensa que lo hará de nuevo.


--- Es cierto, pero sí así fuera, el Bichero perseguirá su estela sin tregua ni respiro y con superior ventaja para nosotros, y él lo sabe. Además, cruzar el canalizo con la horda prevenida y a esta hora, es casi imposible.


Y en verdad que las palabras del Bocapuerca acertaban, pues tanto en la ciudadela como en el fortín, el aparejo de ambos bajeles era ya avistado por los vigías de torrero. La gran distancia no permitía identificarlos aún, pero a zafarrancho retumbaban los tambores. Cuarenta cañones en la ciudadela, resto indemne por la contienda con el Pinturero, enfilaban sus boqueras a buen tiro y los servidores a cuantioso transpirar, hacían resuelto acopio de munición. Cuarenta no son muchos, pero la puntería desde tierra triplica sobrada en precisión a la conseguida a partir de la oscilación de un navío. Y eso no es lo peor, pues arriba en el fortín, los palanquines de acémilas bien disciplinadas, arriman presurosas a las catapultas de maroma y carrete los pedruscos proyectiles. Ciertamente, que de equivocarse nuestro comandante en su artería, el destino del Brisa Huracanada era sucumbir.


Una hora después, cuando los catalejos de tierra empiezan a enfocar con nítida visión el primer navío, los trabajos de la orla han sido concluidos. La testa de un dragón unicornio, elaborado de trapos, paja y otros materiales peregrinos, como pueden ser zanahorias para los colmillos, ha suplantado a la reina del mar. Las falseadas banderas y estandartes, confeccionadas a toda prisa sin demasiada arte pero suficiente, flamean en su lugar y la pintura, pringosa en barandales y mascarón y chorreante en el casco, también puede engatusar. Por lo tanto, una barba de cáñamo cardado para el comandante y coloreada con tintura y hollín de fogones, además de algunos cambios en el atuendo de la comparsería, dan el toque final a la representación. Todo ya listo, el Pinturero ordena:


--- Pipermin, banderolas de señal a proa, persuadid a los vigías de torreón de nuestro apuro.


El maestre de bitácora se encarama a la canasta del bauprés y comienza a transmitir con quiebros alfabéticos de banderolas. Al punto, los señaleros del fortín descifran el corto mensaje y lo dan por bueno. Pero en la ciudadela, mucho más próxima al navío, hay discrepancias:


--- Pues está bien aclarado guiñapo, nuestro capitán es perseguido por el Pinturero y dice que no tiene pólvora para endiñarle una matracada.


--- Sí, bueno, ¿pero quién lo dice? Yo no conozco a ese pedorrera de señalero y tampoco veo a su lado al incordio del Sanguijuela. Además, el capitán parece más alto y no se deja distinguir bien.


--- Yo tampoco veo al Sanguijuela hermanos, pero estará pimplado como siempre. Y en cuanto al capitán, no tengo el que decir.


--- Y otra cosa rara, si le persigue el Brisa Huracanada, ¿por qué viene remolcando una balandra?


--- Quizá la rindió en combate y por eso no tiene pólvora.


--- Pues yo me husmeo que el Bichero viene patroneado por el Pinturero y eso solo significa, que ha capturado el barco. Al paso debemos disparar.


--- Algo de verdad monserga el Zancón, pues cuando partió de aquí atiborraba la santabárbara, es grotesco que no disponga de fuego.


--- Pero de ser como dices, el capitán Bocapuerca puede estar en el sollado cautivo, no podemos cañonear y menos achicharrar.


La chusma en la ciudadela se encuentra dividida, algo por otro lado muy habitual entre la baja estofa, ya que cuando no malbarata el tiempo en pendencias fatuas, lo derrocha en conspirar. Algunos de ellos, los que destacan por sus apetitos de gobierno están a favor y beneficio de arruinar el navío y de paso, si espicha el Bocapuerca, mucho mejor. Pero es natural que los más bregados en el oficio se opongan, pues conocen la peripecia y presumen el conflicto. Un capitán pirata no es nada sencillo de sustituir, a menos por descontado que sea escamoteado por el enemigo, en cuyo caso, con una asamblea bastará, pero intentar derrocarle a estoque de florete, de sablazo, chispón o verduguillo, es otro cantar.


--- Pues yo digo de abismar al Bichero.


--- Pues tú puedes decir lo que le salga a tu piorreada buchera, pero mi batería no escupirá a nuestro galeón. Y mejor será que la tuya tampoco.


--- ¿Y porqué boñiga la mía no ha de escupir? ¡Cacho perro de siervo baboso!


--- Hazlo y guillotino tus galanes y los reviento a dentelladas, hijo sietemesino de un aborto.


Pues de semejante talante están los ánimos en la ciudadela, mientras el Brisa Huracanada sin recibir fuego va cruzando. La proa del navío salpica el casco en aguas peligrosas con alcance de tiro, pero el nerviosismo y el titubeo bloquean la decisión de los artilleros, que sin alcanzar resolver, siguen en desacuerdo. Diez minutos más de bronca y el Pinturero lo habrá conseguido.


Pero naturalmente, en el verdadero Bichero, el Bocapuerca se percata a ojo de catalejo del manso transitar del Brisa Huracanada por el canal y con la esperanza de advertir a sus guarniciones, ordena:


--- ¡Sanguijuela, fuego de aviso! Por la tumba profanada de un sagrado, que sí esos perdularios franquean el paso al Pinturero, te juro por mi casta felona que los freiré en cocedero de brea.


El Bichero hace fuego de tres bocas sin apuntar y espera la reacción de tierra. Pero en el fortín ni caso y en la ciudadela, el efecto es el opuesto del que anhela el Bocapuerca. Y es muy natural que así fuera, pues nunca se disciplinó entre ellos ni una nimia contraseña. En vista de tal, los disparos de indicación pretendidos, son interpretados por la chusma como un simple cañoneo a ceñir trayectoria y distancia.


--- ¡Lo ves badulaque!, el Pinturero detrás del Bichero ya calienta. Las chimeneas a punto hermanos, pues por los cuernos de un castrado que esta vez sangrará, chillará y morirá, como un puerco en el degolladero.



Por tercera vez desde su alejada botadura, el Brisa Huracanada merodea un avispero sin recibir aguijonazo. Y así, mientras el burlado Bocapuerca transforma en cólera la hiel de sus entrañas, el Pinturero recibe en enfática aclamación los encendidos elogios de su tripulación. La proa del navío sale a mar abierto fuera del alcance artillero y el capitán orgulloso como jamás lo estuvo, ordena a grito largo:


--- ¡Tripulanteeees, capeando a paño entero!


Describir la sorpresa y sobresalto de los vigías de torrero, al distinguir algo más tarde al verdadero Bichero y ver el rostro desencajado del ruin Bocapuerca, es del todo superfluo, pues cualquiera puede imaginarlo. Y no es fútil mencionar solo eso, porque la embriaguez eufórica de la tripulación del Brisa Huracanada, en ese preciso momento es igualmente obvia.


Una vez que los vítores fueron menguando y el capitán gozó de su merecida gloria, el mando de la nave pasó a gobierno del experto señor Pipermin y, el manejo apasionado y gratificante de la bella princesa Yaurína, a manos deleitosas del Pinturero.

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Última edición por marquimar; 11-Dec-2012 a las 15:03
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A pocas millas ya, la Cañavera ofrece la necesaria posibilidad de refresco, pero naturalmente, con bastante riesgo, pues la isla es harto reputada en los siete mares del océano Caliente, como la más abominable concurrencia de chusma sañuda y repelente que nadie pudiere imaginar. Un inhóspito territorio de holganzas y ciscos, anidado por gentuza sin honra ni escarmiento, donde la traición y la infamia acechan emboscadas en la perfidia de sus nefandos moradores. Ni un labriego la habita, ni un pastor, ni un sólo artesano, ni un pescador, solamente eso sí, y en excesiva abundancia: taberneros, tramperos, prestamistas, piratas y prostitutas. A nuestro comandante de todas formas no le intimida fondear en semejante ensenada y no por que sea de su pleno agrado el hacerlo, ni tampoco, para alardear luego de haberlo hecho. Pero claro, ahora la infortunada circunstancia no admite espera y aprovisionar los pertrechos necesarios es de importancia capital para seguir en la singladura. De todas formas, pinchar el ferro colgante de proa en la peligrosa bahía, no está decidido.


Mientras tanto, concluidas las fogosas piruetas entre los dos enamorados, la conversación fluye como siempre tras el jadeo y el Pinturero, ya más relajado, pregunta:


--- ¿Qué os parece poner rumbo a Cumbertán?


La princesa le mira sorprendida y a continuación descansa su cabeza sobre el torso desnudo del capitán evitando su mirada y contesta:


--- Quizá más adelante, me gustaría visitar si es posible la isla de Martylene, tengo entendido que es un paraíso de hermosura natural y que además, es la congregación de mercaderes de todos los reinos. Necesito algún vestido. ¿Me lo compraréis?


--- ¿No tenéis deseos de abrazar a vuestro padre? Así podré yo solicitarle vuestra mano.


--- Primero Martylene, os lo ruego.


--- Ese lugar no es muy recomendable para un bucanero libre, cualquier pirata puede atestiguarlo. No me gusta la idea.


Ciertamente, que la petición de la princesa es muy difícil de satisfacer, pues Martylene, isla a ratos convertida en península por la marea allí bastante pronunciada, si bien, como dicen los privilegiados que la frecuentan y pueden disfrutarla es de una hermosura natural incomparable, también podría decirse, que es un olimpo de vicio y holganza para la oligarquía y falocracia libertina de todas las naciones, que en cuestión de hedonismo y ostentación, no vislumbran límite. Naturalmente que un lugar así y de eso se queja nuestro Pinturero, lleva aparejado la categoría de fortaleza inexpugnable, pues la milicia de plaza, comandada por un mariscal de campo afamado y mil veces condecorado, es gobernada por el virrey de colonias del poderoso imperio de Canadean, una federación de reinos y principados, que rinden pleitesía al emperador Chafanjul. Dos regimientos de fusilería custodian las murallas y los parapetos de la ciudad, un batallón de artillería se emplea en las piezas de los murallones diseminadas por el litoral y, por sí tal fuere poco, cuatro escuadrones de lanceros y coraceros custodian en constante cabalgada las inmediaciones del lugar. Pero ya que estamos, no debemos olvidar aunque parezca muy exagerada la defensa marítima de la plaza, pues en la bocana, donde no es permitido fondear a los pesqueros, una trencilla de brulotes asegurados a modo de vallado, impiden la entrada al atracadero de cualquier bajel que no sea autorizado por el virrey. Es palmario por lo expuesto, que al Pinturero ni gozo ni gracia el asomar por allí. En esto, el vigía canta:


--- ¡Atenta la nave, las Pecas a la vista!


Como casi siempre, aunque en desacuerdo esté la princesa, a nuestro capitán le pillan de continuo los voceos del vigía sin calcillas y, no es nada cómodo, pues abreviar con atuendo tan enrevesado y vestirse a toda prisa, es de completa locura: las calcillas primero, los calcetones después, luego la camisoleta y el blusón de puñetas, más el calzón y el jubón, y la casaca, la marquesota, los escarpines, las polainas, el fajín, el cinturón, la espada, la macheta, la bolsilla, el capotín, los guanteletes y por fin, la pañoleta y el chambergo. No es por tanto comprometido imaginar, que con tamaño lío, más de un ojal extravíe su botón. El Pinturero pisa el puente, cuando el señor Pipermin apaga su cachimba en el campano para zafarrancho de la canastilla y, con torpe disimulo, dice:


--- A vuestras ordenes capitán, la Cañavera enfilada.


--- ¿Se distingue la ensenada?


--- No, la colina nos impide la visión, pero a no tardar, contaremos la cresta de las velas fondeadas.


El Pinturero entonces encara el catalejo y contempla detenidamente la costa y mientras lo hace, pregunta zumbón:


--- Me pareció escuchar alguna que otra vez, que teníais la intención de dejar el tabaco. ¿No es cierto Pipermin?


--- Y ya lo he dejado señor, tal y como prometí. Ahora intento fumar hoja picada de laurel.


--- Por el cielo que sois a racimos peculiar. ¿Y os sienta bien el humo del condimento?


--- Despeja bastante, pero no me agrada demasiado. Probaré cualquier día con hoja de mazorca.


El Pinturero esbozó una sonrisa burlesca y sin decir más, bajó la escala de estribor y con paso elástico se encaminó hacia la proa. Nunca comprendería la majadera afición de chupar un canuto y humear por la boca, se le antojaba una desbarrada. Recordaba ahora, que cuando niño lo intentó una vez y fue tal el estrago, que jamás lo haría de nuevo. En esto, el de la cofa canta de nuevo:


--- ¡Cuatro arboladuras en andana! ¡Hay un galeón!


El señor Pipermin, que perseguía por cubierta las pisadas de su comandante como escudero fiel, con la aciaga noticia quedó patitieso. El maestre de bitácora esperaba como máximo la nave del Cangrejo Pingo o bien apurando, una carabela de comercio, pero cuatro navíos avecinando el costado, son mucho tablón para tan poco puerto. Así que llegado al castillo de proa preguntó muy inquieto:


--- ¿Qué os parece tanto mosquerío capitán?


--- Que es más pasmoso que un pulpo con pelusa.


--- Podría ser que en la gruta de las Algas Azules se concretara algún acuerdo de paz. Quizá han cesado las desavenencias.


--- Eso pipermín, no explica la conducta pendenciera del Bocapuerca.


--- Es verdad señor, razón tenéis.


--- Pronto lo sabremos, buscad al señor Bolabarda y decidle que deseo verle, pero antes poned caña a estribor, pues de momento ocultaremos la nave al otro lado de la isla.


Una hora más tarde, el Brisa Huracanada suelta el ferro y el Pinturero platica seriamente con su reciente maestre de maniobra y tras encomendarle una arriesgada misión, le dice:


--- No es cometido fácil Bolabarda, podéis rehusarlo.


--- Nunca señor, pues debo ganarme el respeto de la toda tripulación.


--- Sea como gustéis, suerte en la misión Bolabarda.


Poco después, la balandra al mando del señor Bolabarda y tripulada por doce marineros escogidos para la ocasión, suelta amarras con el navío y pone rumbo al comprometido puerto de la Cañavera. Mientras tanto, en el estrecho de la Andanada, el Bocapuerca ha saciado su berrinche en la ciudadela y prosigue la persecución del Pinturero, dieciséis hombres han pagado con su cabeza el pequeño retraso y cinco más, lo harán a su regreso. Pero, no atina en el derrotero del Pinturero, le es imposible imaginar, que su adversario se encuentre fondeado en las islas Pecas.


-------------------------------------------------------------------


A todo esto y sin ser requisito argumental imprescindible en el relato, nadie piense que nuestra bella princesa holgando está, pues al completo en la nave, su viveza y campechano proceder, han logrado la simpatía y el acatamiento de todos. Al maestre costurero le lleva de cabeza, porque hay mucho remiendo esperando aguja y el hombre, ya sea queriendo o sin querer, tiende mucho más al relajo que al trabajo; pero claro es y no lo decimos para eximirle de su desviada inclinación, que a un pelaruecas de punzón, no le vengas ahora con hilvanes y zurcidos de precisión, pero bien. De todas maneras, más de lamentar es el agobio del ranchero mayor, que lo tiene en enmienda permanente como a un pinche cascapiñones y tanto así, que a rezar mirando al techo se pone el catasalsas como un misacantano, en el mismo momento que la dama pisa la cocina. Muy al contrario le ocurre al galeno yerbatero, que siendo el más instruido de la tripulación, pronto se husmea la irremediable inspección y mucho antes, de que la princesa hollase su lazareto pañol, puso manos a la obra y en dos días a baldar: de cepillo y de escobajo, de lanada, barredera y estropajo, lo dejó ordenado limpio y reluciente como un sol. Y a la carcajada que nadie venga ahora con la gracia, que en este mismo instante ocurre lo que sigue:


--- Capitán, ¿puedo importunaros?


--- Sin remilgos maestre armero, decid lo que sea.


--- Es la princesa, que desea limpiar la santabárbara y necesitamos la llave.


--- ¡Ni hablar! Que limpie los cañones si se atreve.


--- Los cañones se limpiaron ayer, y los balines, y las portillas. Si no brilla pronto la santabárbara, nos pone a barrer las cofas.


--- ¡Demonio de mujer, tomad la llave!


Incomode a quién sea o plazca a quién cuadre, pero es cierto que el Brisa Huracanada presenta un aspecto inmejorable, ni la galera de recreo de un sultán minucioso y reparón, podría en pulcritud asemejarse.



----------------------------------------------------------------------


Pero prosigamos con el relato, pues el señor Bolabarda hace pie en el atracadero de la Cañavera y, de acuerdo con el plan del Pinturero, deja dos tripulantes en la balandra y avanza con el resto hacia el poblado. Las miradas ariscas y felonas de los haraganes portuarios, pronto descubren la abultada talega que porta un escolta del Bolabarda y sin necesidad de escudriñar en su interior, saben de sobra que rebosa plata. Entre ellos, los cuchicheos se acentúan y algún que otro truhan toma por pies la delantera, para dar la noticia a su camarilla. Natural, que la situación es inquietante, pues la catadura de la truhanería pululante es para salir escapando a despezuñarse y no parar. Claro es, que los diez hombres como zocotrocos que resguardan al Bolabarda y que van pertrechados con coselete, chafarote y macheta y cinco pistoletes cada uno, dan un reparo eficaz.


Las calles iniciales, sinuosas y ceñidas del arrabal costero, acogen al contramaestre y sus escoltas y, con la certidumbre de ser acechados por mil hurañas pupilas, maturrangas e insidiosas, avanzan precavidos por el pavimento desastrado y guijarreño.


A cuatro esquinas de la entrada al poblado y sorteando a larga zancada la inmundicia del empedrado, se encuentran la primera tahurería y sin pensarlo, apartan el lienzo mosquitero que cuelga rígido de tanto pringue y penetran en el nauseabundo local. Al fondo, una especie de mostrador hecho del tablerío recuperado de un naufragio y con más astillas que un bambú cañoneado y a los lados, repartidas a colmo barullo, entre quince y treinta mesas de tablón aserrado y peana desigual. Cirios y lamparillas iluminan con tremenda desgana el humeante recinto que, a esta hora de la tarde, cuenta con sus mejores clientes. Tras el mugriento mostrador, dos busconas de pecho generoso y corpiño desatado atienden a las demandas de cualquier índole y, vigilando el cotarro, un perdulario patrón con careto de urdemalas, muy diestro con el cuchillo, gobierna su filón a tajacuellos. La concurrencia mucha, enmudece con la presencia de nuestros amigos y el señor Bolabarda, que sabe bien de su flaqueza ante tanto desalmado, se detiene en medio de la estancia y con voz potente suelta:


--- Soy Bolabarda de Rasquina y de Tomaya, vengo en paz y a comerciar. ¿Quién manda aquí?


El silencio sigue reinando por unos segundos y al cabo, desde un rincón, una voz ronca contesta:


--- Nosotros gobernamos aquí, acercaos pues con vuestra osadía y que la gente de armas que os escolta ni pestañee.


El señor Bolabarda presenta cara al rincón y distingue al hijo mudo del Pinzote; nunca le había visto antes, pero los detalles proporcionados por el Pinturero son exactos. Sin otro remedio que obedecer, pues en el tugurio siguen entrando maleantes en riada, se dirige erguido hacia los comandantes sentados y les saluda campechanamente para disimular su temor:


--- Salud y alegría nos da el vino caballeros, aunque nos quite el tino. Placer tengo en conoceros.


El Tiritaña, que observa con mucha atención el atuendo del Bolabarda, mueve los hombros para ajustarse bien la casaca y pregunta socarrón:


--- ¿Sois comerciante, y qué vendéis señor? Espero que no sea vestimenta, porque tenéis un pésimo gusto.


--- No he venido a vender, estoy aquí para comprar.


En esto, el Mostacilla que no aguanta más la borrachera se desploma como muerto de su banqueta y al punto habituados, cuatro tripulantes de su nave le aúpan del suelo, le encajan el chambergo sobre la cara, lo sitúan sobre un catre con asideros y se lo llevan. Nadie le da ninguna importancia al incidente y es natural, porque el Mostacilla, no es un personaje cachazudo en el beber, ni tampoco el comer, y ya no digamos en el yacer, que todas las lagartonas de la isla le apodan el capitán conejo. El Legaña entonces y dirigiéndose amistosamente al señor Bolabarda, intenta aclarar el reciente lance con lengua encasquillada y dice:


--- Ese que ha caído al suelo sin saludaros era el capitán Mostacilla, pero debéis disculparle señor, se encuentra algo indispuesto.


El capitán Tiritaña y el Hijo mudo del Pinzote, son los únicos que conservan este día la lucidez, porque su colega el Legaña hace rato que empezó con el hipo y a no mucho tardar, seguirá el derrotero del Mostacilla. El Tiritaña prosigue sin más pausa el obligado interrogatorio y pregunta:


--- ¿Y qué pretendéis comprar señor? En la Cañavera no hay mucho que vender.


--- Deseo adquirir la protección de vuestra fuerza. Un galeón me persigue y quiero abismarlo.


En la isla se compra la muerte de cualquiera con un par de tragos y dos piezas de a diez y, sí lo que apeteces es ensañarte con el difunto, por algo más del doble te pueden despellejar su calavera o elaborar un gargantón con sus huesos. Pero lo que expone el recién llegado es mucho más difícil.


--- ¿Un galeón habéis dicho? ¿Y cómo se hace llamar vuestro enemigo?


--- Lo desconozco, pero he visto bien su orla, lleva un dragón.


El Tiritaña cambia una mirada con su cofrade el hijo mudo del Pinzote y éste, bebiendo de la botella a morrobabas como es su costumbre, entorna los ojos y se encoge de hombros.


--- ¿Y de cuánta plata disponéis para tamaño empeño?


--- La que nunca podríais almacenar en vuestro barco.


El señor Bolabarda hace un gesto con la cabeza y el portador de la talega se acerca. Llegado allí y en pronta respuesta a otra indicación, el contenido de la bolsa se desparrama por la mesa y es tanta la barra de plata que muchos lingotes caen al suelo. El gentío al plenario muda el rostro de color, pero los cabecillas ni se inmutan. El Tiritaña prosigue:


--- ¿Pensáis quizá ejercer algún derecho sobre el galeón vencido?


El maestre Bolabarda se encoje de hombros y dice:


--- Ninguno me interesa, no soy naviero ni armador. Os lo cedo en corretaje.


--- Bien, pues en vista de que vuestra fortuna según vos es tan desmesurada, añadid a todo esto veinte mil barras más y, tras esa prueba de verdad, hablaremos del asunto.


El Bolabarda queda pensativo, sabe que contrariar a los capitanes es muy peligroso, no obstante asevera:


--- Serán como máximo dos mil señores, bien os plazca u os enoje. No me dais tampoco ninguna garantía en los preliminares.


--- Vamos señor Bolabarda, sean por lo menos quince mil y no hablemos más del asunto.


--- Tres mil es mi oferta cerrada para considerar el trato.


El Tiritaña habría continuado el regateo, pero un pisotón del Pinzote le hizo enmudecer, al fin y al cabo, aquella cantidad de plata anticipada no tenía la menor importancia, pues la idea final era conseguirla toda.


--- De acuerdo señor comerciante, que sean tres mil.


Concretado el último precio, el señor Bolabarda se sentó junto a los tres caudillos filibusteros y el portador de la talega, a una orden del contramaestre de maniobra, dio media vuelta y en compañía de un cofrade regresó a la balandra, que a su vez, a redoble de remo alcanzó prontamente al Brisa Huracanada. El capitán Pinturero recibió las novedades y sin más indagar, pues todo sobrevenía como él esperaba, ordenó el traslado a la embarcación de las requeridas tres mil barras de argento. Mientras tanto, en el tugurio portuario, el comandante Tiritaña abunda en las pesquisas para confirmar sus recelos:


--- ¿Y qué comercio os ha dado tal riqueza Bolabarda?


--- Minas de oro, de plata, perlas y armas. Naturalmente también, mi extenso y próspero mayorazgo.


--- ¿Podemos saber qué rumbo interrumpió vuestro enemigo?


--- Mi destino es Martylene, mi cuñado el emperador Chafanjul aguarda la mercancía.


Las lógicas suspicacias hasta ahora manifiestas del Tiritaña y el Pinzote, suben y desaparecen corcoveando hacia el cielo como pavesa en llamas, pues sólo el admitir una escueta simpatía por el aborrecido emperador, en presencia de un filibustero del océano Caliente, es sumario infalible de muerte y por eso, reconocer a sacrificio garantizado, un parentesco con él, jamás puede ser embuste, en todo caso locura. Y de no ser por la plata obsequiada para el conchabo y, el resto que pueda acarrear su nave para el latrocinio, al maestre Bolabarda, a su cabeza y extremidades, les darían légamo pegajoso en ciénagas separadas. Pasado el momento de tensión, el Tiritaña prosigue con su cuestionario:


--- ¿Y en qué lugar habéis fondeado Bolabarda?


--- Muy cerca, pero excusad que no sea más preciso.


--- ¿Así que seguramente también, transportáis oro en vuestro carguero?


--- Acertáis capitán, pero no es un carguero y además, por si el tema os interesa, la carga principal son cañones y mosquetes.


La interesante conversación se prolongó lo que tardaron los porteadores en llegar. Tres mil barras de plata abultan y pesan mucho, pero no faltaron costaleros delegados por el Pinzote en el fondeadero. Cuando por fin, el pequeño tesoro fue depositado y bien contado en el garito, el Tiritaña tras una consulta con su cofrade el hijo mudo del Pinzote, sentenció:


--- Habéis cumplido vuestra palabra Bolabarda, es hora de la tarea. El precio al concluir la misión.


--- Espero un equilibrado arancel caballeros.


El comandante Tiritaña esbozó una sonrisa maliciosa, augurio inconfundible de su tramada felonía y dijo enfático:


--- Contad con ello, pero por el momento permaneceréis aquí con toda vuestra escolta despojada de armas, no obstante, vos seréis tratado como a un rehén de calidad.


--- Dejad entonces que uno de mis hombres sea portador de la noticia al capitán de mi nave.


--- Nadie saldrá por ahora, hasta muy pronto Bolabarda.


El grupo de custodia del contramaestre fue desarmado sin ninguna resistencia, la plata ensacada de nuevo y trasladada a un lugar desconocido, el señor Bolabarda conducido a un aposento en la buhardilla del antro y su escolta maniatada, confinada en el sótano. El Pinturero mientras tanto, había soltado el trapo y se dirigía a la Perdularia, la isla más pequeña de las Pecas. El archipiélago salvo la Cañavera estaba completamente deshabitado y en la Perdularia, solamente algunas reses cimarronas campaban a su antojo evitando a los escasos cazadores; quizá y con suerte, pensaba nuestro héroe, los experimentados ballesteros del Brisa Huracanada, ya que no era muy prudente el disparar, consiguieran abatir un par de ellas y tal cosa, por descontado que sí, alegraría el insípido capón de galera en que ya se estaba convirtiendo el rancho. A la puesta del sol, la primera chalupa llegaba desde tierra y ensogaba a un cornúpeta de quinientas libras, la candaliza de la cangreja lo izaba a la cubierta por la lumbrera de carga abierta a dos hojas y, arribaba hasta el pañol de vituallas. El cocinero y el subalterno matachín desollador, despellejaron y seccionaron aquél robusto animal, antes de que la segunda res ascendiera al barco y para colmo, una tercera, aseguraba chuleta a la tripulación durante cuatro días. Pero la fortuna de los ballesteros no la compartirían los hombres del Tiritaña y el Pinzote, que dieron una completa circunvalación a la Cañavera en busca del navío del Bolabarda, naturalmente sin hallarlo. El Pinturero calculó bien la jugada, pues conocía a sus adversarios y obrar de otra guisa en ellos era casi imposible. A eso de la medianoche, el señor Bolabarda era despertado e interrogado de nuevo, pero esta vez, con una daga en la nuez:


--- ¿Dónde se esconde vuestro barco? Decidlo o morid.


--- ¿Olvidáis que soy comerciante caballeros? Ahora os podría embaucar y mañana moriría igualmente, o bien deciros verdad y mi destino no permutaría. En cambio, sí respetáis mi vida y derrotáis a mi enemigo, os daré cincuenta mil barras más.


Nunca el señor Bolabarda estuvo tan cerca de agusanarse y, nadie piense que salvó el pellejo por prometer un tesoro, que la piratería nunca fía en promesas ni en juramentos, pues menosprecian su respeto o cumplimiento. Lo que en realidad impidió la horrible gargantada de sangre, fue su ficticio parentesco con el odiado emperador, un embuste de tamaña holgura y desfachatez, que ni a los retrecheros embaucadores de tracamundana se les pasaría por la sobreceja. Cuando se posee parentela de cierta alcurnia y, en el caso del señor Bolabarda no podía ser mayor, el capital originado por el rehén a rescatar, es casi seguro, que la enorme codicia de un pirata a de saciar. El Pinzote por fin, habló y dijo:


--- Está bien, prolongaréis la vida de momento, pero sabed que si al terminar la misión la plata no existe, las hormigas rojas darán cuenta de vos.


Siete horas más tarde, el sol centellea remisamente por el cerro del Chiflado, un altozano de roca caliza y matorral sediento y aventado, que a media legua del poblado, debe su nombre al talante de un tullido desquiciado. En la isla, los filibusteros lo utilizan en contadas ocasiones como atalaya, pero hoy, esconde al Pinturero y a sus mejores hombres. En total y tras la opípara cena a bordo del Brisa Huracanada, trescientos veinte voluntarios y su audaz comandante al frente, desembarcan en la Cañavera con las penumbras aliadas de la noche y, después de tres horas de marcha, ascienden al cerro mencionado por la vertiente opuesta al poblado y ahora, con el levante a la espalda, allí quedan agazapados observando a sus adversarios.


En el fondeadero y en los bajeles ancorados el ajetreo es descomunal, los cuatro capitanes aúllan ordenes a diestra y siniestra y toda la gente, horda de dos mil, acaloran su cuerpo en obedecerlas. Por una vez, no es el miedo al garroteo quién les azuza, sino el botín abultado que se husmean. A mediodía, la Pezonera del capitán Legaña iza el ferro y a trapo colmado fuga de la ensenada en busca, naturalmente, del ficticio galeón perseguidor del señor Bolabarda; diez minutos después, lo hace el Tirabuzón del Mostacilla y, en pos de ellos, la Salamandra del hijo mudo del Pinzote y el Sobreviento, patroneado hoy por el Tiritaña, abandonan a mismo rumbo la bahía. El Pinturero espera que las velas se alejen lo suficiente y ordena prender la fogata de aviso acordada con el señor Pipermin. Algo después, el Brisa Huracanada aparece en la distancia dejando atrás los altozanos de la Perdularia que le sirvieron de escondrijo. Así planeado, se da tierra a la hoguera y el descenso en dirección al vecindario comienza. A muy poco tardar, la nave irrumpirá en la ensenada cañoneando lo que le resta y el Pinturero con su gente, bien armada, en el arrabal. Nada en absoluto puede ya quebrar la victoria de nuestro capitán, la chusma de guarnición aunque muy numerosa pendonea carente de mando y además, desconoce la escasez de pólvora en el navío. Por tal motivo, dos horas más tarde y pillados entre dos fuegos, los defensores del villorrio se rinden en tropel y el señor Bolabarda y su escolta, son rescatados sin rasguño alguno.


El Pinturero corta la cuerda que aprisiona las manos a la espalda del contramaestre Bolabarda y dice:


--- Señor Bolabarda, mis respetos por tanto arrojo.


--- Gracias capitán, pero pienso que un contramaestre del Brisa Huracanada no puede hacer menos.


--- Quizá tengáis razón, pero en ese caso, un comandante tampoco puede estar más orgulloso de su oficialidad.


En poco más de una hora, la cautiva chusma fue confinada en los sótanos de una chanchería con las manos ensogadas a la espalda y un saco de capirote y, suponiendo el comandante Pinturero y con razón, que cualquiera de ellos se dejaría lapidar antes que delatar el polvorín, se orientó por la calle más ancha hacia la plaza del suburbio y allí, a un individuo que purgaba su castigo atrancado en un cepo de manos y collarín, preguntó:


--- Soy el capitán Pinturero, os daré libertad a cambio de conocer el paradero de la pólvora.


--- Sea, pero solamente si me enroláis en vuestro barco, pues de seguir en la Cañavera prefiero el virote.


--- Decid entonces sin patraña vuestro nombre, vuestro empleo y el fundamento del arresto.


--- Me llaman el Chiripas, soy juanetero ensogador y el motivo del grillo, no es otro que un tropezón y mi mala estrella de siempre.


El pinturero atónito por la respuesta dijo:


--- Explicad eso. ¿Estáis enzoquetado así por un tumbo de mala suerte?


--- Un resbalón cien veces maldecido, que salpicó de caldillo la casaca del capitán Tiritaña. Por ese y otros incesantes fiascos, me apodan como sabéis.


Tras la sonrisa del Pinturero y la compaña, que carcajada no es justo soltar con un postrado, el Chiripas fue liberado y en razón de su estado, pues apenas podía equilibrarse anquilosado como estaba, un tripulante del Brisa Huracanada lo aupó a su espalda y así, mientras el comandante se dirigía a su nave en pos de un merecido descanso, el señor Pipermin, y aquellos marinos que no participaron en la extenuante caminata, encontraron el depósito de armas y comenzaron el traslado.


La cosecha fue de pañol atestado y no solamente de pólvora y munición, también se hallaron mosquetes, picas, culebrinas, pistoletes, sables, floretes cimitarras, venablos, ballestas para garfios y utillajes de toda suerte, que son necesarias para las artes y oficios que se desarrollan en un navío. El astuto Cangrejo Pingo estaba bien surtido desde luego y, por cierto, puestos ya en aludir al indeseable personaje, no estaría de más, acercarnos algo a su actual paradero:



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De los veinte supervivientes apretujados en el esquife, más el capitán mencionado y su contramaestre Guindilla, solamente llegaron a tierra y muy maltrechos diecisiete; el resto es de suponer, pues no se dispone de reseña probada de lo acontecido, que de seguro estarán ya milongando en el infierno. Una vez en la costa, la pandilla dirigió sus pasos en busca de pitanza y acomodo y como suele suceder, lamentablemente, a un pobre labriego deslomado de continuo para mantener a su familia, le tocó en mala suerte la charanga. Un día después, el desdichado campesino se quedó sin carreta de espigar y dos bueyes, pero por lo menos, respetaron su vida y la honra de su mujer, seguramente, esto último, debido a la debilidad que arrastraban. A la semana sin contratiempo para ellos y con siete fechorías más en su haber, llegaron a la ciudad de Cruces y, con la idea de afanar un barco, para regresar a la Cañavera, dieron al puerto con sus huesos.


El Cangrejo Pingo como sabemos, no es un buen marino, pero tampoco puede decirse que tenga a la diosa fortuna de su favor, pues el bajel elegido y abordado para apropiarse y maniobrar, resultó ser una goleta de recreo de un poderoso armador, que amigote del gobernador de la plaza, compartía con él sus desafueros en el barco y, por supuesto, en la cubierta y el puente de rueda, el Cangrejo Pingo no encontró más que a cuatro tripulantes a los que inmediatamente sometió, pero en el sotapuente, treinta granaderos infantes de marina a cuál más bregado en batalla, frustraron en cuatro minutos el asalto. En definitiva, que pasaron de náufragos a presos en siete días, así que sigamos con lo nuestro.
SIGAMOS

Última edición por marquimar; 19-Dec-2012 a las 03:11
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El Pinturero con la situación controlada en la isla y el Brisa Huracanada atestado de carga de combate, ya no tiene necesidad de tomar derrotero y por eso sin dudarlo, opta por permanecer con el fondeo y en vista tal, decide visitar al comodoro civil del archipiélago. El citado comodoro, o quizá mejor dicho burgomaestre, ostenta el rango que su despacho de real ordenanza le otorga, pero no así el poder, pues cuando el déspota Cangrejo Pingo llegó a la Cañavera, ocupándola a sangre y fuego, tras humillarle azotarle y deponerle, lo confinó en un trapiche abandonado y ya desde entonces, ni asomar la jeta por el poblado; nuestro héroe llegó al alejado y ruinoso molino y al cabo, encarándose con él preguntó:


--- ¿Sois vos el burgomaestre regidor, o bien desatino?


--- Acertáis caballero, yo soy. ¿Quién lo requiere?


--- El capitán Pinturero, vuestro libertador.


Cuatro horas después, el agradecido comodoro vistiendo sus deslustrados y raídos entorchados, irrumpía en el poblado junto a su providencial valedor y sin más demora, pues era él, persona voluntariosa y ecuánime, comenzó la peliaguda tarea de organizar nuevamente y a buen juicio la colonia. Es por descontado, que debería en primer lugar recibir acucioso auxilio del corregidor más cercano y luego, deportar a la podredumbre apresada con rumbo a galeras, pero con el amparo del Pinturero, todo eso sería posible.



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A todo esto, casualmente y por pura chiripa del destino y desastrosa para el Bocapuerca, la flota comandada por los cuatro rufianes hace contacto visual con el Bichero y, el descalabro se avecina para él sin remisión, pues al tresbolillo de combate, cuatro velas se acercan por la vía de babor. El de la cofa canta:


--- ¡Velas a babor, flotilla en posición de trifulca!


El Sanguijuela, sorprendido en las tablas del puente jugando a los dados con toda la panda de ojeo en cubierta, se levanta al instante nervioso y escupiendo el postrer salivazo del día, pues ya en adelante tendría las tragaderas como un erial, encara el catalejo con ansia y al punto alterado, grita a desgañitarse:


--- ¡Zafarrancho, despertad al capitán, zafarrancho!


Cuando el Bocapuerca llega al puente inquieto y precipitado, apestando a ron y abrochándose la casaca con una sola mano y con la otra, arrastrando por toda la cubierta la bandolera del sable, la distancia entre la flotilla y el Bichero es escasamente de una milla. En el páramo marino y con mar despejado, es inverosímil tal cercanía sin ser avistada cualquier vela a partir de la cubierta de un galeón y mucho menos, desde la cofa del pilote mayor. Así pues, el oteador que con su dejadez otorgó a la flotilla tan peligrosa aproximación, fue muerto a perdigonazos de mosquetería en un santiamén. El vil Sanguijuela debería correr la misma suerte y lógico que la correría, pero de momento, el Bocapuerca le necesitaba.


--- ¡Nave a paño entero, la caña a estribor, a barloventear!


La maniobra ordenada sin duda retrasaría el encuentro a distancia de tiro con los perseguidores, pero en absoluto podría evitarlo. El bergantín Tirabuzón va a la cabeza de la formación, la Salamandra del Pinzote algo más retrasada a su derecha, la Pezonera en línea paralela a su izquierda y por último, el galeón Sobreviento, que gobernado por el capitán Tiritaña de continuo a rectificar, viene ahora enseñando la amura de babor y otrora la de estribor, pero sin duda va llegando. El Bocapuerca sabe perfectamente a que fin y con tal prisa se avecinan sus colegas, lo único que no entiende y daría la única oreja que le queda por saberlo, es qué pinta en la camarilla el Sobreviento, pero como a mal pensar no le gana ni un escomendrijo de la rahez más indeseable, supone que el Cangrejo Pingo le ha traicionado.


El Tirabuzón del Mostacilla traga millas como perro famélico mendrugos y en dos horas de persecución, las olas removidas por la pala del Bichero entran en contacto con su tajamar. El Bocapuerca ha emplazado dos chimeneas en el codaste de popa con el fin de cercenarle algún palo, pero debido al trapo lleno y al columpio de cabezada por efecto de la marejadilla, no logra su pretensión y así, un artillero tras otro, pugnan por conseguirlo a turno de tiro para ganarse las quince monedas de recompensa. Pero aunque el premio no es crucial en la puntería, el capitán ahora brama:


--- ¡Sanguijuela, que sean cincuenta monedas!


El Bocapuerca empieza a preocuparse seriamente y desde luego que tiene ahora un excelente pretexto, pues el bergantín tras él, a la zaga y bien puesto en cabecera de la racha, ya comienza a cazarle el viento de las velas rastreras y con ello, a demorarle. Y al parecer, esa debe ser la jugarreta de la flotilla, pues sacrificando a sabiendas el bajel del Mostacilla, sobran posibilidades para mandarlo a pique. El Bichero ya no puede cobijar otro remedio, que sacudirse a cañonazos a su enemigo de la popa, de otro modo, en caso de cantear y presentar las baterías de costado, podría encontrarse al Bergantín dentro de su panza, pues la marcha y el fuerte viento permitirían a su perseguidor, tomar el derrotero de ariete. Esa es la comprometida situación y si no consigue rendirle algún palo, el Bichero no tendrá más remedio que recoger paulatinamente el paño hasta capear a palo ciego, de tal guisa, que el Tirabuzón vaya perdiendo empuje y en caso de una topetada, el daño no sea irreparable. Natural que esa maniobra es precisamente lo que está aguardado el resto de la flotilla para alcanzarle.


--- ¡Sanguijuela, dos brulotes al agua!


El Bocapuerca desvaría, pero por intentarlo que no quede. El lugarteniente cumple la orden de inmediato y dos chalupas cargadas de trapos aceitados y maderos y sujetas de proa con un cabo largo, al agua se descuelgan una por el costado de babor y otra por estribor. Una vez la corriente las separa del Bichero, desde los portones del tercer puente, las antorchas son lanzadas y prenden en ellas; a partir de ahora, los braceros van soltando cabo y las chalupas convertidas en brulotes, avivando fuego, van acercándose con mucho peligro al bergantín. Pero como decíamos, inútil maniobra, pues con el cariz de marejada y soplo fuerte en las crestas del oleaje, las salpicaduras poco a poco se encargan de apagarlos. Mientras tanto, el capitán Mostacilla, con la palazón del bergantín intacta de momento, pero con seis agujeros en el trapo, intuye la tajante necesidad de dar cese a las perforaciones y por ello, decide cañonear al Bichero antes de perderle las espumas. Así pues, cuatro piezas se fijan a ambos lados del bauprés en la punta de proa y con superior ventaja en la puntería, pues la anchura de un galeón duplica la de un bergantín, empieza el fuego de respuesta.


--- ¡Fuego a la fachada por el centro!


El Bichero recibe dos de los cuatro disparos, que atraviesan por la fachada a la altura del segundo puente, pero lo más que hacen, es traspasar el casco por debajo de los ventanillos de la camareta del archivero y astillar los mamparos secundarios del espaldón, y ya de paso, y eso es un mayúsculo resbalón estratégico del Mostacilla, alertar al Bocapuerca en las intenciones de sus enemigos, pues rápidamente entonces, los voceros de entre puentes cantan los daños y el Sanguijuela da la novedad al comandante:


--- Dos entrantes por encima del flote capitán. Cañonean a los pañoles de maestría.


El Bocapuerca queda pensativo, no comprende el motivo de un cañoneo tan alto y al descubrirlo dice:


--- Esos mugrientos no quieren hundirnos, quieren capturar el navío.


Efectivamente, la idea de los cuatro capitanes es hacerse a ser posible con el galeón, pues con fuerza semejante, nadie incluido el Pinturero comprometería su nave para enfrentarse a ellos. Pero naturalmente, el astuto Bocapuerca ya no teme ser embestido por la proa del Bergantín y por tal causa ordena:


--- ¡A estribor, rueda al canto!


El Bichero empieza a cantear buscando ángulo de andanada y el Mostacilla, sin más opción, rumbea a la contra media de su adversario. La ventaja en la maniobra sería sin duda para el bergantín, pues mientras el galeón recibe el viento y oleaje de costado, su contrario, con el trapo colmado de barlovento puede adelantarle sin peligro y de conseguirlo, el Bichero se toparía con tres enemigos a la cara y un tapón al escape. Pero está claro, que la tunantería de un pirata como el Bocapuerca no debería despreciarse, pues solamente y pasar unos tres minutos rectifica la derrota:


--- ¡Caña a babor, a cerrar hueco!


El Bichero cambia su forzada dirección y el sesgo favorece la tendencia natural del rumbo, de tal forma, que los aparejos del navío reciben de nuevo con pujanza el fácil derrotero y la pala, en rebeldía del viraje anterior, se torna ahora dócil y obediente. El Mostacilla intenta fugar de la encerrona cerrando el paño para aliviar al bergantín y retrasarlo, pero cazar el trapo mayor con tal ventolera y desfogarlo, es empresa demasiado complicada. Tan solo y encarar, el galeón hace fuego despiadado con todo lo que tiene en el costado. Las tripas del Bichero se zarandean con fulminante descarga y el humo denso y gris esconde por unos instantes el navío. El Tirabuzón ha recibido la rociada a tan corta distancia, que los balines atraviesan y se llevan consigo lo que tientan. El bergantín pierde el aparejo como la guadaña hace perder al trigo su raíz y a partir de las palomas de percha rasas, nada se salva. La cangreja cuelga con peligro sobre cubierta a media altura y el madero mayor, tanto como el trinquete, penden en equilibrio insólito sobre la borda. Perchas y botalones, trapo y maderos, cabrios, cabos y faluchos, se apelotonan en cubierta a completa barahúnda. El Mostacilla ya no puede gobernar, la rueda de tutelar está quebrada en dos, la espadilla de repuesto duerme en la bodega pues nadie pensó en su necesidad y a consecuencia de ello, aunque sin arboladura de poco fuere menester, la nave deriva de flanco empujada por el fuerte viento y con ventaja para los cañones del Bichero. El Bocapuerca ordena fuego a discreción y los artilleros jalean a su capitán; la gente de la maniobra en el palomar arremanga un tanto, pues el fuego graneado requiere trapo a media para ceñir bien la puntería y evitar el bamboleo y, toda la turba en cubierta, se asoma a la borda para contemplar el azote y hundimiento de su enemigo. Uno tras otro, recibe el bergantín los aguijonazos, las cuarenta chimeneas escupen sin más provecho que la diversión de sus servidores y las apuestas de tiro caprichoso, para prolongar el jolgorio, es el único motivo de aquel innecesario cañoneo, pues el bajel del Mostacilla, desde la primera andanada ya no supone ningún riesgo.


Un comandante como el Pinturero, jamás pondría la nave en peligro de ser alcanzada por el resto de la flotilla con la única y mentecata intención del ensañamiento y, menos por supuesto, ordenar fuego de siembra con tres adversarios tan impulsivos a la popa, pues es palmario, que no existe santabárbara en un navío con perspectivas de pelea larga, que soporte un sangrado de pólvora semejante.


La corbeta del capitán Legaña se encuentra a cinco largos de eslora de la trifulca y con uno menos comenzará a disparar, pero naturalmente, es un enemigo de cosquillas para un galeón como el Bichero. La fragata Salamandra del Pinzote se avecina algo más retrasada y el Tiritaña, con el Sobreviento muy entorpecido por el mal gobierno, viene a media milla tras de su espuma. La equivocada disposición del enemigo y la fácil derrota del primer adversario, dan confianza de éxito al Bocapuerca y ordena:


--- ¡Sanguijuela, capeando a palo seco!


El Bichero recoge el trapo entero y el viento entre los palos no encuentra el que colmar y, en vez de eso silva. Una excelente maniobra para disparar, pues la racha es siempre imprevisible, nada tiene que ver con la ondulación constante del oleaje. El Legaña comprende al instante el grave desafío y rumbea para abrigarse tras el bergantín, pero de muy poco le aprovechará la pantalla, pues el Tirabuzón del Mostacilla, ya naufraga de popa y descubre la quilla de proa en su postrera pirueta. La gente del Tirabuzón en el agua intenta alejarse del bajel en dirección a la fragata, pero la mosquetería del Bichero hace estragos; el capitán Mostacilla, ya apura el último trago del líquido elemento que nunca le gustó, y herido de muerte por una astilla que le atraviesa de parte a parte el pecho a la altura del esternón, se hunde maldiciendo a su enemigo. El Legaña no puede aproximarse para auxiliar a los supervivientes, pues de realizarlo, correría la misma suerte que su colega, aunque de todas formas, de poder hacerlo quizá tampoco lo hiciere, porque menos al reparto tocan a más. Pero el desplante del Bocapuerca capeando a la deriva y corda al pairo, es una temeridad propia de un extraviado como él, pues a no mucho tardar, el Pinzote le dará alcance y poco después el Sobreviento.


--- Alto el fuego Sanguijuela, que se avecinen si se atreven esos puercos.


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Pues bien, si es lo que desea el Bocapuerca, que se avecinen sus enemigos y mientras tanto, regresemos a la Cañavera con nuestro Pinturero. Allí, el corregidor de Palatina a llegado a bordo de su reciente botado y bien reformadocarracón, bautizado por su alteza el príncipe de Mirrana, como el Insigne Justiciador, nombre un tanto rumboso, pero acorde con un bajel de magistrado y, navío de sendos castillos volantes alteros de proa y popa, bien armado y carguero, con combés y toldilla, vela de cuchillo en el palo de mesana y, cruces cuadras en el mayor y trinquete y que además, tras la reforma, resultó algo más grande que una carraca de ceremonial y mucho más escurridizo y marinero que un caramuzal contrabandista, y tal modificación, astuta y muy diestra en el proyecto, le otorgaba sin duda la categoría de único. Su señoría, llega en respuesta a una misiva de su amigo el burgomaestre de la Cañavera y como hace siempre, dispuesto a impartir justicia.





Habitualmente, los gobernadores o comisarios de legislación no embarcaban para impartir la ley en las vecindades, pues los reos o presuntos eran conducidos a ellos y no al contrario, pero en caso tan particular como se daba en la Cañavera, el leguleyo hidalgo señor: Graván de Bustante y Torrelón de la Satria; más conocido en el océano Caliente como el Enlutado Tuercecuellos, tuvo a bien y en ello terció más su amistad con el burgomaestre que su vocación marinera, pues se mareaba en un barreño, el acercarse a la isla para entre otras cosas, incluidas las propias de su riguroso cargo, estrenar de grado y con cuatro vomiteras el navío. Solo poner pie en el embarcadero y tras abrazar a su buen amigo, pero por descontado sin efusiones, el señor Graván de Bustante miró con severidad a nuestro Pinturero y preguntó:


--- ¿Sois vos ese forajido libertador y al parecer protector de la colonia?


El Pinturero, que esperaba las protocolarias presentaciones mucho antes que las obvias preguntas y por supuesto, mejor talante en el magistrado, optó por devolverle la insolente mirada recibida y no contestar. El burgomaestre tampoco abrió la boca por descontado, pues a un corregidor en ejercicio nunca se le interrumpe, no en vano, es de dominio popular que nunca se equivoca. El juez prosiguió:


--- Os advierto señor capitán, que seáis quién fuereis, responderéis a mis preguntas sin dilación y con la verdad o en caso contrario, seréis preso al punto por desacato o falsedad.


El señor Pipermin y el señor Laraña, presentes y a solo tres pasos de distancia, cambiaron una mirada de atención esperando el presumible contrarresto de su comandante y tras ellos, los treinta marinos del Brisa Huracana, acompañantes de la comitiva, cerraron puños en sus armas. A los quince alabarderos del magistrado no les impresionó la perceptible acción, pues un soldado de justicia es intocable. Naturalmente, que la situación no mejoraba con el mutismo del tozudo Pinturero ante las pretensiones del hidalgo letrado, bastante enfurruñado, que insistió:


--- Estamos esperando una respuesta, no colméis mi paciencia.


Como sabemos, al capitán Pinturero nadie ni cualquiera con autoridad suficiente o carente de ella, le conmina en absoluto a nada que no le cuadre y por eso, el desenlace hubiera sido de confrontación instantánea, de no ser por la oportuna llegada de la bella princesa, que apareciendo tras la partida de enrolados en su barco y sorprendiendo a todos, preguntó:


--- ¿No es acaso la paciencia y el estoicismo, el mejor adorno en la sabiduría y cognición de un ecuánime corregidor? ¿No es así marqués de Bustante y Barón de la Satria?


El magistrado torció el gesto y mudó el semblante de color, el desconcierto más infrecuente se manifestó en su rostro al verla y al instante, descubrió su cabeza con la requerida ostentación para dar oportuna venia a la infanta, diciendo imperativo a su escolta:


--- ¡Soldados de la ley, a fila prieta, a rendir lanzas! Alteza Yaurína, mis agasajos y pleitesías.


--- Gracias marqués, sed bienvenido. ¿Un magnifico día no os parece? Cededme vuestro brazo y acompañadme, pues con sonrojo os enseñaré este poblado especie de pandemónium.


--- Como gustéis señora, pero si fuera posible ahora, me agradaría concluir antes la encuesta con mi opositor, aún no he recibido contestación.


--- No es vuestro enemigo marqués, es mi prometido el comandante Pinturero y, no debéis dar trascendencia a su comportamiento, pues seguramente vuestra presencia le intimida.


--- ¿Vos comprometida a un pirata alteza?


--- Quizá mejor diréis, un corsario que ha libertado el archipiélago y ha restituido al principado de Mirrana su relegado feudo.


--- Con vuestra aquiescencia señora, pero un corsario que no proclama credencial o cédula de corso y carece de banderola y de blasón para corsear, debe ser juzgado, es la ley.


--- ¿Pero no exonera de castigo la ley, al infractor que destacare por su arrojo en defensa y beneficio de la comunidad?


--- Condonar o premiar es atribución exclusiva de su majestad, transgredir es contravención o delito y es de mi competencia el enmendar.


--- Ciertamente, pero sabiendo que recibirá perdón y dignidades: ¿no es mejor evitar antes el castigo?


--- El indulto señora viene tras la condena, por lo tanto, el reo debe ser cautivo antes que redimido. Aceptadlo alteza, vuestro recomendado por el momento merece reclusión.


--- Tenéis razón, sí, será muy interesante celebrar mis esponsales en galeras: el patíbulo de altar, el andamio de horca de púlpito, las arras de eslabones, el ramillo de novia de paja mugrienta, el cardenal de verdugo y mi padre, maniático de la limpieza como sabéis, de paje de escoba. ¿Accederéis vos a oficiar de testigo?


--- Comprendí la reticencia alteza real, disculpadme. Trasladaré al príncipe de Mirrana vuestra petición.


El hidalgo Graván de Bustante había comprendido, al contrario que la mayoría de los congregados allí, que aparte de su indudable desdeña bachillera por lamentable ignorancia, a muchos de ellos por dentro les resquemó de envidia la plática. Una princesa no tiene facultad para torcer la voluntad de un magistrado, ni tan siquiera por descontado le sería permitido el intentarlo y muchísimo menos, cuando el consejo de regencia como en su caso, la conceptúa no idónea para la sucesión; no obstante, la naturaleza le otorga poderes a las sagaces damas, que los decretos insidiosos les vedan.


Por la tarde y bien entrado el crepúsculo, el burgomaestre organizó una cena en honor del notable visitante y reunidos en la mesa nuestros amigos, el agasajado y el regidor, el capitán Pinturero esta vez sin necesidad de preguntar, halló todas las respuestas que había buscado en relación a su prometida. La princesa sabía que sin remedio y tras la cuarta copa de vino, el señor Graván de Bustante abordaría el tema y como es natural, prefirió estar presente en vez de excusarse con jaquecas. A tres bocados del segundo plato, ligeras alitas de gallina con verdura y pescado hervido, pues la frugalidad en el comer para el señor marqués era lo inverso que en el beber y de ahí su cacoquimia y pronta borrachera, el incipiente achispado preguntó:


--- ¿Conoce su majestad Tarilabal vuestro paradero señora?


--- Mi padre nunca supo de mi persona, ni antes, ni ahora.


--- ¿Vuestro punzante reproche tiene algo que ver con vuestro pactado compromiso?


--- No hubo tal compromiso, jamás se tuvieron en cuenta mis sentimientos y opinión, por eso sin advertir a nadie me marché.


--- Lamento rectificaros, pero las noticias que tengo confirman el acuerdo, no podéis rechazar al emperador.


A estas alturas de la conversación, al Pinturero se le estaban atravesando las alitas, pero más interesado que otra cosa, sólo despegaba los labios para tragar. El burgomaestre por su parte y desconociendo la materia del coloquio, se daba al intento de apagar su voraz apetito con tan calamitoso refrigerio y por eso, a dedo pringado y servilleta sucia, hacía lo mismo que nuestro Pinturero, aunque por descontado con más fruición. La princesa contestó:


--- La voluntad del rey está condicionada por sus consejeros y en cuanto al emperador, mejor que avance con su protocolario mentor, y aproveche el tiempo en buscarse otra esposa.


Ahora por supuesto que se atragantó nuestro capitán. Por fin, todas sus preguntas habían recibido cumplida respuesta y, no muy buena, pues enamorarse de la futura emperatriz y ser correspondido, más que felicidad auguraba desdicha. El Juez persistió:


--- Sabed pues alteza, que se os reclama en todas las cancillerías del continente. El emperador ofrece una enorme recompensa por cualquier noticia que le lleve a vos y vuestro padre ha enviado legaciones a todo lugar. Me temo señora, que seréis coronada tarde o temprano de grado o por la fuerza.


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Crudas palabras, pero como confirmaremos más adelante, no del todo ciertas, pues la corona a que se refiere el corregidor, no es la misma que la princesa rehúsa, claro está que sus razones tendrá el hidalgo para callar, así que sigamos.


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Un fuerte escalofrío recorrió la piel de la princesa y sin mirar a su amado, pues la vergüenza de desvelar su pasado hizo presa en ella, alargó la mano y con destacada entereza, pues nunca sus papilas habían catado otro líquido que no fuera el agua, se sirvió una colmada copa de vino y de un solo trago la apuró. El vino pajarete aunque somontano, preferido por el marqués y llegado a la mesa desde una barrica de su barco, es un caldo oloroso y dulzón, de fino paladar, muy adecuado para copear a sorbitos y sin lugar a dudas ideal para enlustrecer una conversación, pero en absoluto se le puede equiparar a un aguapié, pues transita lento y zurronero como pocos y, al llegar ventea. Naturalmente, a nuestra bella y abstemia princesa le pareció poca la eficacia del tinto brebaje y no contenta con el resultado repitió. El Pinturero la observaba con ojos incrédulos y más divertido que sensato la dejó beber. El corregidor continuó:


--- Mañana procederé a levantar pliego de lo acontecido en la Cañavera y agregaré con gusto el suplicatorio que vos solicitáis, pero debéis prometerme alteza Yaurína, que vuestro apreciado capitán permanecerá en la isla hasta que se obtenga el refrendo real.


Ahora nuestro héroe y por primera vez decidió intervenir y, acostumbrado como estaba a decir todo aquello que le dictaba la franqueza, preguntó:


--- ¿Porqué su palabra señor, acaso no dais por válida mía?


-- Lamento ofenderos, no era esa mi intención, pero comprenderéis, que a un detenido no procede solicitarle aquello que le violente.


--- Mejor diréis, que no fiais en mi persona y en cuanto a estar detenido, yo también lamento escarneceros, pero ni vos poseéis jerarquía suficiente, ni el príncipe potestad bastante.


Nuestro Pinturero fue el primer sorprendido de su apropiada contestación, al parecer, los modales refinados y ampulosos del señor leguleyo se le estaban agregando. La princesa le miró placida y embelesada y vislumbró en ese mismo instante, que colgada del brazo de semejante paladín tan audaz indómito y sagaz, a nada ni nadie debería temer. El magistrado por su parte, quedó gratamente impresionado por la locuacidad del mocetón y notando en los ojos de la princesa el profundo amor que ésta sentía por él, sin más dudas y recelos en la valía del capitán, decidió favorecer a los enamorados a expensas de su deber y dijo:


--- Veo que la insolencia y osadía no escasea en vos, pero no os engañéis, pues un proscrito de la ley no goza ni obtendrá jamás dispensa de ejecutoria y por descontado, que una vida errante y expatriada, no es el mejor destino que merece una esposa.


A todo esto, el burgomaestre con más hambre que sueño se disculpó fingiendo un bostezo que a nadie convenció y después besar la mano de la infanta se retiró. La vajilla y cubertería regresaron a la cocina a cargo de un soldado del marqués que hacía las veces de criado y catador y poco más tarde, presa de la euforia por los vértigos y lasitud que facilita el vino, pero al mismo tiempo algo indispuesta por parvedad de costumbre, la princesa Yaurína que había comenzado con el hipo, dejó solos a los hombres. El Pinturero a consecuencia de la última frase del señor Graván de Bustante y avizorando que podía confiar en él, pues su estima por la infanta era notorio, preguntó:


--- ¿Qué me aconsejáis vos, señor magistrado?


--- ¿Con relación a qué, señor capitán?


--- ¿Debo esperar que vuestro prontuario en mi defensa surta efecto, o por el contrario hacerme a la mar y buscar navegando mi destino?


--- ¿Amáis a la princesa tanto que no os importe morir?


--- Cuanto más la quiero más temo a la muerte y no soporto el pensar, que por mi causa pueda sufrir. Me aterra abandonarla, es cierto, pero aun así, moriría mil veces por ella.


--- Entonces vuestro destino está de momento en la Cañavera y poco después, con patente de corso, legajo y testimoniales en credencial, surcaréis los siete mares con pabellón y gallardete del principado de Mirrana.


--- ¿Tan seguro estáis del otorgamiento marqués?


--- Vuestro palmarés en batalla no tiene parangón y por eso el príncipe consentirá; además ahora, su alteza Huber de Trania no está en disposición de declinar cualquier ayuda, pues la invasión de Cumbertán es inminente.


El pinturero necesitó unos largos segundos para reaccionar, pues lo oído no tenía ni pies ni cabeza.


--- Un momento marqués, comprenderéis que no puedo unirme al enemigo de mi futuro suegro, más bien debo hacer lo contrario.


--- El príncipe de Mirrana es primo del rey Tarilabal y la guerra no es para derrocarle, pues él, penosamente ya no existe.


--- ¿Qué pretendéis decir, ha expirado el padre de la princesa?


--- Existen algunos indicios de que ha sido ajusticiado, posiblemente el emperador tenga mucho que ver. Ahora estáis comprometido a una reina señor capitán, sed consecuente.


--- ¿Pero cómo habéis podido ocultarle a ella tal noticia?


--- Su graciosa majestad Yaurína de Cumbertán lo sabrá en su momento, debemos impedir por cualquier medio, que un ánimo demasiado emotivo en esta hora de caos y tribulación la lleve a su reino y, oídme bien, os conmino enérgicamente a mantener el secreto.


El Pinturero al principio, no pensaba hacer ningún caso a las últimas palabras de su señoría, pero sólo claro está, hasta comprender las razones del juez, pues si bien ocultarle el óbito a su amada era cruel proceder, ponerla al corriente implicaba un crecido riesgo. El Pinturero dijo entonces:


--- Quizá de saber la noticia, tampoco arriesgaría su persona acudiendo allí, la conozco, es muy juiciosa.


--- Vos solamente conocéis a la mujer, yo conozco a la reina. Vi crecer día a día a la hoy soberana y os aseguro por mi fe, que nada ni nadie la persuadiría de no hacerlo.


El señor Graván de Bustante tenía mucha razón, inteligente y sensible cual ninguna, pero levantisca como nadie, un carácter inflexible y una beldad exuberante, tal es su majestad.


A la mañana siguiente, los soldados del marqués cargaron de cadenas a los piratas capturados por el Pinturero, el recto corregidor dictó una proclama de justicia de folio y cuarto y, el inflexible bando, se escuchó en toda la isla tras el repique inquietante de tambor; aquellos arrepentidos, ya fueran fingidos o verdaderos, quedarían en el archipiélago como presos de dispensa y por descontado, a trabajar de amanecer a ocaso durante veinte años y el resto de turba contumaz, conducidos a galeras a perpetuidad. Natural, que desde el primero al último se confesaron arrepentidos y no es de sorprender, pues no existe trigo más desperdiciado en un reino, según la tesorería real, que el consumido por sus penados en perennidad y, a ese endoso, las tesoros soberanos más pronto o más tarde no se avienen.


La hermosa soberana, todavía sin corona y carente de ejército para sustentarla, despertó al mediodía y tras tomar una tisana, que no enmendó su malestar, regresó al lecho. El magistrado por su parte y enmascarando la insufrible resaca, que no por rutinaria es menos enojosa, daba las postreras instrucciones al señor burgomaestre y el Pinturero, nombrado gobernador provisorio la noche anterior, se congregaba ahora con sus oficiales en la cámara de derrota del Brisa Huracanada, para constituir la regencia.


Como siempre, con una poderosa determinación fruto de su destacada inteligencia e irrefutables dotes de mando, el nuevo gobernador se dirige a sus oficiales:


--- Vos Pipermin, permaneceréis en el navío con mando interino de comandante. Vuestra misión a bordo, vigilar y defender el archipiélago y alertar a la guarnición de cualquier peligro.


--- Pondré en ello todo mi empeño señor.


--- Laraña, vos fuisteis campesino, por eso os reservo la difícil tarea de organizar la campiña en explotaciones de sustento.


--- Mucho ha cambiado el procedimiento de cultivos capitán, pero en fin, lo intentaré, podéis confiar.


--- Señor Bolabarda, a vos os atañe otra vez la peor parte: vigilaréis que la tarea encomendada a los penados sea fructuosa y avance con presteza y también, atenderéis a sus necesidades.


--- Señor, esa chusma tiene mal gobernar, no seré capaz.


--- Quedad tranquilo, el corregidor deja en la isla a un capitán de prisiones y un teniente de alcázar, ambos muy bregados en el trato de convictos.


--- De todas maneras, necesitaré a muchos marineros del Brisa Huracanada para vigilar a tantos presos.


--- Eso no será preciso Bolabarda, pues ciento cincuenta soldados del Insigne Justiciador, quedan a mis órdenes como gobernador en funciones y esa tropa adiestrada, estará a vuestro mando.


Terminada la breve reunión y dispuesto nuestro comandante al abandono del navío, recuerda al príncipe Solim y pregunta interesado:


--- ¿Se puede saber por dónde trajina el emir? Hace una semana que no le veo por ninguna parte.


El señor Laraña contesta a la pregunta de su comandante con absoluta premura y concreción:


--- Está tirado en el suelo de su camareta sin turbante, sin babuchas, sin cordura y con una barrica de ron y un cacillo.


--- ¿Y a qué viene semejante astracanada?


--- Es a causa de los mejillones, han escabechado.


El Pinturero se dirige entonces al camarote del mencionado y solamente asomar, un fuerte olor a putrescencia casi le tira de espaldas. Los moluscos siguen corrompiendo dentro del cofre y las heces y orines del embriagado emir, hacen del churripuerco aposento una intolerable zanganada. Nada, absolutamente nada, puede explicar una incidencia parecida y en consonancia el capitán determina:


--- Pipermin, ventilar y limpiar la camareta y a nuestro invitado sin recatos por la borda. Cuando esté sereno y presentable, que se persone en el gobierno del poblado.


El Pinturero seguidamente ordena desembarcar veinte piezas de artillería, los efectos personales de su cortejada y los suyos. Con gusto trasladaría también el lecho, pues la costumbre en el yacer no consiente otra cama que la propia, pero desmantelar y más tarde restaurar de nuevo los ventanillos que es por donde entró, se le antoja ahora un afán innecesario y más, cuando los carpinteros están atareados colocando en su lugar habitual a la reina del mar, su preciado mascarón.




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Última edición por marquimar; 14-Dec-2012 a las 07:19
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Cuatro horas tardó en presentarse Solim ante el Pinturero y a consecuencia del chapuzón de espaldada, el espasmo del susto, y la diarrea que facilitaron los cuatro litros de agua salada que tragó, su aspecto ya no podía empeorar. El interfecto dijo:


--- Aquí me tenéis señor gobernador, muchas gracias por el maltrato.


--- Ya veo que conocéis mi nuevo cargo, pero también conozco yo con bastante disgusto vuestro tambaleo. ¿Tan importantes eran para vos esos bichos?


Solim asiente con la cabeza humillada y fatigado como estaba se sentó. El Pinturero le mira con lástima y añadiendo a su voz un tono más conciliador le pregunta:


--- ¿Pero acaso pensabais seguir de beodo atarantado y enroñado como un escarbaorejas de covachuela?


Solim no está para discusiones y aunque reconoce que su conducta en los pasados días no fue la de un regio heredero, tampoco admite que el trato recibido fuese muy acorde con su persona, así que contestó con resentimiento:


--- Disculpad mi comportamiento, pero yo lo he perdido todo y en cambio vos, mucho más sátrapa, por lo menos conserváis la mitad de la plata.


Nuestro héroe acusó la hiriente respuesta, pero superando el impulso de contestarle como se merecía, continuo indulgente y con una pizca de ironía preguntó:


--- ¿Esos moluscos lo eran todo para un futuro sultán?


--- Así es capitán, ahora el califa de Alitara destronara a mi padre.


La capacidad de sorpresa en el Pinturero estaba menguando a marchas forzadas con tanta novedad y es muy lógico, porque en las últimas horas se apiñaban las primicias y revelaciones. Esperando pues otro testimonio como el escuchado poco antes en boca del juez, aunque el develamiento que aguardaba en éste momento fuese con holgura menos creíble, insistió:


--- Según deduzco de vuestras palabras, esos mejillones eran el talismán salvador de vuestro sultanato. ¿Es eso posible?


Olerei-muzá no podía con su alma, necesitaba con urgencia un estímulo corporal en forma de botella, pero naturalmente, el nuevo comandante gobernador y debido al episodio reciente no se lo permitiría. De todas formas, a consecuencia de su gran amargura y quizá en parte a la molienda física que proporciona la toxemia, el derrengado emir decidió desvelar su secreto y ya de paso, si con ello obtenía un trago de su ambrosia, mejor que nada.


--- Mi confesión a cambio de un botellón capitán.


--- Mejor diréis, que vuestra confidencia al regateo con vuestra salud, lo lamento, no interesa el trato. Además, he prohibido el consumo de ron en toda la isla y el castigo no es meñique.


--- ¿Ni tan siquiera una mínima cata de vinaza aunque fuera de sarmiento silvestre?


-- Desistid Solim, hoy no beberéis en mi presencia. Y en cuanto a los mejillones, igual será para mí el saberlo como el ignorarlo.


La docilidad del Emir toca fondo y dominado por los vigores malhumorados y encabritados que le promueve la inaguantable abstinencia, se levanta y dice:


--- No son mejillones capitán ignorante, son ostrones negros.


--- Ostrones o mejillones, ¿cuál es la diferencia?


--- Perlas negras como balines de mosquete. ¿Os parece escasa la diferencia señor inteligente?


Pinturero de momento no contestó y seguramente no lo hizo, porque le fue imposible proferir una palabra coherente. En un relampagueo, pasaron por su alterada mente uno a uno los lances relacionados con aquellos moluscos y comprendió apenas sin esfuerzo, lo avecinado que estuvo de dar fin a su abominado oficio. Cuando al cabo retornó de sus confusos pensamientos preguntó:


--- ¿Es mucho curiosear el saber que cantidad pensabais exigir a vuestro primo por ellos?


--- Quinientos mil benadires, de oro naturalmente.


Al Pinturero se le soltó el pie del travesaño de la banqueta y no es para menos, pues apenas con diez mil piezas de ese amarillo metal, cualquiera podría construir otro navío idéntico al Brisa Huracanada. Natural que lo sorprendente, es que tal cantidad pueda poseerla ningún monarca y por eso, preguntó incrédulo:


--- ¿El maharajá dispone de semejante fortuna?


--- Su majestad Darahí de Marayana la centuplica. Las minas de oro más grandes y productivas del continente se encuentran en Puntalabar.


--- Entonces no me lo explico Solim, ¿para qué quiere unas perlas?


--- Porque eran negras capitán, ¿recordáis? ¡Negras!


Ciertamente, que todo ser humano con desmedidos tesoros, más pronto o más tarde se degrada a si mismo cabrioleando en su petulante extravagancia y desde luego, aunque muy bien no se acepte y, siendo verdad el antojo por lo negro del chaparrudo rajá, feriarle a caprichos siempre resultará negocio inmejorable para quien lo hiciere. No obstante esto, nuestro Pinturero en alguna ocasión había escuchado la existencia de perlas negras, pero claro, nunca le otorgó a tal habladuría otra validez que no fuera el disparate y debido a ello, inquirió:


--- Pero, ¿cómo podéis adivinar que esos alevines darían perlas negras?, tengo entendido que ni las blancas son frecuentes.


--- Es una simple habilidad a mí revelada, por la cual de cada diez ostrones manipulados se obtienen cinco perlas.


Nuestro indagador comandante no alcanza a dar crédito a las palabras del emir, más, como todo buen observador percibe siempre con asombro inagotable, la sabia naturaleza está llena de misterios por desvelar y por esa sencilla razón, persigue más instrucción del asunto para formarse un acertado juicio. De lo que sí sabe el capitán Pinturero y mucho es de interrogar, pues a una pregunta demasiado concreta en cuestión tan sugestiva, lo habitual es recibir negación o silencio por respuesta, pero y, aprovechando la ocasión pues Solim le ha tildado de ignorante, nuestro paladín persevera por el eficaz derrotero del despistado despistador y dice:


--- Os recuerdo ahora amigo mío, que la pólvora ya está descubierta y por descontado, que yo no creo en mayores milagros.


--- Vos solamente entendéis de barcos y nada más; pues oídme bien señor zarramplín: si es introducido un grano de arena en los ostrones, de forma tal que no puedan expulsarlo, para evitar el molesto roce lo van recubriendo de nácar y así, nace una perla. ¿Concebís ahora?


El argumento de Solim es tan verosímil y tanta su pasmosa simplicidad, que el más zote de los gurripatos lo comprendería al instante. Quizá no sea tan sencillo y simple como lo expone el enzalamado príncipe, pero a fin cuentas, a un hombre de mar como el capitán Pinturero, mucho mejor le acomoda el cultivar ostrones para conseguir las perlas que profundizar en tierra para obtener el oro. Al prometido de la nueva soberana no gustan las lagartijas y por supuesto que preferiría ser almirante antes que gobernador, pero quien sabe, puede que todo llegue.


--- Mis dudas han concluido alteza, os creo. Me gustaría saber dónde conseguisteis esos fabulosos ostrones, pero nunca os lo preguntaré. Solamente os diré, que si alguna vez necesitáis un asociado y yo, soy a vuestro criterio de fiar, contad conmigo.


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Dejemos por el momento que Solim Olerei-muzá especule con el ofrecimiento del Pinturero y regresemos junto al Bocapuerca en el Bichero, pues acorde a sus absurdos deseos, la flotilla le ha dado alcance y lo tiene cercado. Natural es, que acorralar a un galeón no es lo mismo que poner cerco a un jabeque atunero y cualquier filibustero, por muy bodoque que sea, con cicatrices o sin ellas en la badana lo sabe. El viento amainó por fin y una suave brisa acaricia el paño, pero por tal causa quizá se tarden horas en decidir la maniobra de combate y mejor será, pues el trapo cenceño es inadecuado para forzar el zafarrancho. Claro está que éstos, resolverán lo que les apetezca, porque con mentes tan obtusas cabe esperar cualquier decisión improcedente.


El capitán Bocapuerca en el castillo de popa junto a la rueda, grita para que toda su chusma le oiga:


--- ¿A qué aguardan esos mandilones para empezar el zafarrancho?, ¡¡¡Atufan a calzas sucias!!!


--- Así parece capitán, nadie se atreve con vos.


Al Sanguijuela le interesa con mucha urgencia pacificarse con el Bocapuerca y aunque de poco sirva el pastelear entre los filibusteros, porque la adulación y el lameteo no rescata de morir a un lavaculos, por intentarlo piensa él se pierde nada. Así que mientras tanto, en la fragata Salamandra del hijo mudo del Pinzote, el dilema atenaza su arbitraje:


--- Sin soplo no podemos arrimar, si no arrimamos no podremos abordar y si no abordamos, ese fachendoso crecerá.


Puede parecer una tontería preocuparse por la fanfarronería del Bocapuerca, pero con certeza no lo es, porque la moral en el combate es objeto primordial y en la mayoría de pendencias el más engallado suele aventajar. De todos modos y aunque con un barco menos, los tres comandantes deberían acotar ya sus vacilaciones, pues superan en cañones y mesnada a su enemigo. Sin duda, el mayor inconveniente para principiar la trifulca tenga mucho que ver con la gran impericia del Tiritaña, que al mando y gobierno del galeón Sobreviento, más parece un grumetillo anudacabos, que un experto capitán.


--- ¡Atento el castillo, chalupa al agua en el Sobreviento!


La voz pertenece ahora al vigía de la Salamandra, pero en la toldilla de las cuatro naves se escucha algo similar, no en vano, todos están al acecho de cualquier maniobra del resto y claro, con mucho más interés el Bichero, que por necesidad obligada dispone de nueve hombres en las cofas. Al parecer, el Tiritaña desea tomar consejo del Pinzote, pues en esa dirección arrima la chalupa y es natural, la cuestión a dirimir no es posible con señaleros de banderola, pues el Bocapuerca también conoce los códigos. Un rato corto después, el Tiritaña y el Pinzote se saludan:


--- ¿Qué tripa se os menea Tiritaña?


--- No puedo capear con un galeón, no atino a orientar el rumbo, si la rueda me pide de babor, al rectificar la guiñada se descabala el derrotero y me obliga a pasarla por estribor y si vuelvo a rectificar, otra vez flamea.


--- Pues al centro aseguráis bien trabada la rueda con calabrote de tres cabos y fin de la cuestión.


--- Eso ya lo hice, pero al instante me colea de popa y deriva de costado. Es completamente desobediente a la barra.


--- Entonces apiñad todo el paño en la seca de mesana, sobremesana y sobreperico, así soplará más en la mayor para estabilizar.


--- Ya lo he pensado, pero creo que de esa guisa puede cabecear de proa y así, tendré que lastrar el puente bajo de popa; además, si voy cazando una parte del aparejo me retrasaré.


--- Pues para no cabecear ni entorpeceros como decís, recoged el paño del sobrejuanete de proa y sobrejuanete mayor y si ya, tan necesario fuera, también el fofoque y contrafoque.


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A saber en que semillero de navegantes les han dado a éstos tarados la credencial, porque es de pena escucharles. ¿Desde cuándo que un galeón se gobierna únicamente con la pala? Parece mentira que semejantesceporros a más no poder embobecidos, puedan ni siquiera manejar un sextante. Por descontado que es muy posible comprender y la paciencia nos ayuda a ello, que para un capitán de goleta, siempre acostumbrado a capear con palos enterizos y tres perchas por pilote, más la profusión de estayes, burdas, obenques y obenquillos a las bandas, que bien afirman y, casi sin contraestayes a la popa, que mucho retienen y además, con la superior encastadura de una fuerte basada en cubierta; pues es bastante lógico que pretenda el Tiritaña gobernar deespadillón. Pero lo que ya no es de pasar y nos indigna por insoportable, es que el comandante de una fragata sea pirata o no, que navega en un velero de palos machos, que basanaligual que un galeón bien encajados en la sobrequilla y, que se prolongan hacia lo alto con masteleros hasta la tercera jarcia y un mastelerillo hasta la espiga, sin olvidar, que su arboladura máxima, es de seis palomas de velamen y con una cangreja de medio recorrido en el palo de mesana; sea capaz por ineptitud o desidia, de aconsejar a un colega como lo hace. Y no es que sea solamente lamentable, es que se le carda el pelo a cualquier buen marino de lo inaguantable. Así que de momento, ahí se quedan charlando esos zopencos y regresemos con el Pinturero.


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El marqués zarpó con rumbo a Palatina y al capitán Pinturero se le amontonan los problemas en el gobierno; pero nada que temer, pues las dificultades de nuestro comandante son de índole técnica y no mental.


Los reos forzados se organizan en cuatro grupos: el primero con el teniente de alcázar al frente, se hace cargo de la construcción de los murallones para emplazar los cañones de la defensa y la mayoría de los pedruscos que necesitan para ello, salen de los campos a limpiar que dirige con su partida el señor Laraña. Más pronto que tarde, la tierra yerma se trocará en productivo huerto. Por su parte, el burgomaestre emplea a la pandilla que le han asignado en la restauración del poblado y el avezado capitán de prisiones, con sus tres pelotones, caza y pesca de continuo para proporcionar alimento y en esa tarea, la balandra del señor Bolabarda viene que ni pintada.


A todo esto, la reina Yaurína ya confesa desleal con el vino y para siempre, despilfarra su tiempo en la absurda intentona, de que las cuarenta prostitutas de la Cañavera, pues otras hembras ya no habitaban en ella, se interesen en cambiar de costumbres y se eduquen en el arte de conquistar a los hombres como esposas. Es una tarea que se adivina muy difícil y no es de asombrar, pues hasta la fecha el servicio de ramería era obligatorio y el beneficio ninguno, muy al contrario que ahora, por que los disciplinados soldados de la ley primero solicitan y al terminar pagan, una auténtica maravilla. No todas por descontado, están satisfechas con su obscena profesión, pero sí la mayoría, pues no debería olvidarse por aquellos que tanto las censuran: que esposa de soldado es viuda segura, que hembra de campesino es carro de carga, que mujer de pescador es indigente aleatoria y que matrona de artesano como siempre ocurre, acaba siendo lavandera de particulares, pues al marido en muchas ocasiones le deben los encargos. Y ya solo quedan las señorasde los hacendados mercaderes, los bachilleres graduados y los nobles, que son destinos siempre disputados y reservados en exclusiva a las vírgenes hermosas, requisito a cumplir en el colectivo de rameras, insuperable.


Lo más apremiante ahora para nuestro novato gobernador de la Cañavera, aparte de la simiente indispensable de hortalizas, es obtener lo antes posible aperos de labranza y cabestros de tiro, porque las reses cimarronas no entienden de vara ni de yugo y, como es natural, en breve plazo será muy necesario maíz y trigo para alimentar como es menester a la colonia. Pero con eso no acaba su cometido, pues lo siguiente y no menos importante, es la mutación de alguna sucia corraleta para convertirla en un aséptico lazareto y ya de paso, hallar y remunerar a un galeno, a ser posible yerbatero y medio cirujano que lo gestione. Y suma y sigue sin paréntesis, pues el sucio arrabal exige tanto como el comer: letrinas municipales, abrevaderos y caballerizas, una escuela, un lavadero público, un granero comunal, pocilgas y rediles, un atracadero, un tinglado de astillero y ya por último, colonos. Al Pinturero se le olvida y es muy natural en un marino descuidar esos detalles: el molino, la tahona, el secadero ahumador de carnes y la imprescindible iglesia, pero los inmigrantes a buen seguro se lo recordarán.


En la casa de gobierno, en su origen una alfarería sin futuro y después una taberna boyante clausurada ahora por el Pinturero, escucha éste con toda atención, el informe de sus subordinados. El Bolabarda comenta:


--- Tres han intentado escapar, uno de ellos muerto y los otros dos heridos leves de mosquete.


--- ¿Pero cómo es posible tal cosa, no van engarzados de a cuatro?


--- Se separó el virote un instante para atender a uno de ellos descalabrado, que por lo que parece, es casi seguro, se lo hizo a propósito.


--- Era algo de esperar Bolabarda, ¿qué opina al respecto el capitán de prisiones?


--- Según su criterio, debería convocarse una asamblea general de penados y en su presencia premiar al soldado justiciero, eso según dice, aumenta la puntería en unos y, el escagarruzarse en otros.


--- A fe mía que no es mala idea. ¿Pero qué pensáis vos?


--- Los implicados ahorcados, esos ya no podrán fugar.


--- Es cierto Bolabarda, pero tampoco trabajar, el capitán tiene razón y mayor experiencia, haced lo que pide.


Un patrón de balandra y ahora contramaestre de maniobra, no puede rivalizar en oficio carcelero con un oficial de prisiones al ascenso por escalafón y, ya mucho menos, con un capitán de celadores encaramado al cargo por su valía absoluta y sin clase alguna de padrinazgo. Al mencionado militar, mano derecha del señor marqués de Bustante y barón de la Satria, en su último empleo y por temeridad inigualable, le fue concedida la distinción al supremo valor, por despacho real y un galón plateado con trencilla púrpura en charretera. Pero nadie especule que no lo mereció, pues el mostachudo capitán al frente de cuarenta soldados sin armas de fuego, pues en interiores carcelarios están vedados pistoletes y mosquetes, sofocó en tres horas una cruenta rebelión en islote de penados, con trescientos asesinos amotinados en su contra. Claro está que es mejor no narrarlo, pues ese espeluznante día, piernas, brazos, cabezas, órganos y vísceras, el suelo colmaron tajados a machetazo infalible.


El señor Bolabarda cede la tanda al señor Laraña y prosiguen las novedades de la jornada:


--- No me satisface vuestro semblante Laraña, ¿qué os ocurre?


--- El matorral de tantos años ha empobrecido la tierra, no hay ni un puñado de ella con nutrientes suficientes para dar vida a una patata. Además, no hay mantillo y es el resto es sábulo.


--- No sé de qué demonios habláis, ¿pero tiene solución?


--- Necesitaré una gran cantidad de estiércol y por descontado muchas carretas de tierra fértil.


--- La boñiga no es problema, en la Perdularia sobra. Pero no comprendo la necesidad de tierra, para eso mejor será parcelar en otro lugar.


--- Los huertos deben estar muy cerca del poblado, las cosechas no vigiladas son cosechas extraviadas. Con el grano será diferente.


--- Está bien, sea como deseáis, tendréis ambas cosas. Aunque veremos lo que saben de carretas los carpinteros del barco.


El turno del burgomaestre ha llegado, el hombre dispone de voluntad pero carece inteligencia y como se adivina, el cargo de comodoro civil no le fue concedido precisamente por sus luces.


--- Con vuestro permiso excelencia, os ruego que ahora disculpéis mi atrevimiento, pero el asunto que me trae a vos es muy enojoso.


Al Pinturero ni chispa de gracia que le traten de excelencia, pues en el momento que alguien lo hace ya está mirando alrededor para comprobar si alguno se mofa. Pero naturalmente, no tiene otro remedio que acostumbrarse y cuanto antes mejor, por si el casorio con la reina llega, de alteza entonces le darán trato.


-- Si debo disculpar vuestro atrevimiento, es que sois en exceso atrevido y lo siguiente más fastidioso es, que muy pronto lo enojoso dejará de serlo para vos pasando a serlo para mí.


--- Y yo lo lamentaré infinito excelencia, pero ya os dije que me disculpéis. ¿Qué otra cosa puedo hacer?


--- De acuerdo señor burgomaestre y en atención a ello, disculpadme a mí que de antemano no os disculpe vos, así que decid lo que sea y apechugad con lo que conlleve.


Es un prodigio lo que pueden conseguir una mujer y cuatro libros bien seleccionados en un filibustero, pues los avances del comandante en elocuencia y retórica son espectaculares. Pero un político como su interlocutor, sabe perfectamente cuando la situación no le es favorable y por eso dice:


--- Quizá no sea el mejor momento excelencia, por lo tanto con vuestro permiso lo expondré mañana.


El gobernador asintió y el burgomaestre se fue. No es que el capitán Pinturero se desentienda de las angustias que agobian al servicial comodoro, lo que ocurre es, que las puerilidades en ningún caso deben hurtar tiempo a las acuciantes necesidades y el hombre, que disfrutaba de poder absoluto antes del asalto del Cangrejo Pingo y tras eso, le tocó en mala hora someterse a las ordenes de un pirata dictador, en este momento y por una paradoja del caprichoso destino, se encuentra con la ironía que su cordial libertador también bucanero, le supera en rango gubernamental y más, para colmo, con una prometida de sangre real metomentodo, que le fastidia continuamente. Nuestro capitán sabe de sobra en que consiste el enojoso asunto que trae al regidor de cabeza tonta y no es otro, que las tertulias formativas organizadas por la soberana con té incluido en el ayuntamiento. Quizá tenga mucha razón el ofendido y no sea un lugar muy apropiado para redimir prostitutas, pero de momento y lamentablemente no hay otro mejor.






Dos semanas después, un caraco de litoral modificado para singlar en alta mar y con gallardete del principado de Mirrana, es interceptado por el Brisa Huracanada a dos millas y media del archipiélago. El piloto maestre de señor Pipermin, no tiene la bravura de su capitán y veinte años de diferencia en edad aclaran eso, pero de gobernar un galeón o cualquier otro armazón de palo y trapos, sabe más que nadie. El mencionado caraco de dos vergas y cangreja, arriba con bastimento general desde Palatina, un suministro de inestimable tasación para la carecida colonia y ya de paso, un alivio enorme para su angustiado gobernador. Su señoría el marqués, con justa nombradía de enemigo implacable, puede ensalzarse en cambio de un amigo impagable.


Fondeado ya el caraco y con la arboladura a palo seco, bajel cargo de tres puentes y bodega abierta para estiba en anaquel y, que por airoso nombre, lleva el apelativo del Insigne Navegante, genérico con seguridad conferido por el juez; su legado comandante hace pie en el atracadero y sin parsimonia, es conducido por el señor Bolabarda a presencia del Pinturero. Y es de mucho resaltar y lo decimos por la fenomenal impresión que tal personaje causó en nuestro héroe, la distinción de un vizconde de chancillería y embajador oficial del almirantazgo, entrando erguido en la destartalada sede del gobierno colonial.




El vizconde de Labastracana, a paso elástico y decidido y con un pergamino en la diestra y sostenida la siniestra en el pomo de su espada, se detiene a cinco pasos del Pinturero, ojea su entorno con desaprobación y dice:


--- Preciso inmediata audiencia del gobernador. Notificad a su excelencia la presencia en su demarcación del caballero Areval de Estándalo, vizconde de Labastracana.


--- No es necesario informarle, ya estáis ante él.


El joven noble ni se inmuta, descubre su cabeza sin obsequioso saludo y quitándose con tranquilidad un guantelete entrega el pergamino al Pinturero, diciendo al mismo tiempo:


--- Mis credenciales, vuestro título de gobernador y una misiva para vos del gran duque Graván tercero, marqués de Bustante y barón de la Satria.


El Pinturero contento a más no poder, pues adivina lo mucho que agradecerá al magistrado el envío de pertrechos, no puede evitar una llana expresión para él afectiva y dice:


--- Caramba con el viejo enlutado, no sabía que el juez fuese a heredar un gran ducado. ¿Ha muerto el duque segundo?


La parrafada está fuera de lugar. A un noble le es permitido tomarse ciertas familiaridades con otro aristócrata, pero eso no es excusa, para que lo haga un gobernador sin abolengo y que antes fue un pirata. El vizconde arruga el ceño y dice:


--- Desconozco lo que vos intimáis con el gran duque, pero no seré yo el que permita insolencias a su persona, rectificad.


--- Rectifico, rectifico. Templad vuestro ánimo vizconde.


El ilustre legado, visiblemente molesto por el tono chocarrero del Pinturero y muy cansado por el precipitado viaje, se cubre la cabeza para dar a entender que no reconoce categoría en su interlocutor y le pregunta con descaro:


--- ¿Os importaría mucho que mudase el tratamiento de excelencia por el de maese? Creo que es el más adecuado para vos.


--- Preferiría que me llamaseis capitán Pinturero, pero no os lo discutiré, a vuestro juicio. Y cambiando de tema, ¿puedo saber en qué consiste la remesa de vuestro barco?


El Vizconde sonríe despectivo imaginando que el nuevo gobernador carece de instrucción y dice:


--- El asiento de carga es adjunto a vuestra credencial, pero no tengo inconveniente en leéroslo, si es menester para vos.


El pinturero comprende al segundo la intención del enviado y levantado el mentón al tiempo que le mira fijamente y frunce el ceño, suelta:


--- Sé leer vizconde, os ruego que no pongáis a prueba mi temperamento, no soy muy paciente.


Un gobernador de protectorado no es necesario que posea como en éste caso ni ascendencia ni blasón, pero un vizconde es casi imposible sin alcurnia. Y esto viene a cuento aunque el comandante no lo sepa, que cualquier noble está siempre por encima de un plebeyo, sea cual fuere su rango. El joven noble sigue con su retadora actitud y pregunta:


--- ¿Acaso está al corriente vuestra espada que carecéis de paciencia?


--- ¿Cómo habéis dicho? Repetidlo y olvidaré que sois enviado de su señoría el juez y gran duque o no, para mí seguirá siendo un amigo entrañable, viejo, y enlutado.


Estas situaciones todavía no las domina bien nuestro héroe, porque las hidalguías son muy susceptibles con el lenguaje y a poco desafío que les des, se parten el pecho con quien sea para defender otro linaje y por lo tanto, la más mínima salida de tono propicia un duelo. Nuevamente, la hermosa Yaurína como ya ocurriera con el marqués, aparece como si del cielo bajase y en una fracción de segundo se percata de la tensión del ambiente y pregunta:


--- Excusad caballeros, ¿puedo aspirar a ser debidamente presentada? No tenía la menor noticia de ninguna visita importante.


Yaurína de Cumbertán no irrumpe ataviada para la ocasión, pues los menesteres que la obligan en la Cañavera no requieren ornamentos, más bien mandiles y guardapolvos, así que ya sea por el atuendo deslustrado, o por cualquier otra razón, el noble que no la reconoce la observa con cierto desdén y supone, que la intrusa será la esposa chisgarabís del necio gobernador, muy bella, pero también plebeya. El Pinturero se levanta de su banqueta y dice enfadado:


--- El caballero es el vizconde de Labastracana, es un enviado del marqués y que ahora según parece se ha convertido en gran duque.


Yaurína enmudece por unos instantes y luego dice apesadumbrada:


--- Lo lamento, estoy desolada, heredar un título siempre conlleva tristeza, transmitid mis condolencias al gran duque. Y en cuanto a vos señor gobernador, sabed que el vizconde está emparentado con la más alta nobleza y que nos honra infinito con su presencia.


La situación mejoraba por momentos. Al parecer la vasalla tenía esmerada educación, muy al contrario que el patán de su marido y, en esa hastía meditación se encontraba el distinguido hidalgo, cuando la dama le preguntó:


--- ¿Mejoró ya vuestro padre de la gota vizconde? ¿Y vuestra madre, sigue con sus primorosas labores?


El interpelado queda tan perplejo y su asombro es tal, que sus ojos se olvidan por unos momentos de parpadear. Es probable que el marqués en su reciente visita a la isla comentase la dolencia de su señor padre, o en todo caso, la fama de cortesano bebedor y gotoso ya hubiese superado las fronteras del principado, pero la increíble pregunta referente a su señora madre tenía tintes de misterio. La condesa de Labastracana por esposa y de Pluciana baronesa por familia, mujer muy retraída, tímida y religiosa, con una salud de hierro pero constantemente moribunda, cumplía ya veinte años de retiro voluntario en su castillo y en ese tiempo, solamente en tres ocasiones lo abandonó, dos de ellas fueron para enterrar a sus padres los barones, y la tercera, para la boda del príncipe. Pero en las tres oportunidades su hijo el vizconde estuvo presente y podría asegurar, que ni ella ni ninguna otra persona de la familia menciono nunca sus bordados. Nuestra inteligente princesa comprende lo confuso que ha quedado el visitante y para reafirmar su desorientación, en beneficio de la relajación entre el noble y su prometido, ella divertida, continúa con la tarea de enmudecer a todos y suelta:


--- Me encantaría abrazar y besar de nuevo a vuestra madre y de su mano, vagar por el fascinante jardín, sentarme luego a su lado bajo el quitasol de la enramada y contemplar embobada los macizos de rosas que cuida con tanto esmero.


Esta vez el vizconde pierde la serenidad completamente y busca la punta del hilo para desmarañar el ovillo, ninguna persona puede saber todo eso sin haber estado allí y, son contadísimas éstas. Tras un ligero titubeo con intención de preguntar a la bella dama por sus inauditos conocimientos, el joven noble recuerda al momento a una niña princesa, con pecas y tirabuzones, que pasó cuatro semanas en el castillo de Valier junto a su querida madre y es entonces, cuando un mayúsculo escalofrío se adueña de él y, en un acto reflejo, hinca la rodilla en el suelo y descubriéndose al mismo tiempo dice emocionado:


--- Majestad, sois vos. Perdonad señora, soy un estúpido.


--- Levantad vizconde, nada os tenemos que perdonar. Aunque es indudable que mi padre el rey, enmendaría vuestro lapsus calami por el tratamiento que me habéis dado.


El rey Tarilabal ya no puede poner objeciones como sabemos y la errata del vizconde no es tal, pues el lapsus corresponde al corregidor, que olvidó poner al corriente a su legado del detalle. El Pinturero se percata y teme que el mal ya no tenga remedio, pero intenta despistar:


--- Disculpad vizconde, ¿habéis traído con vos algún galeno? ¿Y ovejas, tenéis ovejas a bordo?


Nadie le escucha ya, el joven aristócrata tiene más alma que picardía y siempre es así, de no morir en un duelo lo hará en la guerra y de otra suerte mucho peor, se envilecerá más que un villano corrompido y acabará gordo, depravado y acanallado y, podridos todos sus sentimientos. Pero por ahora, el honor, la verdad, el decoro y la dignidad, son capiteles de gentilhombre.


--- Pero majestad, yo no he cometido ningún error, vos sois la soberana, ¿no sabéis nada?


Yaurína de Cumbertán ha comprendido, una mujer percibe con el corazón los infortunios y nunca hierra, mira fugazmente a su amado buscando quizá un amparo afectivo donde asirse y, a pie firme solloza. El noble se retira un par de pasos y el Pinturero se aproxima tiernamente para abrazarla, pero un leve gesto de la reina le detiene. La desolación flota en el ambiente, el señor Bolabarda mudo y entristecido contempla la escena desde un rincón, el Pinturero sufre como propio el dolor de su prometida y el vizconde compungido y nervioso carraspea. Una reina no debe apoyar su cabeza en ningún hombro para llorar, el resto de los mortales y en público pueden hacerlo, ella no. La punta del mandil a mano trémula enjugará sus lágrimas y ahora, es la triste hora, en que demostrará al pueblo de Cumbertán todo lo asimilado en su instrucción. Muy serena y a mentón alzado aunque tragando con esfuerzo, pregunta:


--- ¿Cuándo ocurrió, dónde, y en qué circunstancias vizconde?


--- Señora no desfallezcáis, puede que vuestro padre sólo esté cautivo, nada irrefutable se sabe de él.


--- ¿Cuál es entonces la situación de mi reino?


--- Un regente impuesto por el emperador negocia el trono con la nobleza, pero la mayoría toma partido por vos.


--- ¿Y qué conspiradores componen la minoría?


--- Lo desconozco majestad, pero lo sabremos en breve, pues su alteza Huber de Trania concentra sus tropas en la frontera. El emperador pagará por esto.


--- Nadie invadirá mi reino para salvaguardar mi corona sin mi consentimiento, sea cual fuere la causa que lo motive. Mañana al amanecer deseo partir para Mirrana, pero por el momento necesito estar sola, debo reflexionar, disculpadme caballeros.


La soberana da media vuelta y sale de la estancia, nuestro Pinturero va tras ella para intentar disuadirla del viaje y el vizconde, que envanece de su recto proceder, sale a la callejuela en la compañía del atribulado Bolabarda. Los acontecimientos se precipitan desbocados y como era de esperar, el gran duque acertó de pleno, pues la grandeza de Yaurína de Cumbertán no cabe en su pequeño cuerpo y como advertiremos más adelante, sí por allí aparecemos, una nación entera y hasta el último de sus vasallos, deberá esforzarse mucho en merecer a su reina.


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Última edición por marquimar; 14-Dec-2012 a las 07:23
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Poco tarda el Pinturero en percatarse de que la reina no atiende a monsergas, peroratas o argumentaciones en relación a su peligroso viaje, algo que a nuestro cauteloso comandante no le entra en la cabeza. Pero es natural, pues una soberana no se pertenece a si misma y nuestro gobernador deberá reconocerlo de una vez o bien de otro modo, la felicidad entre ambos se verá afectada. El joven vizconde por el contrario, mucho más acostumbrado a las previsibles conductas reales, descarga con prontitud el caraco fondeado, pues sería un inmenso honor para el joven noble que la reina Yaurína, bella entre las bellas, decidiese regresar en su barco y compañía. En esto, el contramaestre Bolabarda y Solim, llegan a presencia de los enamorados que todavía siguen en plena discrepancia y con determinación, les interrumpe el emir diciendo:


--- El señor Bolabarda me ha puesto al corriente de la situación, creo que puedo conseguir el oro necesario para pertrechar a un ejército invencible. Recuperaréis vuestro reino majestad.


Como es natural, el Pinturero ya se imagina lo que expondrá el emir y lo indudable es, que no pasa de ser una baladronada ilusoria, pero a la reina mencionarle oro en este momento que compraría muchas voluntades, armas y soldados, se le antojará un verdadero milagro. Yaurína disimula como puede el súbito nerviosismo y dice:


--- En tal caso Solim, mi gratitud excedería con creces a la gran estima que ya os profesamos.


El contramaestre Bolabarda sonríe muy satisfecho, el príncipe Olerei-muzá se yergue orgulloso y el Pinturero se derrumba desalentado. No es el momento oportuno de dar falsas esperanzas a nuestra reina, pues no se fabrican perlas de un día para el otro por mucho guijarro que les introduzcas. El Pinturero pregunta:


--- ¿Tenéis ni remota idea de lo inalcanzable del proyecto emir? Primero buscar los ostrones, luego introducir el grano, más tarde esperar a que produzcan las perlas y finalmente venderlas. ¿Estáis loco?


--- Yo no he mencionado las perlas, ¿alguien me ha escuchado decir algo de perlas? ¿Quién es el perturbado capitán?


Con certeza que la reina Yaurína no lo era, pero desde luego que si su majestad no descifraba enseguida aquella excéntrica conversación, es muy posible que no tardase el desequilibrio en aparecer por su mente, así que intervino:


--- ¿Qué perlas, qué granos, ostrones, qué desvaríos son esos? Quiero saber al instante lo que está ocurriendo, empezad.


Primero lo hizo el Pinturero y Solim después y detallaron con toda suerte de pormenores el asunto de las perlas a la reina y acabada la historia, nuestro gobernador dijo:


--- Necesitaríamos largos meses para transformar las perlas en oro y además, el emperador Chafanjul es un enemigo demasiado poderoso.


La reina agacha la cabeza y asiente con tristeza, pero es muy natural que se resista en rechazar la única posibilidad de ganar una baza decisiva y recuperar el trono, pues su pariente Huber de Trania y los nobles que le son fieles, no podrán resistir una larga campaña contra el imperio. Yaurína argumenta:


--- De todas maneras, la contienda entre reinos a veces persiste durante años y obteniendo esas perlas en siete u ocho meses…


--- He dicho antes majestad y nadie me escuchó, que ya no se trata de perlas, pues en veinte días podríamos conseguir el oro y veinte días más tarde estaría a vuestra disposición.


El Pinturero menea la cabeza con disgusto adivinando otra idea desbaratada del emir y entonces desenfunda su afilada daga y con la punta garabatea en la mesa. Una costumbre un tanto infantil que ya le ha proporcionado alguna discusión con su prometida y por descontado, bastantes improperios en voz baja de los sufridos carpinteros. Pero es innegable, que un hombre algún defecto ha de conservar de su infancia, que la niñez mental unida a la memez, es de arraigo considerable en las personas. Claro que el desinterés del capitán a las palabras de Solim no lo comparte la reina, que ya atraída de nuevo por ellas pregunta:


--- ¿Entonces de qué se trata, dónde se encuentra ese oro?


--- Lo tiene mi primo el rajá, solo es cuestión de ir y llevárnoslo.


--- Me defraudáis Solim, pues desde vuestra ayuda para escapar de Puntalabar tenía otro concepto de vos, tal propuesta es propia de un desalmado.


--- Os engañáis señora, ese oro está manchado con la sangre de miles de esclavos y solamente por conseguir su liberación ya se justificaría el desvalijo. Dos buenas causas merecen intentarlo.


--- Detesto mucho a vuestro primo y reconozco que lo allí contemple no me gustó, más no me pareció una ciudad de esclavos, quizá de súbditos sometidos a una ignorancia conveniente al maharajá, que es indignante conducta en un monarca, pero nada más.


--- Los esclavos no se encuentran en la ciudad majestad, sino en las minas de Puntalabar y, la más inmediata a nosotros, está situada en el valle de Jular. Es la mayor y quizá la menos custodiada.


--- ¿Qué fuerza se necesitaría para la empresa?


Yaurína, increíblemente, ya piensa más en la libertad de los esclavos que en su propio usufructo. El señor Bolabarda sigue escuchando asombrado pero decidido a lo que fuere y nuestro comandante, como es natural, a la espera de oír los obstáculos y crecidos riesgos que sin duda rebelará la misión. Solim dice:


--- Ciento cincuenta hombres a caballo como mucho.


Yaurína sigue muy interesada y continua:


--- No es demasiado si es lo único. ¿A qué distancia el valle?


--- A setenta leguas por tierra al sur de Estrabalia, o a cuarenta de la población de Levén. Aunque sería mucho mejor a través de Aracandia y así evitaríamos el estrecho de la Andanada.


--- Tampoco aparenta excesiva la distancia, puede incluso que el tiempo en llegar y regresar sea algo menor, parece hacedero.


--- Desde luego que sí majestad y dispongo de un plano detallado.


El Pinturero debería haber callado pero no pudo hacerlo, pues el mejor escarmiento para los teorizantes es abrumarlos con los inconvenientes cuando más perturbación recíproca alcanzan y, como de todas formas a él, le correspondería sin duda el mando de la misión, mejor no intervenir hasta el último instante; pero es de dominio divulgado que los líderes no pueden sufrir que se urdan planes olvidando su criterio, por lo que con ironía preguntó:


--- ¿Disponéis también de ciento cincuenta caballos?


--- Eso no será un problema capitán, en Estrabalia se pueden comprar con lingotes de plata a los reateros de caravanas.


--- ¿Y los jinetes?, pues la marinería no es muy diestra montando.


--- Por supuesto, pero todos los soldados de la ley son cabalgadores de escuela.


Nuestro Pinturero arruga el ceño turbado y decide discurrir mejor la siguiente objeción, pues no existe vanidad en ningún cabecilla nato, que resista unas réplicas tan contundentes. Así que ahora argumenta:


--- No obstante, tengo entendido, que no existen tratados entre Aracandia y Mirrana y es muy posible, por no decir seguro, que encontremos impedimentos de paso.


--- El Sultán de Aracandia no sostiene alianza con nadie, no le interesa, la habilidad política le mantiene en su neutralidad y eso es fundamental para un país que vive del comercio. Nadie nos perturbará, estad tranquilo.


--- Ya veo que lo tenéis todo bien hilvanado Solim, pero confesad de una vez los atolladeros, que yo presumo no serán pocos.


--- Solamente uno capitán, puede que el valle de Jular, que se encuentra en el desierto de Mayara, podría ser que tengamos que cabalgar de noche y descansar durante el día, pero nada más.


--- Claro, y se necesitará a un buen marino que sepa orientarse en las estrellas, ¿me equivoco, o vuestro plano es nocturno?


El Pinturero no yerra desde luego y por el rostro que luce Solim, no es el último escollo a superar, pero con el tiempo si por allí aparecemos, lo veremos, de momento, sigamos en la isla de la Cañavera.



----------------------------------------------------------------------



Llegado el instante del ágape vespertino, el apuesto vizconde se sienta a la izquierda de la reina, el Pinturero a su derecha y delante de la hermosa soberana, quedó un lugar vacío, porque Solim en razón de su rango fue invitado, pero al ser erróneo el menú para su doctrina y agrado culinario excusó el ofrecimiento. El noble ya conocía en aquellos momentos el vínculo amoroso que unía al gobernador y la reina, pero un caballero de alta cuna y muy experimentado en lances cortesanos, sabe por desengaños propios y ajenos, que no existe unión por consolidada que fuere en una pareja, que no pueda ser truncada. La reina comenta:


--- Así que nuestro querido príncipe Huber de Trania está por fin casado, ¿y a quién a tocado la fortuna vizconde?


--- A la gran duquesa de Fresán, emparentada con el rey Arano de Marquimar. La duquesa es también baronesa de Alcadía.


--- Desconozco ese linaje, pero el príncipe no tiene mal gusto, ¿será sin duda una mujer muy bella?


--- Lo es y mucho desde luego, pero permitidme que os diga que no pude equipararse a vos, es más, dudo que tengáis alguna rival majestad.


--- Sois en exceso adulador vizconde y aunque ello nos halaga sin suficientes merecimientos, mejor narréis ahora la situación que conocéis de mi reino.


El aristócrata puso en antecedentes a la soberana de todo lo que había llegado hasta la fecha a sus oídos, que en absoluto fue muy esclarecedor, pues en situaciones políticas confusas la certeza de algo en concreto nunca existe. Al Pinturero lo único que le interesaba saber era la situación prebélica entre ambos reinos, para con ello poder establecer la amenaza que corría su amada en caso de personarse allí, por lo tanto, inquirió sobre el tema y el vizconde contestó:


--- Nada temáis señor gobernador, porque su alteza el príncipe Huber de Trania, el gran duque y mi persona, cuidaremos en todo momento de su completa seguridad y será un placer, pues nunca reina tan hermosa como ya he dicho ha pisado Mirrana.


El Pinturero comienza a pensar con acierto, que el vizconde abriga otras intenciones más íntimas que las de exclusivamente agradar y dice con gravedad:


--- Frenad vuestras zalamerías en mi presencia caballero, no son de mi agrado y aunque lo fueran, no proceden.


Yaurína mira a los dos alternativamente y al observar en ellos cierta animosidad dice:


--- Haced lo que sugiere mi prometido vizconde, me agradaría mucho que congeniaseis, puesto que estáis en el mismo bando.


--- No me ha parecido una sugerencia majestad, quizá vuestro prometido desee formular su ruego en otro tono.


--- Mi tono está justificado por vuestra conducta y tened bien presente, que no apruebo el lenguaje cortesano, es almibarado, hipócrita y desleal.


--- Vuestra desaprobación excelencia es fruto de la inopia, es de suponer que muy pronto enmendaréis ese criterio.


--- Para enmendarlo necesitaría más pruebas de vuestra educación o bien un escarmiento, y no creo que vos podáis satisfacerme.


Yaurína se percata de la situación y dando una palmada en la mesa dice enfadada:


--- Basta ya señores, me indigna sobremanera vuestro encono, no permito más acrimonia en mi presencia, cesad ahora mismo en vuestra penosa arrogancia y tengamos un armisticio en esta mesa.


La cena terminó, con caras largas pero terminó. El vizconde besó la mano de la soberana y se retiró y a continuación, sin demora, en el aposento de la reina la disputa comenzó.


--- No me parece oportuna vuestra tolerancia con ese cursi.


--- Discurrid querido, pues lo que tacháis de cursilería es únicamente usanza y costumbre. El Vizconde no conoce otra forma de proceder.


--- Ya veo que lo aprobáis, quizá añoréis todavía ese ambiente de desvíos y falsedades.


--- No todo es doblez en un noble, de la misma manera que no todo es iniquidad en un pirata. Pero tenéis razón en una cosa, añoro los bordados de seda, la encajeria, horquillas y alfileres esmaltados, cintas y lazadas, las coronillas y gasas, los galones y tembladeras, el agua de olor y el aceite de violetas. ¿Acaso es algo tan peregrino?


--- Sí claro: y los peines de marfil, los cerquillos de argentería, las pelucas de bucle, los alzadores de topete, los ramilletes de terciopelo, los polvos de almidón, las gorgueras de muselina y los abanicos de espejo y, ya no olvidemos, el ceñidor del talle y el escote de barca casi hundida.


--- ¿Pero qué decís?, estáis hablando de la corte de mi abuela.


--- Es lo mismo, ya me entendéis, juegos de damas y galanes.


--- Estáis en un completo error, no os puedo entender porque no tenéis razón alguna. Yo hablo de donosura y elegancia, de los ribetes primorosos enlazados desde el faldillón al justacuerpo, de fascinantes abofelladuras en las mangas, de ramillos delicados sin joyel, de desaliños atractivos en el pelo, de gráciles bonetes y sombrerillos, de volantes y arracadas y de todo lo que vos ignoráis.


--- Pues permitid amada mía, que la tosquedad no me impida ver el empenachamiento: balumbosas sortijas y diademas, broches cincelados de plata sobredorada, traslúcidos esmaltes suntuarios, pasamanerías de oro, rozagantes puños y colas de armiño, capas y vestidos recamados de gemas y perlas y cualquier otro atavío jactancioso como al uso se le antoje.


--- Ya veo que estáis muy mal informado en cuanto a indumentaria, pues vuestro conocimiento se remonta a la época de los telares verticales y, lo lamento mucho, pero es una discusión absurda y debo descansar, ya os dije antes de la cena que con vuestra compañía o sin ella mañana partiré.


El Pinturero hubiera prolongado con gusto la parrafada, pues aún le quedaban los mejores argumentos de reproche a la nobleza, sobre todo, los referentes a la explotación de lacayos y domésticos y la escasez y penurias de los mismos. Por descontado que no es lo mismo una capa que una sayona, y tampoco se parecen los pendientes de esmeraldas de las acaudaladas damas, a los perendengues de las necesitadas vasallas y, es bien sabido, que las sedas no cotejan con los ásperos paños de estopilla, y ya no digamos, los faldellines de encajes con las sayas de linón.


Es cierto que, no en todos naturalmente, pero sí en la mayoría de los reinos, bajo los deslumbrantes uniformes como la ceremoniosa librea del mayordomo, el vestido delantal de las doncellas la levita corcheteada del palafrenero, el pechero embozo blanco del cocinero o el guardapelos del peluquero y, por supuesto al resto absoluto de la servidumbre, muy poco lugar en su ropa interior queda ya para el remiendo. Y no es menos cierto, que allí donde descuelle el boato y la carnosidad, ya fuera en palacio castillo o heredad, la escualidez y el oropel también asoman.


Nuestro capitán conocía a la perfección las dentelladuras de la pobreza, por que en la aldehuela de su infancia, el único ser vivo que podía presumir de longevidad y también de obesidad eran las arañas, bichos repelentes si se quiere, pero necesarios para desparasitar las chozas. Su madre fue, desde los catorce hasta los cuarenta, edad en que murió de calentura, primero pastora, después hortelana y algo más tarde, criada de un detestable caballero de buen estamento, que además del pábulo cotidiano a permuta insuficiente por un trabajo denigrante y agotador, la obsequió con un hijo y gracias a esa indecorosa circunstancia, la indigencia de toda la familia mejoró. En todos y cada uno de los pestilentes villorrios, aldeas o caseríos, donde a malvivir se pudren aparceros y pastores con sus mujeres y prole, contraer lazos de sangre con un bastardo de hacendado aunque sea por violación, es una gran bendición, pues bien y al contrario que en la nobleza, el hijo retoño de la deshonra violentada o consentida, permanece casi siempre con la madre y debido a esa circunstancia, al reparto de las pequeñas o grandes limosnas que ello conlleva, están el resto de la progenie.


Al padre del Pinturero, al principio, no le importó demasiado compartir asiduamente a su mujer con el pudiente violador, entre otros motivos de índole indulgente y bondadosa, porque siempre es mejor ser marido ultrajado que ahorcado, pero claro, ocho años de un continuo mancillar, es demasiado tanteo para la tolerancia de un hombre cabal, así que un buen día de cólera incontenible y justificada, quemó los graneros del terrateniente y desapareció. Cinco años tardó en regresar, pero cuando lo hizo al mando de una partida de brutales renegados ávidos de venganza, el latifundista perdió los testículos y poco después los ojos y algo más tarde, con sus tripas en las manos, dejó de existir.



Nuestro Pinturero cansado de su trabajo, pues confeccionar peluquines con cabellos de muertos no es tarea de gusto para nadie, más que nada, por que la materia prima es de repugnante conseguir aunque tenga la enorme ventaja de ser gratuita, marchó con su progenitor y aprendió de él los primeros pasos a conocer en el arte de la truhanería, que no son otros, aparte de la inclinación por el vicio y el instinto animal de supervivencia, más que una gran destreza con la espada y el cuchillo y, de tal guisa, por descontado con desazones frecuentes, comenzó su incivil actividad de bandolero para convertirse más tarde en bucanero. Lo peor de un bandido salteador de caminos es que siendo la pandilla reducida, irrisorio será también el desvalijo, pues ningún notable con la bolsa llena a rebosar, se desplaza en carruaje o a caballo sin escolta armada y por otro lado, entre bandoleros famélicos y díscolos, es muy habitual el diezmarse así mismos; otra cosa diferente es cuando la chusma es mucha y los pillajes alcanzan importancia considerable, pero naturalmente, cuando esto sucede, el ejército no tarda en aparecer y comparece al mando de generales de campaña, muy expertos en estrategia y con plenos poderes y la patente soberana para arrasar a tierra quemada. El Pinturero tardo tres años en comprender, que de seguir en el oficio lo más seguro y productivo consistía en el pillaje marino, pues en tierra apenas tienes donde esconderte, siempre existe un pastor, buhonero, campesino o trampero, que tarda muy poco en delatarte y reclamar la recompensa, además amigo, el monte no es obstáculo para un regimiento; el bosque sí, pero a comer raíces y carne cruda de alimañas prepárate, por que ni fogata para la tajada ni disparo para conseguirla, te delatas a ti mismo. El mar es muy diferente y aunque es verdad que el riesgo es considerable, el beneficio en caso de apresar un barco de contrata en singladura de acarreo puede ser fabuloso y en cuanto al peligro, más fácil es ahogarte en una borrasca que en un combate. Nuestro héroe comenzó la piratería costera a los dieciocho años y lo hizo, en una cáraba de dos palos a las ordenes del capitán Embuste, una especie de filibustero comerciante, que se dedicaba al corso de ribera para desgracia de pescadores y viajeros: a los pescadores les robaba las artes de pesca sea cuales fueren, y a los menesterosos viajeros el dinero y la ropa y más tarde, con la necesaria organización en tierra, las vendía de nuevo incluso a los mismos despojados. Alguna que otra vez fue necesaria la violencia, pero nunca se llegó hasta el extremo de malograr una vida, claro está, que no es nada bueno para el negocio, ir matando a proveedores que a la vez son potenciales clientes.


Lo mejor de aquella época para nuestro barbilampiño Pinturero, fueron los latrocinios a copanos de viajeros, grandes barcas de un palo único enterizo a trapo de cruz y que se utilizan para el traslado de transeúntes entre puertos, el precio del viaje es más ajustado que cualquier transporte terrestre y tal mérito, los hace más que idóneos para la plebe con bolsa flaca que desconoce el tintineo; aunque eso sí, el importe de un pasaje incluye remar y sudar la gota cuando no hay viento. Pues como decíamos, para nuestro capitán fueron buenos tiempos, no tanto como ahora claro, pero teniendo en cuenta que fue el encomendado más habitual para desnudar a todos los capturados, fueran hombres o mujeres, la actividad le proporcionó conocimientos de anatomía que nunca hubiese imaginado. Es natural que en la mayoría de los casos, los huesos destacaban sobre la piel y lo ingrato de la tarea, era sin duda el descubrir con aversión los colgajos de los hombres, pero no faltaron matronas de buen ver y mozas de un exquisito revistar y, a más de una, no le importó en absoluto mostrarle al apuesto jovenzuelo sus encantos. Allí aprendió nuestro Pinturero, entre cabos y barriles, aparejos y fardeles, lo que a nadie mortifica el conocer y fueron tan deleitosas las lecciones y tan reiteradas las ocasiones, que padeció un principio de anemia. Pero naturalmente eso sí, en cuanto se restableció regresó a las andadas, que eso no son delicias para esperar y cederle a la vejez. Recuerdo ahora y el Pinturero seguramente mucho mejor, que una vez fue abordada una barcaza fluvial de treinta codos, que trasladaba a dieciocho rameras desterradas de Carditalán por ladronas y enredadoras, algo bastante lógico si se tiene en cuenta, que eran obligadas a ejercer su profesión sin demandar nada a cambio, precepto del burgomaestre de la villa, que aprovechando el oportuno decreto también las visitaba de continuo. Pues bien, las citadas fueron apresadas por la tripulación del capitán Embuste y como él, en aquellos momentos no se encontraba a bordo, la embarcación corsaria fue durante tres días un escándalo de gaudeamus. El Pinturero y el resto de los piratas lo perdieron todo en aquella aventura, pues las mujeres les dejaron sin ropas, sin energías, sin armas, sin botín, sin barco y finalmente sin vida, pues tal fue la tercera noche de interminable desenfreno, que hastiadas del maltrato padecido, les emborracharon a todos, les ensogaron y les arrojaron por la borda.Menos a nuestro comandante, que se salvó de milagro y, que nadie piense que resultó amnistiado por su físico, pues únicamente fue, por el trato humano y compasivo que a todas ellas concedió, algo que sus colegas olvidaron y que por ello pagaron.


Durante un largo año, nuestro Pinturero ejerció de mandadero, de alcahuete, de enfermero, de hermano menor, de amparador, de confidente y cuando las chicas se ponían de acuerdo en la tanda, algo muy peliagudo por la fisiología periódica y el continuo trabajo, también intervino como amante, claro que algunas no respetaban su turno, pero eso era un secreto entre las infractoras más agraciadas y él, muy fácil de guardar.


El Pinturero, sobrenombre que le dieron entonces sus dieciocho benefactoras, pues su nombre de aguas es el de Arión, consiguió moneda a moneda entre las unas y las otras, reunir la cantidad suficiente para adquirir la cuarta parte de una goleta y, con sus tres asociados: el Gallón, el Trementina y el Tabusco, se hizo a la mar. El Gallón puso su parte de la plata gracias a una apuesta ganada en la gallera de la ciudad y como era un empedernido jugador, muy pronto perdió su porción de barco en beneficio del Trementina. El Tabusco, un buen muchachote de obstinaciones desastrosas y correcciones fatales, se adjudicó la copropiedad de la nave gracias a una herencia que prefirió venderle a su escribano y algo después, ofreció al Pinturero su parte por la mitad de su precio y se fue. El Trementina, nunca manifestó a nadie la procedencia de su dinero y aunque yo la conozco por su parlanchina hermanastra, no la relataré pues tal sería otra historia, por lo tanto, sigamos con la presente que ya es bastante.


Los innumerables sucesos y curiosas peripecias del Pinturero y el Trementina penetrando en el oficio de pirata, son incontables: las primeras armas, los disfraces para enmascarar su juventud, las amistades necesarias para conseguir mapas de rutas comerciales, el hurto de aparejos, el flete robado, la caña partida, las ratas insaciables, el incendio, la danzarina y mil episodios más, antes de aparecer en su vidas el señor Pipermin y el maestre Laraña, que por cierto, también de esos dos se podrían cosechar muchas páginas. Hoy el Trementina es un panzudo hombre de negocios, que reparte el día entre la criada, el beber, el comer, el dormir, otra vez comer y tras la siesta, de nuevo la criada; y no es que no tenga esposa, que siete descendientes ha dado al mundo la suya, lo que seguramente acontece, es que la buena señora no atina con el servicio y sin doncellas, no puede prevalecer una dama. De todas maneras, es tan corriente que los maridos se sientan atraídos por las cofias y los delantales, que algunas señoras de la casa, ya sea por voluptuoso mimetismo, por aburrimiento, por curiosidad o necesidad, al pasar un cierto tiempo se aficionan a las faldas y, de esa guisa, a ese triángulo amoroso, se une el decoro en apariencia y el matrimonio estable. La logrera destacada del arreglo suele ser siempre la sirvienta, pues a partir de entonces y con el pleno consentimiento de la dama, se convertirá en ama de llaves si no la hubiere, en mentora de los niños si capacidad o desenvoltura tuviere, o en dama de compañía si leer o bordar supiere; aunque claro, en caso de ser totalmente ignorante la muchacha, muy pronto y debidamente será instruida. El marido adúltero y que tamaña compostura provocó, muy pronto dejará de frotarse las manos del regocijo, pues en breve, sus demandas de compañía en el dormitorio se verán desatendidas y sus peticiones en el lecho rechazadas y, no solamente eso, porque a partir de ahora, las doncellas que a la casa atiendan, deberán poseer una inclinación natural muy diferente a las anteriores. Por descontado, que no es el fin del mundo y que lo más importante para la satisfacción fuera de las sábanas sigue estando en la cocina, pero bueno, la advertencia como tal no es de olvidar, que si por desgracia tu mujer es la dueña del patrimonio, ya puedes ir pensando en la jardinería o mejor que eso, en otro matrimonio. Pero sigamos, pues la disputa entre los enamorados ha cesado.



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Tras la discusión, la reina más bella de todas las soberanas intenta dormir y su prometido inquieto como nunca en su vida, piensa de qué manera sería posible acompañarla. El Pinturero sabe muy bien, que el gran duque Graván de Bustante cuidará de su seguridad como lo haría de su propia madre, pero no así el vizconde, que cuando la mira le centellean los ojos. Claro es, que esto último nada tiene que ver con la perfecta protección a su persona, que a ese trajín, el joven noble no escatimará ningún esfuerzo; pero es muy probable también, que tampoco el empeño sea escaso en el intento del galanteo. Natural que los caballeros deben fiar en la fidelidad de las damas, pero eso jamás concierne a un pirata enamorado y los celos desatados del Pinturero, le escuecen el corazón como salmuera en llaga. Yaurína se levanta para beber y nuestro héroe aprovecha para preguntarle:


--- ¿No podríais demorar ese viaje querida?


--- En una ocasión me dijisteis que la obligación es antes que el recogimiento, ¿ya no lo recordáis? Ahora mi reino me reclama, comprendedlo.


--- Entonces iré con vos a Mirrana, el vizconde no me parece ser un buen marino.


--- Vuestra compañía me tranquiliza mucho, pero ahora deberíamos poner más afán en el descanso, la travesía no será muy larga, pero llegar hasta la corte de Sasuna desde Palatina, sí lo será. Además decís bien, pues el vizconde no aparenta ser un buen navegante.


La reina regresa al lecho con una sonrisa benevolente y el Pinturero comprende la colosal estupidez de negarle destreza marinera a un legado del almirantazgo. No sabiendo de que manera enmendar su desbarrada, muda el tema y dice:


--- Lo malo es que Solim cuenta conmigo para conseguir el oro, y vos necesitáis esa fortuna para costear la guerra.


--- Estad tranquilo y dormid, puede ser que el vizconde acceda a mis deseos y se avenga a liderar esa peligrosa misión.


--- ¿Pero qué estáis diciendo?, ese pisaverde no posee arrestos ni dotes suficientes de mando para tal empeño, además, algo me dice que Solim ha faltado a la verdad enumerando los impedimentos.


--- Quizá estéis en lo cierto y mejor será olvidarse del asunto y pensar en las perlas. Aunque la feliz liberación de los esclavos se retrase y, eso será de mucho lamentar, pobre gente.


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La hermosa Yaurína ya urde planes para su propósito y contra los proyectos de una mujer, el albedrío de un hombre enamorado no cuenta. No quiere esto decir como es natural, que sean reprochables tales planes y por descontado tampoco, que todas las féminas se beneficien a sabiendas de su superior intelecto; pero desde luego, que los hombres empezando por el Pinturero lo tienen muy difícil.


--- Olvidaos de las perlas señora, requieren demasiado tiempo.


--- Entonces deberé olvidar también mi corona, el emperador ya es su dueño.


El dilema de nuestro capitán, es dejar a Yaurína en compañía del vizconde, un joven de esmerada instrucción y considerable fortuna, de físico agraciado y porte distinguido, que une a eso, la hidalguía de su cuna y la indudable intrepidez de su empleo en el almirantazgo. Nadie podrá discutir, que tales ornamentos en un hombre son muy apetecidos por cualquier dama y es natural, o por lo menos bastante corriente, que ninguna hembra se resista a ellos. El Pinturero a causa a los celos, olvida que su hermosa dama ya conoció a muchos pretendientes semejantes y aun así, siempre los rechazó y, aunque la riqueza personal no sea para las decorosas mujeres la cuestión determinante en su elección, nuestro paladín es de la llana opinión, que aquellos favorecidos que por sus caudales pueden, obran de toda su vida lo que les viene en gana y quieren y, para el resto, agua en el cesto.


-------------------------------------------------------------------


El Pinturero sigue en su testarudez y dice:

--- No tenéis motivos para renunciar al trono, pues yo podría encargarme de la misión. Solamente os ruego que demoréis el viaje.


--- Esta bien, os esperaré aquí en compañía del vizconde veinte días y si no habéis regresado partiré. ¿Lo queréis así?


Yaurína maneja los hilos con maestría y el Pinturero cae en la trampa como mameluco ciego.


--- ¿Vos en la Cañavera a solas con ese inepto? ¿Y si regresan los cuatro capitanes? No arriesgaré vuestra vida a cambio de libertar esclavos, de ningún modo.


--- Pues en ese caso, tan solo queda una posibilidad, pero ya veo que muy remota para vuestro pláceme.


--- Decidme cuál y si es segura para vos aceptaré, os doy mi palabra.


--- El señor Pipermin patroneando el Brisa Huracanada puede trasladarme a Palatina y vos, en compañía del vizconde a bordo el Insigne Navegante, podéis partir a Estrabalia.



El Pinturero ahora no pudo argumentar nada en contra y aceptó a regañadientes, por lo tanto así convenido, cuando el sol en unas seis horas remplace a la luna, partirán hacia sus destinos y todos aquellos que lo deseen, leerán más aventuras en la segunda parte.



FIN… pero no del todo.


PD. Ésta primera parte habrá satisfecho más a la mente masculina, pero la segunda estoy seguro, lo hará con diferencia a la femenina.


Última edición por marquimar; 11-Dec-2012 a las 15:09
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Érase una vez:
En un lugar de naturaleza sin par, entre gran cantidad de abetos, cedros, castaños y abedules, que vivía una honrada familia de leñadores. Mamá Constanza, Papá Esteban y su hijo David.

Esteban, para mantener a la familia recogía leña de bosque y la cortaba para venderla, nunca cortó árboles para eso, solamente algunas ramas grandes y muchas pequeñas y es por eso, que la casa familiar fue construida con troncos vencidos por algún temporal.

Constanza, cuidaba de la casa, ayudaba David con sus deberes escolares y como era una trabajadora incansable, también reforzaba en la tarea a su marido.

Eran pobres, eran buenos y eran felices, en el pueblo les respetaban y querían y hasta los animales del bosque les tenían simpatía.

Un día, cuando David regresaba del colegio que estaba a un kilómetro de su casa, vio a una vivaracha ardilla, que intentaba subir una piña de piñones a su madriguera, seguramente pensó David, que tendría ardillitas con hambre allí dentro. Pero la piña era algo grande y bastante redonda, y la pobre ardilla, intentaba subirla por el tronco pero no lo conseguía. Por tres veces la piña rodó hasta el suelo, entonces David, sin pensarlo más, cogió la piña y se encaramó al árbol y con mucho cuidado, pero mucho, la metió en la madriguera de la ardilla, bajó después al camino y muy satisfecho por buena su acción, regresó silbando a su casa.

A la semana siguiente, esto ocurrió un martes, David encontró cuatro piñas en mitad del camino, pero colocadas en forma de pirámide, tres en la base y una encima. Extrañado, miró hacia las ramas para encontrar una respuesta y pronto la tuvo: en diferentes arboles cuatro ardillas le miraban desde sus ramas moviendo la cola. David comprendió enseguida, que las cuatro deseaban que les subieran a sus madrigueras la comida. Pero el chico se dio cuenta, de que las piñas no eran como la primera que subió, porque éstas estaban completamente cerradas, así que de nuevo sin pensarlo, cogió las cuatro piñas y al llegar a casa las puso junto al fuego del hogar para que abriesen. Cuando por fin terminó con los deberes, sacó todos los piñones y los metió en una lata vacía de tomate y después corriendo porque se hacía tarde, dejó la lata en el lugar donde estaban las piñas, pues él sabia, que por aquél camino nunca pasaba nadie.

Durante el verano y el otoño, David hizo muchos amigos en el bosque, pero cada día tenía más trabajo, porque los piñones no solo les gustan a las ardillas: pájaros, ratones, hormigas y muchos otros, acudían a esa concreta parte del camino donde sabían que encontrarían comida.

Pero David no podía abrir tantas piñas cada día y por eso empezó dándoles parte de su merienda y después, sin que su madre lo viera, escondía también parte de su comida para dársela a sus amiguitos. Tampoco con esto tuvo suficiente el chico, así que empezó a pedir pan por las casas del pueblo y con eso, consiguió llenar el estómago de todos. Lo peor fue que sus compañeros de colegio se burlaban de él y le llamaban pobretón, pero a David sólo le importaba alimentar a sus amigos del bosque.

Llegó el crudo invierno, los animalitos tenían la despensa bien llena y ya no salían de su madriguera, el muchacho se consolaba pensando, que en la primavera los vería de nuevo.

Pero una desgracia vino a desesperar a la familia, El padre de David resbaló y se rompió una pierna. Poco a poco, el dinero fue menguando, la cura y medicinas para Esteban, acabó con las reservas de la familia. La nieve cubría toda la comarca y en el pueblo ya tenían toda la leña necesaria para pasar el invierno y naturalmente, no era posible venderles más.

La mamá de David, una fría mañana que no tenía otra cosa que agua para el caldo, decidió ir al pueblo a pedir limosna y salió de casa. No había recorrido veinte metros, que vio brillar algo en el suelo, era una moneda que parecía de oro, entonces a la carrera llegó al pueblo y como estaba segura de que la habría perdido el médico fue a su casa. El doctor al principio no la entendió, pero después le dio las gracias sonriendo y le puso en su mano una recompensa. Esperanza lloraba de felicidad, con aquél dinero podía seguir comprando más medicinas y también un saco de trigo para hacer pan en casa, no tenia para más, pero al cielo daba gracias infinitas por su fortuna.

Durante un mes comieron solo pan, pero el trigo se terminó y de nuevo, el pedir limosna era lo único que les apartaría de la muerte.

David llorando de hambre y de pena, le dijo a su madre que iría él al pueblo, pues Esperanza tenía fiebre y su padre no podía andar.

El chico cogió la bufanda y el gorro y salió de la casa, el frondoso bosque le protegía del viento y la espesura de las copas de los arboles de la nieve que estaba cayendo. Cuando atravesaba la parte más estrecha del camino, vio también lo mismo que su madre, algo que brillaba en el suelo, se agachó para verlo mejor y… ¡¡Dios bendito!! Era un motón de monedas de oro, muchas, quizá cien o más. ¡¡Un milagro!! Recogió apresuradamente el tesoro pensando en la enorme alegría de sus padres, pues con tantas monedas ya se habían terminado las penurias para ellos.

David metió las monedas en el gorro y cuando estaba a punto de correr hacia su casa, delante de él y a un metro más o menos, cayó desde alguna rama alta y escondida, una piña abierta y una lata de tomate vacía, con los ojos llenos de lágrimas sollozó:

GRACIAS AMIGAS



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Y Ahora en la siguente página una narración



Última edición por marquimar; 09-Jan-2013 a las 05:55
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