El día en que Orffyreus construyó un móvil perpetuo (y nadie sabe cómo lo hizo)
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El día en que Orffyreus construyó un móvil perpetuo (y nadie sabe cómo lo hizo)


 
 
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Predeterminado El día en que Orffyreus construyó un móvil perpetuo (y nadie sabe cómo lo hizo)

Durante todo el siglo XVII, y sobre todo a comienzos del XVIII, en los oscuros laboratorios de los científicos se trabajaba febrilmente buscando máquinas que “puestas una vez en marcha, funcionarán realizando sus movimientos eternamente y además sin aplicación de fuerza alguna: del hombre, el caballo, el viento, el río o una fuente, y al mismo tiempo realizarán distintos trabajos para el bienestar y el florecimiento del estado”. Así rezaba el texto de una patente inglesa de 1635. El móvil perpetuo, el motor perfecto capaz de revolucionar la técnica y la vida de las gentes. Las oficinas de patentes de toda Europa se veían inundadas con propuestas, razonables o estrafalarias, de diferentes máquinas eternas, y en los salones aristocráticos se discutía con vehemencia su funcionamiento.

Es en este momento cuando entra en la historia Johann Ernst Elias Bessler, el hijo de un campesino nacido en 1680 en algún pueblecito de los bosques de la frontera de Bohemia. Bessler cambió su nombre por otro que no delatase su extracción campesina y se convirtió en Johannes Orffyreus. No sabemos cómo ni porqué se interesó por los móviles perpetuos pero en 1712 construyó su primer modelo de una rueda que, supuestamente, una vez puesta en marcha podía mantener su giro indefinidamente. Pero a diferencia de los demás inventores, nadie podía cuál era el mecanismo que lo animaba. Poco después, y sin motivo aparente, Orffyreus lo destruyó.

En 1715 se trasladó a Merseburg, en el este de Alemania, donde construyó un segundo móvil, más grande, que presentó ante una comisión de especialistas. Pese a la insistencia de los miembros de la comisión -a la que deberíamos añadir la prima de un dinero extra- Orffyreus volvió a negarse en redondo a permitir que examinaran su interior. La comisión certificó que el móvil “gira a una velocidad de 50 vueltas por minuto y eleva una carga de 40 libras [18 kg] a una altura de 5 pies [1,5 m]”. Orffyreus publicó un opúsculo titulado Descripción detallada de la afortunada invención del móvil perpetuo junto con su representación exacta. De sus diagramas es imposible discernir cómo conseguía hacer girar la rueda.

Su estrategia de no enseñar nada fue todo un éxito. Al asegurarse que nadie pudiera comprender su mecanismo llamó la atención sobre él e hizo crecer el interés hacia su “invención afortunada”, como él la llamaba. Claro que también tanto misterio resultaba sospechoso. Christiaan Wagner, abogado y matemático de Leipzig, creía que oculto a la vista de todos existía un mecanismo oculto que se ponía en movimiento desde fuera. De igual modo opinaba el matemático y astrónomo Andreas Gärtner: seguro que había una persona escondida que tiraba de una cuerda. Tan convencido estaba de su conjetura que apostó 1 000 táleros a que lo desenmascararía.

Por su parte, el “último genio universal”, el gran Gottfried Leibniz, estaba convencido de que no podía construirse un móvil perpetuo, pero le impresionaron tanto los relatos que le llegaban de la máquina de Orffyreus que el 9 de septiembre de 1714 fue a visitarlo. La visita debió impactar al gran matemático porque en una carta que escribió a Areskine, médico personal del zar Pedro I el Grande, dijo que Orffyreus era amigo suyo, que había realizado con la máquina una serie de cuidadosos experimentos y creía que sería muy útil estudiarlo durante varias semanas.


En 1716, el landgrave de Hesse-Cassel, Carlos I, un hombre aficionado a la ciencia, le invitó a su casa, el palacio Wissenstein. Le impresionó tanto la personalidad de Orffyreus que le nombró consejero. Confortablemente instalado, nuestro inventor comenzó la construcción de su tercer móvil perpetuo; un año después la máquina estaba lista. El 12 de noviembre de 1717 la presentó ante una comisión de la que formaban parte el físico Willem Jacob 's Gravesande y el arquitecto Joseph Emanuel Fischer von Erlach. Como era habitual, nadie podía inspeccionar el mecanismo interno de la máquina que se dejaría girando dentro de una habitación con la puerta sellada. Después de dos semanas se levantaron los sellos: la rueda seguía girando a la misma velocidad que al principio. La habitación se volvió a sellar 40 días más, 60 días más y la rueda nunca detuvo su movimiento. La comisión no fue capaz de encontrar “nada por fuera de la rueda que contribuya a su movimiento”. En 1721 Gravesande escribió a Isaac Newton alabando la portentosa máquina, aunque recomendaba un estudio posterior más profundo: no habían podido descubrir el fraude. Un año más tarde, el matemático Johann Bernoulli escribió a Gravesande diciéndole que posiblemente estaban ante un móvil perpetuo mixto, donde la acción de la gravedad se combinaba con algún “principio activo”. La comunidad científica estaba perpleja: ¿habría conseguido lo imposible este hijo de agricultor sin estudios?

Como colofón a su trabajo, Orffyreus escribió un libro de 200 páginas titulado El célebre móvil perpetuo de Orffyreus donde dedica la primera parte del libro a su motor. Su descripción es breve e incomprensible, tanto como el dibujo que lo representa. En ella vemos una rueda con un balde arrollado al eje por algún oscuro motivo, un tubo por cuya parte superior sale agua y que aparentemente cae a una pila... No hay forma de averiguar cómo funciona ni para qué sirve cada uno de los elementos que allí vemos. Todo es muy misterioso. Comparado con otros diagramas de motores perpetuos, donde se distingue enseguida la física subyacente, en el de Orffyreus no hay nada que de la más ligera pista cómo o por qué funciona. El texto tampoco proporciona ningún argumento ni aporta ninguna idea para resolver el enigma.

El interés por su máquina creció. Pedro I de Rusia encargó a su bibliotecario Schumacher que, aprovechando su viaje a Europa con la misión de invitar a Rusia a renombrados científicos, contratar a ingenieros y comprar libros, hablara con Orffyreus. Cuando llegó a Weisenstein no la pudo ver funcionando: Orffyreus la había destruido pues creía que Gravesande quería sonsacar su secreto.

Schumacher y Orffyreus empezaron a negociar. Tras duras discusiones Orffyreus hizo su última propuesta: “Ponga a un lado 100 000 rublos y en el otro yo pongo la máquina”. Seguramente que Schumacher hubiera aceptado si no fuera porque pidió opinión a Christian Wolff, el filósofo más eminente de Alemania después de Leibniz y antes que Kant. Wolff escribió un informe muy detallado donde expresaba todas sus reservas. La compra se detuvo. Desde entonces el propio Orffyreus intentó, a través de intermediarios, vender su invento al zar. Dispuesto a zanjar todo el asunto, Pedro I decidió que en su próximo viaje, planeado para 1725, se entrevistaría con el sajón. No pudo ser; el zar murió en enero de ese año.

En noviembre de 1727 cayó la bomba. Su sirvienta, Anna Rosina Mauersbergerin, testificó bajo juramento que la rueda se movía gracias a una transmisión oculta, conectada al cuarto contiguo -los aposentos de Orffyreus- y accionada por Orffyreus, su mujer, ella y su hermano. ¿Realmente era así de simple? ¿Cómo pudo esconder tal mecanismo ante los ojos de los científicos, que andaban empecinados en descubrir el fraude? Nunca lo sabremos. Gravesande no se creyó esta confesión.

La estrella de Orffyreus se apagó. Detenido en 1733 (no sabemos bajo qué cargos), el 1 de mayo escribió de su puño y letra: “He quemado y enterrado todos los papeles que demuestran la posibilidad del móvil perpetuo”. Fue puesto en libertad en 1738 y murió 7 años más tarde, llevándose su secreto a la tumba. Y aunque hoy nadie duda de que la máquina de Orffyreus fuera un fraude, el misterio persiste: nadie sabe cómo la construyó y consiguió engañar a las mentes científicas más brillantes de la época.

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