Un relato corto: Una mala semana
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Una mala semana
Como cada tres semanas su coche hacía el mismo recorrido. Tal vez para cuando llegase la próxima vez no pudiese encontrar la asignación de gasolina necesaria para hacer el viaje. Soñaba con dictarle esa carta a su secretaria la señorita Lunde:
“Muy Sr mío
Ante la imposibilidad de encontrar el fuel necesario para desplazarme hasta las instalaciones de nuestro estimado cliente he tenido que suspender nuestro encuentro regular con el mismo hasta nuevo aviso.
Siendo consciente del revés económico que esto significa para nuestra compañía haré todos los esfuerzos que queden en mi mano para recuperar estas entrevistas en la mayor brevedad posible.
Queda a su disposición
Carl Freintz
Ingeniero de la zona de Cracovia”

Pero era mentira. No haría nada por acudir de nuevo a esas instalaciones. Estaba cansado de los caminos llenos de barro y del agua que no dejaba de empaparle cuando el chofer le instaba a bajarse del vehículo porque estaban de nuevo “atazcaos en el barro zeñó”. Al menos el motor del Opel no había fallado nunca y no había tenido que pasar la noche al raso en ninguna ocasión. Gracias a eso, y a que siempre iba provisto de abundantes bocadillos y bebida en el maletero, junto a los formularios que tenía que entregar, podía soportar los viajes.
El chofer le sacó de sus ensoñaciones.
- Zeñó, hemos vuerto a atazcarnos en´l barro. Pué baja po´favo. Ar meno no llueve.
- Claro que no Pol. Mala suerte, ya estábamos cerca.
- No ze preocupe zerá rápido. Antes de empesá al´lio le llevo su bocaillo y su fanta
No hacía mal día pero pronto empezaría a llover de nuevo, eso seguro. El chofer le acercó sus viandas como había prometido. No terminaba de cogerle gusto a esa nueva bebida: “Fanta”, era demasiado dulce y tenía un sabor demasiado áspero en la garganta. Echaba de menos la Coca-Cola. Era mucho mejor bebida por mucho que ahora se la tachara de antipatriota y bebida “para negros”. Al principio pensó que era por la falta de cocaína en la receta del refresco pero a través de un amigo logró una dosis de las de antes de esta locura, de las buenas de Bayer, y probó a mezclarla con la Fanta. Pero no era lo mismo, definitivamente no era tan buena. Comenzó a observar disimuladamente al chico mientras trataba de sacar el coche de ese cenagal. La verdad es que le ponía un gran esmero, pero no era por eso que lo miraba. En otras ocasiones, en una de sus alocadas carreras entre el eje delantero y el trasero del coche, ya le había “regalado” con algún resbalón y la consiguiente caída de bruces en el lodazal. En esas ocasiones nunca había estallado entre risas, no aún, pero sí lo hacía cuando los muros de “las instalaciones del cliente” se le venían encima. Aunque, por supuesto, siempre a solas en su habitación no fuera que lo tomaran por loco.

Se levantó aire. Un aire molesto, que se le colaba por debajo de la gabardina, le movía las perneras del pantalón y le agitaba el sombrero. Sin embargo decidió concentrarse en la sensación de frío que le atenazaba la parte posterior de las piernas y le subía hasta la base de la espalda. Mientras tanto hurgaba en su bolsillo en busca del pañuelo bordado por Helen, su mujer. Aunque no era fácil mantener su sobrero, sujetar su bebida y rebuscar en el bolsillo alcanzó su objetivo y se lo llevó discretamente a la nariz. Se habían quedado atascados cerca, muy cerca, a menos de 5 kilómetros de su destino le avisaba su nariz completamente saturada por ese olor dulzón que despedían las chimeneas del cliente.

El chico lo miró con detenimiento, aunque de soslayo, mientras desarrollaba la operación. Pobre chico, sigue sin acostumbrarse a ese olor. Cada vez que salimos de viaje es igual. Al menos el motor americano del coche no falla y aún no hemos dormido al raso porque me tocaría dormir bajo los árboles y con esta lluvia. Había comenzado a llover de nuevo. Mientras estos pensamientos ocupaban su mente solo había parado su cuerpo unos instantes y por fin había logrado liberar el vehículo.
-Zeñó, cuando uzté tenga a bien poemos zalir
-Vamos pues, Pol. No retrasemos más el momento ya sabes que si llegamos de noche es todo mucho más lento.
-Descuie zeñó, llegaemos con lú. Ze lo azeguro

Eso será si no pillamos otro charco tan grande como el Wannsee se dijo mientras subía de nuevo al coche.

Afortunadamente pudieron recorrer sin otra novedad los kilómetros que restaban y llegaron a las puertas de la instalación bastante antes de que se perdiesen los últimos rayos de sol. Le gustaba llegar a esa hora, los contornos se difuminaban y todo se teñía de un tono anaranjado que apagaba un poco el gris de las instalaciones.

Conocía al vigilante de la puerta y decidió bajar del coche mientras esperaban la autorización para entrar. Abrió la puerta y, nada más poner el pie en el suelo, le ofreció un cigarrillo. Eran una mierda, ambos lo sabían, pero era lo que había. Él lo tomó con una leve sonrisa. El vigilante era un tipo robusto más que fornido, tirando a gordo. En otras ocasiones lo había retenido deliberadamente en la puerta más de lo necesario en espera de “lo suyo” aunque nunca lo mencionaba directamente. Volvió a mirar la insignia de su solapa, unas flechas cruzadas con algo escrito que no entendía, y se deleitó con el destello del sol en la misma. “Siempre mirar para otra parte y no fijarte más que en los detalles” se dijo para sí. No intentó hablar con el guardia., no hablaba su idioma. Poco tenían para compartir excepto el humo acre de esos cigarrillos mientras esperaban la confirmación del interior.

Sonó el comunicador y el vigilante fue hacia la casetilla. Cogió el teléfono y puso esa cara que se les dibuja a los ineptos cuando saben que alguien importante les observa. Toda una actuación. Ahora sí, a paso rápido se dirigió hacia la barrera e indicó con la mano que podían pasar.
Hanz esperó deliberadamente a que Pol le abriese la puerta mientras ese ser simiesco sujetaba la barrera. Pol, que conocía ya la broma de otras veces, se detuvo hasta que las primeras gotas de sudor se le marcaron en la frente al húngaro. Arrancaron y se movieron unos metros. Fue entonces cuando pidió al chico que parase el vehículo y, más por ponerlo en su sitio que por congraciarse con el vigilante, sacó un paquete de cigarrillos por la pequeña rendija del cristal y se lo entregó al complacido fumador. Casi no esperó a que lo cogiera y lo dejó deliberadamente caer. Al volver a moverse pudo ver por el retrovisor como el haragán de la puerta miraba con ansia el paquete de cigarrillos adelantando todo el placer que podría obtener del mismo. “Bienvenido de nuevo a la selva“ pensó mientras dejaban definitivamente la puerta atrás.

Otro individuo de este zoológico lo estaba esperando al llegar al edificio de oficinas. El señor Meyer era un tipo delgado al que se le clavaban en el puente de la nariz unas gafas con montura redonda de metal. Parecía que siempre había estado alli de tan bien que encajaba con el entorno. Un pequeño hombre gris, en una oficina gris de una fábrica gris. Ya sabéis a lo que me refiero.
-Buenas tardes señor. Espero que haya tenido un buen viaje. Al menos eso parece por la hora en que llega.
-Buenas noches Sr. Meyer. En verdad no hubo más incidentes de los habituales, al menos no para como está la situación.
-Me alegra que esté ya aquí señor por su descanso y porque empezaban a escasear los formularios –una sonrisa cínica se marcó con desgana en sus descarnadas mejillas- últimamente se ha disparado la cantidad de envíos que recibimos.
-Necesitaré un sitio para que duerma el chofer estos días. Ya sabe, por la gasolina.
-Algo encontraremos señor. Usted puede pasar por la cantina antes del cierre, le darán algo de comer. Como si estuviese en su casa.

Su maleta de viaje estaba en el maletero del coche junto con los formularios. No dijo nada y se dirigió a la cantina para comer algo. La maleta estaría en su habitación cuando llegara después de cenar y los formularios ya habrían sido repartidos. Había pocas paradas allí, precisión alemana.

Y la maleta estaba allí. Era el único toque de color en una habitación triste. “Son solo dos días y después de vuelta a la ciudad. Creo que me tomaré un día antes de volver a viajar “. Sacó sus ropas y las metió meticulosamente en el baúl dispuesto como aparador volviendo a pensar que podría dejar la maleta sin deshacer. Se puso el pijama y se tendió en la cama. “Hoy no habría ido tan mal si no fuera por este olor que todo lo llena”. Cerró los ojos y durmió toda la noche de un tirón.

A la mañana siguiente se encaminó a la oficina. Los formularios estaban ya allí y al parecer era cierto lo que dijo Meyer la noche anterior. Los restos de la vez anterior junto con los que había traído levantaban escasos trescientos centímetros en la balda de la estantería. Al menos el oficinista rubio que tan poco hablaba ya había apartado unos doscientos y los tenía sobre su mesa para trabajar con ellos.
-Tomaré mi almuerzo a las 12:30 señor y no vendré en la tarde. Si le parece bien puede ajustar la máquina aprovechando mi ausencia.
-Así estará bien… amigo.

Al escuchar la palabra amigo se dibujó una leve arruga de crispación en la frente del oficinista. Podría asegurar que hasta palideció un poco su cara, aunque tal vez fuese el contraste con el elegante traje negro Hugo Boss que vestía. No habló en respuesta. Siempre era así por mucho que él le instigara.

La mañana transcurrió rápida mientras trabajaba en las otras dos máquinas de la oficina. Tuvo que afilar algunas cuchillas que estaban desgastadas y contrastar algunos de los datos del registro que no le cuadraban con las copias que se guardaban en el almacén. Nunca dejaban de sorprenderle los números de mercancías transportadas en esta instalación en particular. Casi no se apercibió de las carreras de un chico de corta edad que entraba cada poco tiempo corriendo en la habitación trayendo apretados contra su pecho un amasijo de papeles. No quería que la tinta se corriese con el agua de la lluvia que volvía a caer. Sin decir palabra los dejaba sobre la mesa del oficinista y volvía a salir a la carrera en un movimiento que no parecía tener fin.

A las 12:30 se levantó el oficinista de negro y recogió los papeles que había ido desperdigando por la mesa. Cuando estaba por abandonar la habitación le soltó otro de sus exabruptos obteniendo nada más que silencio por respuesta. Por unos momentos estaba solo en la habitación. Se levantó e intentó estirar la espalda agarrotada por el trabajo. Casi sin pensarlo, de hecho por no pensar, su mirada se dirigió hacia la ventana. Un mar de gente se movía de un lado para otro aunque lo hacía pesadamente mientras otros les incitaban a trabajar más deprisa. Estuvo rápido de reflejos y fijó sus ojos en una cucaracha que se movía por el alfeizar de la ventana, en un pequeño detalle, fiel a su filosofía, para descansar la mente.

Pof, pof,pof…se escucharon los pasos de una carrera que provocó que se girara en la dirección del ruido. Al volverse pudo ver al chico que traía otro manojo de papeles apretados contra el pecho. No era más que un niño, sin embargo pudo notar cómo lo evaluaba con la mirada.
-Al parecer no hay nadie señor. Podría ayudarle si después usted me ayuda a mi.

Una bocanada de bilis le subió a la boca y probó nuevamente el sabor terroso del pan negro del desayuno. Sin embargo, cuando volvió a recuperar el control de su cuerpo y su mente, el chico ya no estaba allí. El muchacho tendría poca edad pero ya sabía interpretar los gestos de sus congéneres.

Estaba sentado a su mesa cuando llegó el otro oficinista, el señor Kurstz. Se alegró de verle ya que era lo más parecido a un amigo que tenía por allí. En una visita anterior cayó enfermo y Kurstz fue el único que se ofreció a darle un analgésico. No le aceptó ni tan siquiera un cigarrillo a cambio. Ahora, tras año y medio de visitas casi mensuales, su relación era mucho más cordial.

-Ya está usted de nuevo por aquí Hanz. Me alegro de verle, empezábamos a temer que faltaran formularios.
-Eso es Albert, de nuevo en la brecha. Si por lo menos aprendiesen a usar las máquinas no tendrían que tirar tantos formularios y podría venir sólo una vez cada dos meses dijo con una sonrisa malévola que fue bien recibida.
-Y espérese que no le hagan venir una vez por semana, ¡porque esto está que arde! le espetó el señor Kurstz en respuesta emitiendo una fuerte risotada.
-Ya lo he podido comprobar a partir de los registros. Contestó serio, no le gustaba el humor ácido que se respiraba allí dentro.

Tras esta incómoda situación se hizo el silencio he hizo un gesto que siempre funcionaba allí: sacar el paquete de cigarrillos. Para su sorpresa Albert se lo rechazó con un gesto de la mano. Cuando empezaba a preguntarse si se habría ofendido éste le comentó suavemente: “No deje, ya le invito yo. He conseguido un paquete de cigarrillos americanos, vienen del Canadá”.

Ambos fumaron en silencio, respetando el sabor y el aroma del cigarrillo que los llevaba a los años anteriores a esta locura. Nada más apagar las colillas el señor Albert se las echó al bolsillo de su traje, también negro. Fue ese el momento en que su conocido aprovechó para poner en marcha el ritual que venían repitiendo hacía ya un año. Lentamente, como temiendo una negativa, se sacó del bolsillo de la chaqueta un fajo de cartas y un aroma a perfume agradable se liberó. Alguien escribía no solo a su madre pensó Hans, agradecido de que otro olor le saturase las narices.

-Señor Hessler, me preguntaba si podría usted hacerme el favor de llevar estas cartas a la ciudad. Ya sabe que por aquí tarda demasiado en pasar el chico del correo y, además, es poco discreto.
-Como no señor Kurstz. Ya sabe que estoy en deuda con usted por lo de aquellas medicinas.
-Agua pasada Señor Hessler, agua pasada. Le agradezco mucho el gesto. En muestra de mi amistad permítame regalarle este abrigo de piel para su mujer. Proviene de nuestra producción.
-Un bonito abrigo señor Kurstz. Helen estará muy agradecida.

Sin más dilación recogió sus herramientas y papeles de la mesa en que había estado trabajando para que Albert pudiese empezar a perforar los formularios según lo que dictaban los papeles que el chico, en su última carrera, había dejado en la mesa del mudito.

“Desde luego no echaré de menos el venir por aquí, pero sí la carne de calidad que puedo comprar gracias a los regalos del señor Kurstz” pensaba mientras ajustaba las cuchillas una máquina. “Negocios, como siempre” tal y como dice nuestro viejo presidente allá en New York se decía para consolar esa desazón que tenía en el estómago como cada vez después del intercambio.

El silencio envolvió el trabajo de ambos. De vez en cuando, a lo lejos, el viento traía el son de una gramola pero ninguno de los dos la escuchaba, preferían concentrarse en los detalles de su trabajo antes de dejar pasar los sonidos del exterior. Lo del olor era otra cosa. En un momento determinado el señor Kurstz se preguntó en voz alta por el muchacho. Hacía horas que no aparecía por el despacho y los envíos habían seguido llegando, eso seguro. No creo que vaya a volver en lo que resta de día Albert le contestó Hans. El oficinista de las cartas lo miró y calló.

Finalmente acabó de ajustar la última máquina. Los rayos anaranjados se filtraban ya por la ventana, era el mejor momento para salir fuera del edificio respirar algo de aire menos viciado, el olor lo envolvía todo, y fumarse un último cigarrillo. Albert le había ofrecido acompañarlo en la cena, sin embargo él había preferido acabar el trabajo para poder partir hacia la ciudad temprano, y ahora estaba tan agotado que se iría a dormir sin tan siquiera cenar.

Salió fuera del edificio encendiendo el cigarrillo antes incluso de pisar el suelo de tierra compactada. Es cierto que no olía como el cigarrillo americano pero, pensándolo bien, amortiguaba más el olor circundante. Se detuvo a contemplar las ramas de un único árbol abandonado en la mitad del patio mientras por ellas se filtraban los rayos de sol. Incluso bajo esa luz las feas hojas marrones se veían con vida, constituían otro bonito detalle en el que fijarse.


De vuelta a los dormitorios se cruzó con el señor Meyer, el individuo de las gafas metálicas, quien, como todos por alli, se ofreció para buscarle una botella de licor o la compañía de una chica. No lo rechazó de malas maneras, ya en otras ocasiones había contado con su discreción y aceptado de buena gana el licor que el hombre vendía. Especialmente en las primeras visitas.

Se fue a la cama sin ni tan siquiera irse a la ducha. Desde hacía mucho tiempo ya no se duchaba cuando iba a las instalaciones a ajustar las máquinas, de todas maneras el maldito olor nunca salía. Y sentía un sensación extraña al encontrarse desnudo, en un edificio casi siempre vacío cuando salía del trabajo, esperando mientras el agua recorría el camino desde las tuberías hasta la alcachofa. Se oían demasiadas historias al respecto. Se tumbó en la cama y abrió el libro que le acompañaba a todos sus viajes para invocar a los ángeles del sueño y que estos tejiesen una red de protección donde no pudiesen entrar los demonios de aquel sitio. Como el día anterior cayó rendido a los pocos minutos.

Aún estaba amaneciendo cuando Hans estaba acabando su desayuno. Había pedido a un chico al salir de su habitación que hiciesen llamar a su chofer, el pago, el habitual: dos cigarrillos. Esperaba poder salir de allí antes de que el sol estuviese bien alto, de ahí que hubiese madrugado. Una vez tuvo que quedarse hasta tarde reparando una máquina y al día siguiente se le hizo tarde puesto que se quedó dormido. El recuerdo le hizo estremecer y engullir un poco más deprisa el sucedáneo de huevo y el pan negro que servían en la cantina. Aquel día no encontró ningún detalle en el que fijarse, gran error.


Al salir del edificio con su maleta en la mano Pol ya lo estaba esperando con la puerta del coche abierta y en el maletero los formularios que debería mandar a las oficinas de New York, sabía que al jefe no le gustaba demorarse. A su paso pudo observar una familia de orugas peludas que habían hecho su autopista por en medio del patio de tierra apisonada, “qué pena de bichos. Estarán muertos antes del final del día”, pensó.

Alojado en el asiento trasero del coche sacó unos informes que había preparado en relación con las máquinas. Al menos una de ellas tenía piezas que debían cambiarse por mantenimiento, las correas y el cartucho de tinta se habían entremezclado entre sí haciéndo que ambas piezas quedaran inservibles. Tendría que comunicarlo al ministerio para que autorizasen la compra de puestos, aunque estos serían caros porque venían de América. El coche se detuvo y levantó la vista. Hoy no conocía al vigilante de la puerta pero éste también lucía esas flechas en su placa, otro húngaro. No estuvieron demasiado tiempo esperando, ni siquiera les hicieron bajar. La barrera se levantó y Pol aceleró sin prisas, mientras Hans pensaba que, con un poco de suerte, no tendría que volver por alli en mucho tiempo mientras el coche terminaba de alejarse aún se fijó en un último detalle, el cartel que recibía a las visitas en las puertas de la instalación y a semejanza de un eslogan:
“arbeit macht frei” (el trabajo os hará libres)


Notas históricas
-IBM, empresa americana, estuvo proporcionando maquinaria y repuestos al régimen nazi a lo largo de prácticamente toda la guerra. La tecnología de esta empresa capacitó a los nazis para desarrollar su “solución final” de forma “metódica, veloz y eficiente”.

-Coca-Cola, también americana, nunca cerró sus instalaciones en Essen (Alemania) en toda la guerra. Tan solo debió suspender la producción de su bebida más famosa cuando no pudo seguir exportando el sirope de cola necesario para su elaboración. Así nació Fanta de la cual se vendieron en 1943 hasta 3 millones de cajas en la Europa ocupada.

-Estas no fueron las únicas empresas americanas que colaboraron con el régimen nazi: Standard Oil y Ford fueron otras. La mayoría de los consejeros delegados o presidentes de estas empresas formaban parte del grupo de presión “America First”.

-Los cigarrillos eran la moneda de cambio habitual en los campos de exterminio nazis.

-El Canadá era como era conocida internamente en el campo de Auswitchz la zona de almacenaje de ropas, dinero y otras pertenencias de las personas deportadas. Estas prendas se vendían y eran objeto de contrabando dentro y fuera del campo.

-Hugo Boss, el fundador de la compañía fabricante de prendas de vestir, diseño los uniformes negros para las fuerzas SS de Heinrich Himmler, para reemplazar las camisas marrones de las fuerzas SA. También se encargó del diseño y fabricación del uniforme de las Juventud Hitleriana.
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No conocía algunos de los datos que das al final
Lo que puedo decirte es que el relato es esplendido.
Gracias por compartirlo

Si tienes mas, aqui tenemos un rinconcito en el que estaremos encantados de recibirte No hace falta que sean tan buenos como este
Pasate por aqui si quieres seguir compartiendo con nosotros
Ateneo
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Genial. El relato, impresionante, y las notas históricas... para no olvidarlas. Muchas gracias, y hazle caso a Proluthas: pásate por Ateneo . Nos encantará verte por allí con frecuencia. Un saludo.
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La misma recomendación ^^, una vueltecilla por el ateneo...que visto lo visto,encajaras más que bien
Saludos y bienvenido!
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La penúltima ronda...
Y yo quise cambiar el mundo y, tal vez, ese mundo me cambió
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Antiguo 21-jul-2011, 19:29
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Querría agradeceros los comentarios al respecto. Sinceramente al entrar a ver si alguien lo había leido no esperaba estas tres entradas.
Los datos son todo históricos pero como comprendereis los personajes son ficticios. Haré por pasarme por el foro y que podamos discutir de historia y otros temas.
Slds y gracias de nuevo
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Muchas gracias por tu aporte, pero con lo bien que escribes, ya estas tardando en venir a Ateneo y dejanos más relatos. Me han impresionado algunos datos historicos, que desconocía por completo , como lo de la Fanta.

No tardes....un saludo.
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Última edición por Lapcare; 21-jul-2011 a las 22:17
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Estimado... Conocia los datos, pero no te conocia a ti...
Solamente esta frase:
Se levantó aire. Un aire molesto, que se le colaba por debajo de la gabardina, le movía las perneras del pantalón y le agitaba el sombrero.
denota un tratamiento profesional. Demasiado profesional.
Bajo ningún concepto, este relato es el primero y si ciertamente la historia
esta contada por ti, espero que un poco te pases por Ateneo, pero no mucho,
ya que tendrias que estar en una editorial, planteando tu proxima publicacion.
Ya hablaremos del tema, pero esto no puede ser ni lo primero, segundo o tercero que escribes.
Y de leer, ni hablemos. Como administrador, puedo saber tu edad.
No tanta, pero la suficiente para haber leido unos cuantos cientos.
Espero de corazón, estar ante la persona que escribe de esta forma y
siendo asi, este foro se siente muy honrado.
Ni se te ocurra desperdiciar tu talento ( por si nadie te lo habia dicho. )
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Predeterminado Respuesta: Un relato corto: Una mala semana

Muchas gracias por tu estupendo relato, esoero leerte mas
Saludos!!
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Predeterminado Respuesta: Un relato corto: Una mala semana

El relato es excelente, se lee facilmente y da gusto la forma en que está escrito.

En cuanto a los datos... si quereis saber más sobre el tema os recomiendo un libro: "El mito de la guerra buena. EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial" de la editorial Hiru y escrito por Jacques R. Pauwels. En el se dan los nombres de muchas más empresas americanas que siguieron haciendo negocios en Alemania durante la guerra.
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Predeterminado Respuesta: Un relato corto: Una mala semana

¿Por qué aparece este relato aquí y no en Ateneo....?
Ender, ya veo que te lo han indicado, pero se han quedado cortos: ¡tu sitio es el Ateneo!

La verdad es que al leerlo dudaba si era referente al mundo laboral actual, donde se actua más como "robot" que como trabajador, pero los aportes a detalles como el intercambio de cigarrillos o la presencia de simbolos (flechas) me remitía a malos momentos de regímenes e, incluso, a la historia de tantos y tantos, demasiados, paises, para luego acabar situandolo en las coordenadas correctas (los datos que aportas al final, la verdad, sorprendentes, aunque no insospechados... )...

¡Bienhallado, Ender!
Sonrisas de recibimiento y agradecidas por compartir escrito.
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